“No sé escribir, pero sé soñar”

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Tres kilómetros nos esperan aún para llega a la Casa de los Poetas, en la vereda Limones, donde vive la poeta oral más prolija de Colombia, Encarnación García.

Por: Alan González 

El viaje

Estoy sentado a las afueras de la Biblioteca del Banco de la República, junto a una de sus columnas, suena el teléfono: “Buenos días ¿Con el maestro…? Habla con Aracely Zabala, la coordinadora de la Biblioteca Víctor Manuel Patiño, de la Universidad del Valle, sede Zarzal. Maestro….”  Vuelve a repetir, al tiempo que me hago blanco como el papel. “Para invitarlo al VIII Recital de Poesía que realizamos cada año…”

*

Con un mes de anticipación, traté hasta el último momento de estar en condiciones de efectuar el viaje, sin disimular la ansiedad que desde niño me produce la novedad que conlleva toda aventura. En la Terminal, acompañado de la amada, abordé el microbús que prometía estar en una hora en su destino, el reconocido norte del Valle. El descenso, como se espera, sin contratiempos, trae el aire cálido, los pastizales tempranos: …para ver estallar los frutos en sol, sentir en los labios su dulce sabor ácido; el descenso trae consigo el mar, allá donde muere el sol, hasta donde se tienden las raíces de esta ciudad trasnochada, cadáver en salsa. Me dejo adormecer entonces por el seseo que produce la velocidad del microbús disparado, expulsado de la cordillera Andina, hacia abajo “¡¡¡Con la punta del pie!!!!!” hasta abajo, mami, con el negrito de la salsa, ay, ay… las pieles satinadas y las ropas vaporosas.

La entrada a Zarzal resulta conmovedora: Un corredor de flores primaverales saluda a los bienvenidos, que ven con orgullo los árboles de ébano que adornan sus calles, esas calles contadas donde la vida, en apariencia, es despejada y sencilla; tanto como para tener un jardín y estar rodeados de parque y niños y mujeres en flor.

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Se podría decir que no hay aire de tanto sol, pienso al descender del microbús. Camino con él pintado en la cabeza, cruzo una cuadra hasta donde se conglomera la gente, en la entrada de la Universidad, al lado de la cual un bus destartalado espera a que el grupo, en fila, ascienda: en su mayoría afrodescendientes que superan las cinco décadas, profesores jubilados en donde la memoria ha decidido cantar. Aracely me identifica de inmediato y con ademanes agudos pide que suba, que estamos retrasados;  tres kilómetros nos esperan aún para llega a la Casa de los Poetas, en la vereda Limones, donde vive la poeta oral más prolija de Colombia, Encarnación García.