Es por eso que el poema, de vez en vez, está fuera de su creador, por la fuerza y las experiencias vitales de algunos de sus lectores.
Por / Isabelle Larpent-Chadeyron*
Lo descubrí cuando era estudiante, en una antología de poesía; después profundicé su obra con la lectura de Égée Judée y Sol absolu, Carnets de Jérusalem, Feuilles d’observation, Patmos et autres poèmes y Arabie heureuse, así como en la biografía que Jean-Yves Debreuille le consagró, en la colección Poètes d’ajourd’hui, ediciones Seghers. Lorand Gaspar, que trabajó como cirujano del Hospital francés de Belén y de Jerusalén, así como en el Hospital Universitario de Túnez, respondió afortunadamente una de mis cartas. Señaló: “Es por eso que el poema, de vez en vez, está fuera de su creador, por la fuerza y las experiencias vitales de algunos de sus lectores”.
Confrontado muy rápido con la muerte, deportado durante la Segunda Guerra Mundial, Gaspar decidió vivir en Francia, y fue en París donde emprendió sus estudios de medicina. Políglota (a los diez años hablaba fluidamente húngaro, rumano, alemán y francés). Se naturalizó francés antes de partir a ejercer en los hospitales de Jerusalén y Belén. Permaneció dieciséis años en Israel estudiando la Biblia, historia, geología, la fauna y la flora orientales, participando asimismo en las pesquisas arqueológicas de Qumrán (Lo poco que logré leer y escribir se lo debo a aquellas mañanas de Jerusalén, a los amaneceres de Judea que despuntan a las cuatro, cuando es verano [1]).
Atravesó Beirut, Patmos. Cruzó el mar Egeo y los desiertos de Transjordania, aprendió inglés, griego, árabe. Conoció a Georges Schehadé, Yves Bonnefoy, Georges Perros, Jeang Grosjean y Henri Michaux. Fue un gran amigo de Yorgos Séféris. Después de la Guerra de los Seis Días, abandonó Jerusalén por un puesto de cirujano en Túnez, que ocupó desde 1970 hasta 1995. Hombre discreto, habitó más tarde Sidi Bou Saïd, donde nos encontramos en varias ocasiones, ciudad blanca, bañada de sol, toda de puertas azules, allí desesperadamente busqué su nombre sobre los postes del correo: Un lugar verdadero, de algunas auténticas boutiques, un viejo café junto a la mezquita, colgado en lo alto de una escalera flanqueada por dos balcones donde podemos dominar una parte del pueblo y del mar (…) De naranjas amargas, jazmines, agaves y buganvillas. Una vieja casa al final del pueblo, contigua a la colina, una pieza con fisuras, suspendida como un amplio balcón [2].
Este poeta querido, afecto de mi corazón, enamorado de Medio Oriente (Para mí los grandes mercados de Medio Oriente son más fantásticos que todos los teatros del mundo [3]), que viajó igualmente por toda Europa, así como a Kazajistán, Estados Unidos, Yemen, Egipto y Jordania, rehusó separar el cuerpo del espíritu, estrechamente unidos en su vida personal.
Si algunos lo toman únicamente desde el punto de vista del escritor, el traductor, el médico, el investigador neurocientífico o de la fotografía, él es siempre, incontestable y principalmente, el poeta del desierto, de la iluminación y de la piedra.
Un poeta honesto, de una humildad imbatible, aun si reconoce su pequeñez de cara a la inmensidad de un conocimiento que lo sobrepasa: No, no es el saber el que corrompe, sino aquella ilusión de conocer, sujeta a revisión, asumida como el todo. La idea de que el saber puede ser una totalidad cerrada [4].
Sus textos están marcados por la discreción, la renuncia. Si hubiera podido dejarle la palabra a las piedras y a los desiertos, lo habría hecho. Su abnegación iría, para retirarse, hasta el enfrentamiento de aquello que es más grande que él, lo más vasto.
Su escritura estuvo marcada por los cambios sucesivos, por los conflictos israelíes-palestinos, por su experiencia desértica: el lugar de encuentro y renovación. Por el acto médico, indisociable del acto de la escritura.
Con él se establece una correspondencia entre ciencia y poesía: de la cirugía nace la importancia de las manos que cosen y refuerzan con tacto, como aquéllas que escriben.
Consignó sobre pequeños papeles, sobre cuadernos, notas tomadas en el hospital (“feuilles d’observations”), reflexiones que sirvieron para ordenar sus pensamientos, aparecidos más tarde como Feuilles d’hôpital. Habla de ese silencio necesario de la escritura, de la naturaleza que lo envuelve; de ese límite de vida lleno de calor y luminosidad, que encontramos en la extensión de sus textos que son inscripción de su espacio-tiempo.
No sabemos más qué hijos nos lían
a esos vientos de resurrección
de los fondos inhabitados.
¿Y de dónde esos dos trazos de fuego
que en un instante nos paraliza
en claro dolor hacia el espesor de los reinos? (…) Transparencia
que no explica nada [5].
Leí y releí los textos de Lorand Gaspar, y unos veinte años después, sus líneas fueron para mí un reencuentro, una certitud. Sus alusiones a la música de Bach, aquí y allá, me encantaron. ¡Qué alegría cuando, una vez más, abro una de sus obras! Son sus páginas: la piedra, los minerales, las calizas, el mármol, el granito y la arcilla, pero también el mar, las islas, los barcos, los olivos y el pan. Patmos, Delfos, Qurám, Judea y Transjordania, Jerusalén y Jericó, los naranjos en flor, el jazmín, el Jordán, los nómadas y la leche de camella. La luz. La poesía y la cirugía.
La luz que yo no encontré en ningún otro lugar: resplandores, la claridad, el alba, la mañana, la porosidad del día sobre la piel [6], la pulpa del sol, la luminosidad, el destello, el fuego, la flama, la transparencia desértica; pero también las suavidades ocres, el calor de las piedras, las blancas terrazas, los muros de barro, las capas del día y todos los términos que iluminan, que son fuentes, e igualmente reflejos. Que absorben o esparcen la refulgencia. Entre la rocosidad de Patmos y las piedras de Jerusalén, hay un denominador común: la luz [7].
Los desiertos que atraviesa son lugares del ocre al beige, del greige al arenisca, desiertos de arenas o de piedras, territorios de la contemplación, del silencio y la meditación. Moradas del ascetismo. Es la roca, el crudo, el bistre. La erosión. Las capas sedimentarias. El vacío que no es nada. Vacío que posee la inmensidad, vida subterránea, ardiente y hospitalaria. Está magníficamente descrito en su Égée Judée: “Allá, detente. Ese lugar seco, ese desierto…”. Allá están las aperturas [8].
El desierto fascinante, espacio del abandono: Renunciar a las ataduras, enredar el camino, aumentar la carga del camello. Planicies infinitas reducidas a lo esencial. Los nómadas, las caravanas de beduinos y tuaregs, lejanos. Sequedad, dátiles, agaves. Fauna: insectos y reptiles. Imágenes que atesoró para sí, preciosamente –epifanía de una transparencia inexplicable de los espesores de la tierra–. El desierto, tebaidas, recinto del calor y las respuestas. Lugar de respiro y la suspensión. De introspección y acogida. De meditación.
El desierto está potencialmente abierto a los rencuentros: su amistad con Yorgos Séféris, a quien dedicó una de sus obras. Sus similitudes escriturales con Yves Bonnefoy, que agradezco mucho. Sus fotos en blanco y negro, presentes en Mouvementé de mots et des couleurs, son el apoyo de los textos de James Sacré. Fotografías del Norte de África, de piedras y arena, de beduinos en marcha, todas bañadas en la luz.
Hay cambios bien simples
entre un silencio en nosotros y algunos ruidos
esas breves ráfagas del espíritu
colores y gritos en las cosas
suficiente fue ver, escuchar
el crecimiento del olivo y del mar
tejiendo las redes dentro de la noche.
Sí, Lorand Gaspar, que nos dejó el 9 de octubre de 2019, seguirá estando, al menos para mí, ligado a una forma de humanismo originaria del desierto. Sus poemas son esclarecidos por la luz que supo capturar, que penetraron los intersticios de las ventanas; permitiendo que ella inundara sus palabras. ¿Puedo, hoy, hablar de la luz de lo invisible?
Nada es añadido desde afuera, la vida que pasa un instante de la noche a la mañana se enseña como siempre.
*Texto original en la revista Recours a Poéme. Traducción de Kevin Marín Pimienta (@_Sobreeldolmen_)
Notas
[1] Lorand GASPAR, Essai autobiographique, Sidi Bou Saïd, 28 février 1982, in Sol absolu et autres textes, éditions GALLIMARD, 1982. [2] Lorand GASPAR, Arabie heureuse, DEYROLLE Éditeur, 1997. [3] Lorand GASPAR, Feuilles d’hôpital, REVUE EUROPE n° 918, octobre 2005. [4] Lorand GASPAR, Feuilles d’observation, éditions GALLIMARD, 1986. [5] Lorand GASPAR, Égée Judée (Îles), éditions GALLIMARD, 1993. [6] Lorand GASPAR, Égée Judée, éditions GALLIMARD, 1993. [7] Lorand GASPAR, Essai autobiographique, Sidi Bou Saïd, 28 février 1982, in Sol absolu et autres textes, éditions GALLIMARD, 1982. [8] Lorand GASPAR, Égée Judée (Pierre), éditions GALLIMARD, 1993. [9] Lorand GASPAR, Sol absolu et autres textes, éditions GALLIMARD, 1982. [10] Lorand GASPAR, Carnets de Jérusalem, éditions LE TEMPS QU’IL FAIT, 1997. [11] Lorand GASPAR, La maison près de la mer, in Égée Judée, éditions GALLIMARD, 1993. [12] Lorand GASPAR, Feuilles d’observation, éditions GALLIMARD, 1986.


