El siguiente cuento obtuvo la Mención de honor en la Categoría Infantil del VII Concurso Nacional de Cuento Biblioteca EPM “Aire, historias que vuelan”.

 

Por / Gabriela Galvis Ramírez

En un bosque de robustos y frondosos robles, un pequeño árbol desencajaba a la perfección entre la arboleda. El liviano arbusto acostumbraba a fantasear entre cálidas ráfagas de viento, como notas musicales acariciaban su cara de palo. Desde sus raíces no tan profundas, anhelaba conocer el mundo por los aires y así pasaba sus días el dulce soñador, meciendo ilusiones entre nubes de algodón.

Mientras tanto, los robles en formación mantenían su fortaleza, firmes desde la raíz, ni una sola oscilación era de verse entre su multitud; excepto él, el único árbol que, en medio de ellos, distraído formaba la algarabía cuando el aire juguetón rozaba sus ramas.

Las aves preferían posarse sobre los robles al sentirse seguras, pero ¿qué son los días de un árbol sin aves, a quién cuidar? Todos los robles gustosos acogían a sus cantores y alegres residentes, pero ningún pájaro se atrevía a anidar en el arbusto diferente. Sus movimientos eran muy peligrosos para sus frágiles hogares de heno, y esto les molestaba. Eso era lo que rumoreaban las aves entre ellas.

Este imaginativo árbol de ramas inquietas y sabia ligera fluyendo como pompas de jabón por entre su corteza, aún no echaba raíces por tierra. En su mente la cálida idea de volar seguía encendida y lo devoraba como un fuego.

-Eh, romántico soñador-, le gritaron sus vecinos con voz grave como el trueno, -el viento nunca ha sido nuestro aliado, él es un fantasma indeseable que aparece de la nada presagiando tormentas, resquebrajando ramas y arrastrando nuestras hojas- y ¿tú pretendes ser su amigo? A lo mejor, cuando seas desarraigado de raíz, y te lleve por los aires en volteretas, sabrás entonces qué es dar un paseíto entre sus brazos-.

De improvisto y con irónica voz burlona, empinándose un poco sobre sus raíces, gritó otro de los pesados robles, desde una remota esquina, -Este debilucho no servirá ni para cajón de tomates- y al instante un temblor de risas burlonas estremeció la alameda, agitando violentamente al ligero soñador, a quien en medio del bullying apodaron Ícaro. Avergonzado, no se atrevía a alzar su mirada ante los enseñoreados árboles de roble.

Triste, Ícaro pensaba, por qué tengo que ser diferente de los demás, si algún día tendré el tamaño y robustez de todos ellos; al fin y al cabo no somos más que un bosque de pesados robles y codiciada madera. Sin embargo, no podía renunciar a lo que su ser era y sentía.

Un día, el viejo leñador del bosque que vivía de este trabajo, llegó con su afilada hacha y su pequeño hijo a buscar el mejor árbol para talar. Entonces, los más encumbrados robles empezaron a despedirse unos de otros, y a sacudir sus ramas como la cola abanicada de un pavo real, deseosos de la honorable transformación por la cual crecieron y robustecieron sus troncos toda la vida.

Ahora, pasarían hacer parte de los enseres preciados de un hogar, una imponente y grabada puerta de iglesia que mostrar, lujosos muebles de oficina, o quizás, encajarían a la perfección como lustrosos y suaves pasamanos de un palacio.

Entretanto, pensativo el leñador hacía sus consideraciones en búsqueda de la mejor madera para sus fines; y Roger, su pequeño, distraído jugaba entre la arboleda. De pronto, la filosa luz del hacha reflejó como frío espejo la figura desnuda y selecta del mejor árbol del bosque; resultando elegido aquel arbusto al que apodaban Ícaro, aún en medio de los más grandes cuchicheos y asombro arbolario.

Los vanidosos robles no comprendían por qué el experto leñador había escogido al arbusto más débil y pequeño de entre ellos, teniendo tan exclusivo bosque de dónde escoger. -Pero, qué esperar de un viejo leñador con un ojo de vidrio, si el ojo bueno que le queda es tan viejo y ciego como él-, replicaban entre ellos.

El aire presagioso batía el rostro alargado de madera de Ícaro, que por vez primera experimentaba algo muy parecido a lo que siempre había soñado: ¡Volar!, ¡volar! Sin raíces que lo ataran a tierra firme. Amarrado a la carrocería de un viejo camión era transportado Ícaro hacía el aserradero del leñador.

Ahora el leñador, vestido de carpintero, con manos artesanas comenzó a extraer de aquel árbol liviano los objetos más sorprendentes; al igual que un mago saca de su sombrero de copa alta las más increíbles fantasías pueriles.

De allí, empezaron a salir barquitos flotantes, obedientes títeres tirados por cuerdas a voluntad, caballitos trotones, coloridos carros y hermosas casitas de muñecas, y del último trozo del soñador, por poco olvida construir aquel avioncito travieso que tanto esperaba Roger, su hijito. Cada parte desarticulada de Ícaro lo hacía menos reconocible; pero su alma iba ligada al bazar de juguetes en que lo habían transformado.

Cierta tarde soleada de agosto, como de costumbre por esta época, regresaron los vientos alisios, afanosos soplando rebaños de nubes, de montaña en montaña. Los días de elevar cometas y soñar con pilotear los cielos pintados de alegres papalotes desde tierra, por fin habían llegado.

Roger, y su padre el leñador carpintero, volvieron a la alameda, como habitualmente solían hacerlo para divertirse en familia. Su madre amorosa preparaba unos deliciosos emparedados al aire libre, en medio de la alegre algarabía de los capitanes de papel; mientras Roger, desde la improvisada pista de los hombros de papá, lanzaba por los aires a Ícaro, su ligero avioncito de balso, que más arriba de las encumbradas ramas de los majestuosos robles parecía alcanzar los cielos entre piruetas y sin ataduras. El viento que rozaba sus ligeras alas confabulado repetía: ¡Ícaro, Ícaro, vuela al viento!