Hay que decirlo… a su edad, con una notable ceguera, ese anillo violáceo, opaco que sella las pupilas; con sus arrugas pronunciadas, los pies hinchados… reboza de vida, aún en silencio, su ser menudo, se hace sentir como la Matriarca que es, potente, irónica, en su confrontación con la sociedad, es decir, como poetisa de la comunidad.

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Encarnación García
Imagen tomada de: http://1.bp.blogspot.com

Por: Alan González Salazar

El encuentro

Apenas se deja oír el anuncio de llegada, el calor precipita nuestra salida, en tropel. Algunos pasan riendo el antejardín y se instalan en medio de las sillas, a la sombra de la Casa de los Poetas, que ostenta su nombre a la entrada, en una tabla donde cada letra se encuentra delineada con fineza, sin que parezca de cabuya. Prendo un cigarrillo y me quedo afuera. Contemplo la algarabía reinante, las casas, los caminos, las nubes indiferentes. Al fondo del auditorio, un altar de vinos y esculturas populares hacen las veces de escenario, precedido por un tonel o barril como atril, al que se le han instalado las piañas de un micrófono.

Sale el anfitrión de la casa, Máximo, sonriente, saluda, generoso, manda a traer agua y gaseosa del fondo de la cocina. Doctor, le dicen, y pregunto si es médico; no, responden, es abogado, ah ya. No me presento. En realidad, paso desapercibido, como un joven extraviado. Dejo de fumar y entro a buscar agua, sombra, una buena conversación, en uno de los muebles al lado del tonel. Me encuentro entonces con una pareja de campesinos, la señora Elizabeth Alegrías Figueroa y Don Edilberto Victoria, quienes interpelan el motivo de mi presencia, paso así de ser alguien sospechoso, a ser anfitrión. Admiran los poetas, los creadores, ya que su hijo, Germán Victoria Alegrías, es pintor, el mismo que donó el cuadro que sirvió de imagen para el afiche del encuentro. Prometo ir a conocerlo, con interés real y conmovido por lo absurdo, lo majestuoso y extraño que resulta el origen de los artistas, en especial de las familias humildes. Su padre, el señor Don Edilberto Victoria, me deja saber algunas apreciaciones políticas, con tal convicción, con tal entrega y espontaneidad, que no puedo contener el entusiasmo y me mandan a callar porque llega, entra, con ustedes ¡la poetisa zarzaleña, Encarnación García!

En la senectud y arrastrando los pasos, apoyada en su siniestra por su hijo, no hablante, no oyente, y a su diestra, por la nieta, una morena reconcentrada y misteriosa, con un bello tatuaje en la espalda, deja que la abuela se sobrecargue en ella. Fraternal, aparta personas, sillas, obstáculos, para hacerle camino, y así, de gancho, se quedan sentadas, sonrientes de tantos abrazos y besos. Hay que decirlo… a su edad, con una notable ceguera, ese anillo violáceo, opaco que sella las pupilas; con sus arrugas pronunciadas, los pies hinchados… reboza de vida, aún en silencio, su ser menudo, se hace sentir como la Matriarca que es, potente, irónica, en su confrontación con la sociedad, es decir, como poetisa de la comunidad, representa una guía moral, canta lo que es digno de ser recordado; a través de coplas, extraños endecasílabos, refiere anécdotas triviales que se elevan y engalanan de risas y afirmaciones. De ella dirá Omar Rayo: “Esta mujer es un fenómeno. Declama una poesía decimal. ¿Cómo lo entendió, cómo lo aprendió? Nadie sabe. Es algo que lleva en los genes”.

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TU SILENCIO

Yo conservaré tus cartas

porque en ellas me decías

que eras el único hijo

que jamás me olvidarías.

en tus cartas me decías

que tú serías el mejor

y ahora con tu silencio

sólo me causas dolor.

Ni me escribes ni me llamas

te has olvidado de mí

tengo la cabeza cana

de tanto pensar en ti.

Todos mis hijos se han ido

abandonando el hogar

también se fue el sordomudo

y no ha vuelto a regresar.

El mayor hace once años

que no sé nada de él

tú vas por el mismo estilo

yo no me explico por qué.

Encarnación sigue en silencio, observa en calma, se hace un llamado al orden para dar inicio al programa, la lectura de los poemas de la homenajeada por parte de los escritores invitados, algunos conocidos y amigos cercanos, quienes no disimulan la ternura que tales poemas despiertan:

Limones, mi patrio suelo,

porque en tu suelo nací

Zarzal, mi pueblo querido,

me viste crecer a mí.

Se da paso entonces al recital. De los aproximados 90 asistentes, 70 son poetas venidos de los cuatro puntos cardinales del país, de “zonas de miedo”, poblaciones olvidadas de Dios, donde la realidad es el hambre y la muerte. Pero aquí está la celebración de la vida y la memoria: sus atuendos fabricados con las manos, las mismas que cultivan la tierra, que vuelan hasta aquí como palomas, aquí, donde están sus voces clamando justicia; la memoria moral de los que buscan la restitución de los derechos de la paz. Éstos son los poetas al margen de la academia, de la historia oficial, y los más amados, por apalabrar los sueños inconfesables, por ser románticos y locos, por juzgar y poner en crisis… pagar con su vida su canto, pájaros de la luz.

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NEGRA SOY

¿Por qué me dicen morena?

Si moreno no es color

Yo tengo una raza que es negra

Y negra me hizo Dios.

Y otros arreglan el cuento

Diciéndome de color

Dizque pa’ endúlzame la cosa

Y que no me ofenda yo.

Yo tengo mi raza pura

Y de ella orgullosa estoy

De mis ancestros africanos

Y del sonar del tambó.

Yo vengo de una raza que tiene

Una historia pa’ contá

Que rompiendo sus cadenas

Alcanzó la libertá.

A sangre y fuego rompieron

Las cadenas de opresión

Y ese yugo esclavista

Que por siglos nos aplastó.

La sangre como lava

Se empieza a desbocá

Se me sube a la cabeza

Y comienza a protesta.

Yo soy negra como la noche

Como el carbón mineral,

Como las entrañas de la tierra,

Y como el oscuro pedernal.

Así que no disimulen

Llamándome de color

Diciéndome morena

Porque negra es que soy yo.

Mary Grueso R.

 

Como se ha podido dar cuenta el lector, el recital resultó telúrico. Encarnación sigue atenta. Cada que pasa un poeta, su presencia se hace un cosmos vertiginoso de relaciones geográficas, amores perdidos o vencidos, de angustias y peticiones. El público expectante aplaude, silva, ríe o se sume en el silencio, se deja llevar por los poetas, fraternidad de los sentimientos, de las más crueles esperanzas, las que reavivan el canto: Rafael Puello, Edil Jara, Jaiver Valencia, Jesús Hernando Camacho, Jhon Walter Torres Meza, Horacio V. Giraldo Rivera, Luzdary Asprilla, etc., etc.

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Han transcurrido por lo menos cuatro horas del Recital, se declara un receso para que, por parte de los poetas locales, reciban una cordial bienvenida los nacionales, con un postre que lleva el logo de la universidad en su dulce envoltura, después de empanada y gaseosa y otro cigarrillo a las afueras, donde atardece, ritual con la muerte al que se une Fabio Ibarra, de Cali, al que le acabo de escuchar unos poemas magníficos:

El paraíso en el jardín

(Amherst, Estados Unidos, 15 de mayo de 1886)

Su paraíso germinaba sobre un hilo de luz

en el silencio del cedro.

O en el alfabeto de la oruga que leía,

casi hecha belleza, la ardua tarea del jazmín.

O en la nube que pasaba sobre la piel de la charca

sin agitar el agua ni perturbar las ranas.

Hoy, todo ello ha terminado mansamente.

Su cabellera encendida, casi tan roja

como el atardecer, cae blanda

en la quietud de la almohada.

Afuera, el mundo que apenas abrazó

sigue girando en su indolente torbellino.

Nada terreno habrá de atormentarla ya:

ni las miradas oblicuas de los hombres,

ni el estruendo de las máquinas que siegan el trigo

en el que ella descifró, tal vez, el parloteo de la brisa,

ni el coro del pueblo que susurra en las noches

su vestido blanco, su encierro, su aparente locura.

Acaso aún la toque, como una hebra de viento,

la voz de su madre llamándola entre la seda del ensueño…

¡Emily… Emily!

Su pie leve es apenas un recuerdo

en la canción del huerto,

hasta donde llegarán después que ella, puntuales,

la primavera, la nieve y el aroma del sendero.

No sé porque sendas sutiles e indirectas la simpatía estrecha lazos insospechados. Las imágenes de sus versos son complejas, le digo, me comenta que nacieron de una inquietud íntima e insistente por reconocer, a través de la imaginación, el momento último de la vida de estos poetas:

Un párpado de sombra cae sobre Silvya

(Londres, Inglaterra, 11 de febrero de 1963)

Cierra la puerta como un pesado párpado

que la viste de sombra.

No hay lumbre que arda en la cocina,

su último refugio,

ni mano que apacigüe la tormenta.

El agua oscura de la noche

se vierte sobre ella

con su obstinada resonancia de cuchillos y delirios.

Crece un rumor temprano de amapolas

en la ceniza de su vientre, en el naufragio de su boca,

y la sacude el golpe tibio de la tierra

que cae ya sobre su pecho.

Sólo ella sabe que esta vez

ha pasado el cerrojo para siempre.

Aún revolotea por la casa

el aroma del pan que dejó como una ofrenda,

tibias de amor las manos,

mientras los niños respiran todavía

el aire limpio de su primavera.

El espíritu de Yeats la invita a tomar vino.

En algún recodo de sus lejanas alegrías

galopa el recuerdo de un caballo solitario en la nieve.

Y más allá, en las calles, borbotea el avaricioso cotilleo

de señoras con faldas de terciopelo y amantes

que se cuelan en sus sueños como príncipes,

y un solecito tibio refulge en las vitrinas

que alguna vez contempló con avaricia.

Un eco pertinaz retumba en su cabeza.

Muy adentro, la sombra de su padre se hace espesa, dolorosa,

y el amor de las abejas la hiere con su feroz ausencia.

Una cicatriz reciente se aferra como un hongo

a su frágil armadura: otra voz masculina que huye

de su cuerpo y de su lecho.

Y el cielo, el cielo que soñó con habitar,

es una hebra de nada que tambalea entre la escasa luz de invierno,

ahora que sella la puerta, para siempre,

como un pesado párpado que la viste de sombra.

 

Avanza la noche y la mayoría ha entrado en confianza, las poetas Mary Grueso, Mercedes Mejía Meléndez, María Teresa Ramírez, son, quizá, las que mejor expresan este candor, sus versos implican todo el cuerpo. El aire de la estancia se torna irreal con la potencia musical con que lo exhalan.

Aracely y el señor Julián Llanos nos invitan con posteridad a disponer todo para marchar hacia la casa de Encarnación, ya que las horas tienen alas. Nos levantamos sin evitar compartir impresiones, fotos, ceremonias.

Salimos en tropel e inundamos esas pequeñas calles de la Vereda Limones, río serpenteante que concluye en una humilde y digna fachada, con la puerta abierta de par en par, pequeña como su dueña, que vino a dar aquí desplazada por la violencia, el despojo de tierras conocido por todos, con nombres y apellidos, el cual dura hasta la muerte sin respuesta.

Se adentra hasta la sala por medio de un corredor oscuro que se angosta, ésta se confunde con la cocina y la cocina con las piezas; bajo el orden austero de su dueña, hay luminosidad y la promesa de una vida tranquila.

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Al retorno, en el bus, de pie, Fabio recita poemas de Giovanni Quessep, De Greiff y su favorito, Porfirio Barba Jacob. Ya en la sede de la Biblioteca, se dispone un banquete con la opulencia de la que pocos pueden jactarse. No hablaré de las cremas, ni de la carne tierna, el pastel frío o el cóctel, sino del diálogo encendido, las confidencias al ritmo de la saciedad; esto es gusto, es estética, me digo, la fascinación por las nuevas amistades: David Zabala, Fabio Ibarra y su tocayo, del Valle del Cauca, los cuales decidimos, después de acomodarnos en el Hotel Los Helechos, pasar como un solo incendio por la noche, rumbo a la Fiesta Universitaria a la cual estábamos invitados.

*

Con carpas y sillas Rimax han cerrado la calle, en la plaza y sus alrededores, medio batallón militar desfila, callado, a un mismo ritmo. Se entretienen como los espectadores de una fiesta que no parece tener término, ellos, jóvenes imberbes, linfáticos, se imaginan sentados, risa curda, botella en mano, “bailando de lo lindo”; cómo negar que para nosotros es un dios, la euforia, la música que retumba desde la tarima, el desfile de los mejores frutos del Norte del Valle. Saben festejar. Los poetas, por el contrario, respetan el torbellino alucinado, sin control, del canto y el derroche y el gusto de vivir, corrupto en su sangre, y no por ello carente de luz. Fabio, el poeta del Cauca, ha vuelto del Hotel, lo hacemos sentar y se le ofrece alcohol, con manos temblorosas, vacila y dice que prefiere agua, “he dejado la bebida”, sonríe. No tarda en salir a bailar con una mujer dorada y pálida, poetisa de Santa Rosa de Cabal, no tarda en quedarse contemplando el taconear, talón de punta roja, que le hace exhibir sus muelas, abrir los ojos y mover la cintura al ritmo de las ondas que lo gobiernan. David Zabala, profesor jubilado, ya con un primer libro y sus hijos lejos, con su futuro comprometido, pasa una y otra vez el agua quemada que incendia la noche, astros son, astros locos, aplaude sin contenerse, cómo se mueven todos estos muchachos, grita, pero sus ojos están clavados en los hombros gráciles, en el encaje, los colores, las siluetas que demarcan la cintura, las caderas y, sobre todo, las piernas desnudas, relucientes. Altivas eran las mujeres aquella noche en Zarzal, y los hombres, violentos, celosos.

A medida que avanza la luna, los comentarios sueltos, las obscenidades, el diálogo íntimo, resulta sobrecogedora la nueva amistad, sin interés alguno, gobernada por el asombro y el azar.