Sí, es el amor lo que motiva a Henry Miller escribir Trópico de Capricornio. Este es el argumento de todo su libro; un intento desaforado por recordarla a ella, por inmortalizarla, por olvidarla, por matar lo que una vez él sintió por ella

Henry Miller y Anaïs Nin. tomada de www.gregwilson.co.uk

Henry Miller y Anaïs Nin. Imagen tomada de www.gregwilson.co.uk

Por: Jorman Sebastián Lugo

Quien lleve cierto tiempo recorrido en la vida, quien haya experimentado el estremecimiento de su cuerpo al sentir el roce de un par de labios con alguna parte de sí, sabrá que hay emociones inexplicables para las palabras y la razón. Sabrá también que el amor es incluso más que un roce, una palabra o un buen acto. Sabrá que ese sentimiento –si es que lo es–, es contradictorio y mordaz, porque suele infiltrarse en lo recóndito de la esencia y, sembrar allí, todo lo que es capaz de producir, sin tomarse la molestia de preguntar si esto se quiere.

También quien lleve una vida de lectura normal, sabrá que el amor es de las sensaciones que más inunda las historias que nos suelen narrar y, en algunas ocasiones, lo que más suele llamar la atención de los lectores; no hay que ir muy lejos para dar ejemplos: la saga Crepúsculo (Twilight) con su historia de vampiros enamorados caló en los jóvenes y tuvo un éxito en ventas. Efraím Medina Reyes, un autor colombiano, también impactó al mundo literario con Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, un libro violento en su velocidad, voraz en su estructura y directo como pocos; trata al amor de una manera excepcional, que hace evocar a Miller en Trópico de Capricornio.

Libro casadellibro.comSí, es el amor lo que motiva a Henry Miller escribir Trópico de Capricornio. Este es el argumento de todo su libro; un intento desaforado por recordarla a ella, por inmortalizarla, por olvidarla, por matar lo que una vez él sintió por ella. Quizá él empezará el libro con dolor: el dolor causado por la desdicha de perderla, por la incertidumbre que le dejó cuando se marchó. Y, en efecto, fue eso. La soledad lo absorbió a tal punto que él se pudo reconocer dentro de sí mismo, se pudo hallar dentro de sus venas, dentro de sus huesos, dentro de su sangre; se encontró en sus ideas, en sus acciones, en su alma. Este hallazgo le sirvió para ver su mundo de otra manera, para vislumbrar el caos que lo rodeaba.

El caos lo atrajo, lo fue llevando hasta su territorio; lo devoró hasta que él mismo fue caos. Esto lo llevó a ser uno más del montón; a ser uno más de una sociedad que por su modo de vida se iba autodestruyendo. Hasta que tocó fondo. Sí, primero tuvo que llegar; escalar hasta lo más profundo del caos, de la nada, de la tristeza; aguantar, soportar, sufrir, desfallecer; caminar, arrastrarse, gatear dentro de sí mismo, dentro de su pasado, dentro de su infancia para poder liberarse y ver todo con claridad.

En ese camino tan espiritual que Miller hizo, conoció también el valor de la vida, de su vida: expresarse. Para él esto fue lo esencial desde su niñez, poder decir lo que quería, lo que pensaba, lo que imaginaba. Además, reconoció todo lo que siempre quiso ser, todo lo que hacía para diferenciarse de los demás, aunque cayera en lo que todos eran; todo lo que él decía ser, cómo se construía por medio de esos imaginarios. Así lo expresa él en su libro:

Hasta que no apareció aquella para la que escribo esto, pensaba que las soluciones para todas las cosas se encontraban en algún lugar exterior, en la vida, como se suele decir. Cuando la conocí, pensé que estaba aprehendiendo la vida, aprehendiendo algo en que podría hincar el diente. En lugar de eso, la vida se me escapó de las manos completamente. Extendí los brazos en busca de algo a que apegarme… y no encontré nada. Pero, al hacerlo, con el esfuerzo por aterrarme, por apegarme, a pesar de haber quedado desamparado, descubrí algo que no había buscado: a mí mismo.

No es difícil sentir que Miller previó todo lo que hoy ocurre: un mundo lleno de estereotipos que tratan de significar la vida en los exteriores, dejando a un lado ese mundo tan exquisito que se encuentra en el interior de cada persona. Por eso, desde que se encontró, el autor norteamericano se sintió superior a las personas de su época.

También, otra cosa extraña me ocurría, siempre que me decían que diera un paso al frente. ¡Sabía que era superior al hombre que me requería! La tremenda humillación que yo ejercía no era hipócrita, sino un estado provocado por la comprensión del carácter fatal de la situación. La inteligencia que poseía, incluso de muchacho, me asustaba; era la inteligencia de un «salvaje», que siempre es superior a la de los hombres civilizados en el sentido de que es más adecuada para las exigencias de las circunstancias. Es una inteligencia vital, aun cuando aparentemente la vida haya pasado de largo ante ellos. Me sentía casi como si me hubieran arrojado a un ciclo de la existencia que para el resto de la humanidad todavía no había alcanzado su ritmo completo. Me veía obligado a marcar el paso, si quería seguir a su altura y no verme desviado a otra esfera de la existencia.

Henry Miller www.tumblr.com;Asimismo, nunca dejó de lado la vida sexual de su época. La escribió como es característico en él, de esa manera brutal, explosiva, sin tapujos, erótica, sugestiva, atrayente, provocadora. Para esto se valió de sus propias experiencias: las que vivió y las que se imaginó vivir. Sí, hay que resaltar que Trópico de Capricornio es eso: la suma de las experiencias reales e imaginarias de Miller. Porque para él la verdad no lo es todo: “Pero la verdad puede ser también una mentira. La verdad no es suficiente. La verdad es sólo el núcleo de una totalidad que es inagotable”.

El camino que trazó la vida de Miller es excepcional, una verdadera muestra de superación en la época en la que vivió, en la que el puritanismo, la censura y la decadencia moral de los Estados Unidos y parte de Europa marcaban la pauta; en donde el amor iba siendo suplantado por los inicios del capitalismo. Él logró superar todo esto, y, tener una vida sexual plena, escribir sobre ello; enamorarse de una mujer hasta lo más profundo de sí; emprender un viaje que lo llenó; incluso, enamorarse de sí mismo.