En cada página se desborda el sueño, la desmesura propia de la creatividad, más allá de lo bueno y lo malo, para ella son “los demonios que nos acechan hasta en los lugares más iluminados”.

 

KELLY

Por: Alan González Salazar

No tenía que fingir ser feliz, tranquila, podía dedicarse a desmenuzar el dolor con el llanto”. Escribe Kyt Ache. Si traducimos su nombre del inglés, encontramos que se apellida dolor. Su libro artesanal, “CUENTOS Y POEMAS DEL MÁS ACÁ, el mundo desde una pequeña alcoba”, nos recuerda a su vez el poemario de Carolina Hidalgo, “DE ESTE LADO DE LAS COSAS”, en homenaje a Julio Cortázar. Ellas nos hablan, quizá, de una frontera, esa tercera orilla del río y no se dejan leer como un libro acabado, son el resultado de un laboratorio creativo, sus ensoñaciones de sábana y cielo no le pertenecen a una masa indiferente, por el contrario, conocidos y amigos somos sus lectores, conmovidos siempre por su canto, por un lenguaje arrebatado y loco si se quiere, pero con suficiencia rico en metáforas. Ellas pasan el infierno y aún les quedan monedas.

Kyt Ache en su cuento La Baraja, refiere “el efecto del cianuro que le había dejado su amiga en las venas”.  Cuando paseamos por la ciudad, entretenidos e inútiles, le pregunto, como a uno de sus personajes: “¿Qué es la culpa Martina? ¿Qué es el odio? ¿Qué es la muerte?”.

Ella debe escribir. Es una realidad que desconocieron los griegos. La boca no puede nombrar, a veces, su dolor, su felicidad tejida de tiempo e incertidumbre: debe escribir, confesarse, entender a solas su muerte, con palabras ajenas o robadas a los dioses. Encadenada es libre.

En cada página se desborda el sueño, la desmesura propia de la creatividad, más allá de lo bueno y lo malo, para ella son “los demonios que nos acechan hasta en los lugares más iluminados”.

Kyt Ache arremete contra el estilo burgués, no escribe bien, no le interesan las disputas morales e ideológicas, la segregación; es una niña perdida en el jardín, junto a su amante, a quien le oímos decir “desde entonces te encuentras aferrado a mí, con el fuego, la música, la poesía, la verdad”.

Caprichosa, nos propone un juego, un libro de artista. Primero las narraciones, después la obra visual y, por último, el estadio poético. Es así como nos invita a la edición de nuestras obras, en su colección Dóblese, hasta con papel reciclado, colores naturales, un mercado humilde y efectivo que tiende a enriquecer nuestro patrimonio cultural y que no pide permiso para publicar dos o tres dedicatorias, una invitación, un olvido. Ningún crítico va a detenerla, ya se fueron todos a Bogotá.

En su narración “Adolecer de la Existencia”, exclama, “¡ah, esa melancolía barata que sufrimos los jóvenes me llena el cuerpo de recuerdos!”, este libro es su almohada, aire de alcoba y fábula, de despertar repentino a media noche, sudor frío, se pierde el hilo, Kyt Ache nos deja en el laberinto.

Se desmenuza el llanto como el pan para alimentar palomas en el parque de la mente, seguro volarán hacia tus ojos, lector, como un golpe de furia y sueño, sabrás de la pena infinita del agua. La imaginación es un lugar en el que llueve, nos dijo Dante en el purgatorio.