Nuestros Bibliotecarios han de ser abanderados de estos cambios, convertirse en esos puentes que se tienden entre el libro y el lector. Cada Bibliotecario debe ser el compañero de viaje de los hombres y mujeres   que se eligen a sí mismos y que quieren ser mejores, gracias a una aventura: “La aventura de leer”. Palabras pronunciadas durante la inauguración de las nuevas salas de la Biblioteca Departamental.

El libro ha sido y es, para nosotros, un precioso instrumento, quizá el mayor tesoro. Los libros nos convierten en personas creativas, alimentan nuestro espíritu, amplían nuestro horizonte mental e intelectual.

Por: Hernando López Yepes

“Las Bibliotecas Públicas tendrían que estar abiertas las veinticuatro horas, igual a como ocurre con nuestros hospitales”. Este fue el grande anhelo de millones de lectores, desde el día en que se abrieron las primeras Bibliotecas. La internet ha logrado el cumplimiento de este sueño, en las últimas décadas. Hoy, todos los lectores acceden fácilmente, desde cualquier lugar y a cualquier hora, a la más grande Biblioteca. El libro ha sido y es, para nosotros, un precioso instrumento, quizá el mayor tesoro. Los libros nos convierten en personas creativas, alimentan nuestro espíritu, amplían nuestro horizonte mental e intelectual. Los libros nos regalan muchas cosas que conocen, solamente, quienes aman la lectura.

Mundos maravillosos entran por nuestros ojos cuando abrimos un libro. Quizá sea por esto que se afirma que “No existe peor ciego que quien no quiere leer”. Millones de personas morirían si se vieran privadas de los libros. Sucede que en el mundo de los hombres y mujeres es El Libro quien nos hace más humanos. Quien elige leer es la persona que privilegia “el ser” sobre “el tener”.  

 “¡Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros -escribió Gabriel Zaid-. Lo que importa es cómo haber leído; si la calle y las nubes al igual que la existencia de los otros tienen algo que decirnos; si leer nos convierte en personas más reales!”.

“Vale más una cabeza bien hecha (o bien puesta) que una cabeza bien llena”. Esta es la tesis que la UNESCO planteó, hace unos cuantos años, en su documento La educación encierra un tesoro. En él se estableció lo que sería la educación en el siglo XXI. Ya había usado Morin, el pensador francés, esta expresión para su obra La cabeza bien puesta, escrita en 1979. Y antes de Edgar Morin emplearon este término algunos pensadores, muchos siglos atrás.

Lo que sabemos hoy es que educarse es un proceso en el que están comprometidos quienes forman una comunidad; también, que este proceso de educar al individuo debe darse desde el día en el que nace hasta el momento de su muerte.

Hasta hace pocos años se medía la jerarquía de cada Biblioteca por el número de textos disponibles en ella. Carecía de importancia que estos libros contuvieran pocas cosas qué enseñar o proponer; solo importó que fueran ordenados de manera racional y que estuvieran protegidos de las llamas, la humedad y los ladrones.

Hasta hace pocos años se medía la jerarquía de cada Biblioteca por el número de textos disponibles en ella. Carecía de importancia que estos libros contuvieran pocas cosas qué enseñar o proponer; solo importó que fueran ordenados de manera racional y que estuvieran protegidos de las llamas, la humedad y los ladrones. Poco o nada importó que nunca fueran consultados y que no se compartiera, discutiera y cuestionara el contenido de sus páginas.

Podemos afirmar que es un deber de las personas que sustentan altos cargos: jefaturas de gobierno, ministerios, direcciones y gerencias de instituto (también otras dignidades) el animar y sostener con los recursos necesarios a las gentes que avizoran nuevas formas de la vida en sociedad; difundir sus escritos, su ideario; fortalecer sus logros: sean estos literarios, musicales o pictóricos. También, la obligación de generar espacios del pensar y del actuar que nos permitan construir una mirada diferente, una nueva conciencia, unas maneras nuevas de asumir el presente; todo ello con el fin de estructurar un mundo más amable. Igualmente, el deber de promover acercamientos entre el pueblo y los creadores en el campo de las artes y el pensar.

Pero estos compromisos les competen, igualmente, a las personas que dirigen y proyectan las que habrán de ser las Nuevas Bibliotecas en el Siglo XXI. No será su tarea, en todo caso, el ser depositarios y guardianes de una herencia cultural que nos parece que agoniza en viejos libros poco o nada consultados.

Nadie se hace a sí mismo; nadie puede apostar, en nuestro tiempo, a convertirse en Robinson Crusoe. El hombre y la mujer son esos frutos algunas veces simples, otras veces, muy pocas, agridulces; y casi siempre amargos, de un pasado que no ha sido asumido en la forma debida. Es absurdo pensar que lo mejor que ha producido el ser humano ha quedado en el pasado; y es, también, un absurdo imaginar que alcanzaremos un futuro luminoso sin forjarlo, sin que hayamos dado pasos firmes hacía él, sin que asumamos el presente con la conciencia atenta y la mayor pasión.

Todo aquel que imagina que su mundo puede y debe ser distinto, y que se esfuerza por mirarse en su verdad: “en lo que es”, por dolorosa y dura que sea esa verdad; todo aquel que se atreve a re-pensarse, a imaginar que puede ser distinto y que es posible y necesario para él, imaginar que puede existir de otra manera, dar los pasos para alcanzar “vivir en otra forma”, es un héroe. Quienes así lo hacen son los nuevos navegantes, comparables con aquellos que se atreven a los viajes espaciales.

Así lo formuló Juan de Mairena, el profesor ficticio que creó Antonio Machado:

“La finalidad de nuestra escuela es enseñar a repensar el pensamiento, a des-saber lo sabido y a dudar de la propia duda, único modo de comenzar a creer en algo.”

 

Nuevas funciones de la Biblioteca

Nuestros Bibliotecarios han de ser abanderados de estos cambios, convertirse en esos puentes que se tienden entre el libro y el lector. Cada Bibliotecario debe ser el compañero de viaje de los hombres y mujeres que se eligen a sí mismos y que quieren ser mejores, gracias a una aventura: “La aventura de leer”. Hoy se hace necesario cuestionar la que una vez fue la tarea de los Bibliotecarios, reinventarla. Nuestros Bibliotecarios habrán de ser personas que comprendan el valor de la tarea que se pone entre sus manos. Deben ser los más grandes amantes de los libros, sumergirse en sus páginas, esforzarse por sentirlas, comprender sus contenidos, disfrutar de su belleza; compartir los placeres que la lectura entrega, con los lectores jóvenes; también, con los adultos. El nombre de bibliófilo es hoy un término obsoleto; hemos dejado atrás aquel concepto de que debe leerse en soledad.  Todo Bibliotecario está obligado a conocer cada propuesta de las TICS; y debe ser el guía que acompaña a los lectores en sus búsquedas, celebrar cada hallazgo con su comunidad. La meta es alcanzar que cada usuario se convierta en buscador inteligente.  En este mundo en cambio permanente es necesario que luchemos por salvarnos caminando por senderos colectivos o… no habrá salvación para quien sueñe con un cielo individual. Esto puede lograrse solamente si apostamos por construir espacios mejores para todos; porque el conjunto humano acceda a una mayor inteligencia y a los más grandes valores; entre ellos, el valor de la lectura. No hay un mejor camino si queremos ser mejores, que el camino de los libros, de los mejores libros.

Ser un Bibliotecario equivalía a ser el vigilante de un museo que llenaba su cabeza con un solo objetivo: que su sala de trabajo fuera un sitio silencioso y que imperara dentro de ella un orden mudo.

Hasta hace poco tiempo no existía la relación que vemos hoy entre el lector y su Bibliotecario. Los antiguos gendarmes de estos centros parecían ignorar lo que afirmó Ranganathan, bibliotecario de la India: las cinco leyes del Bibliotecario:

  1. Los libros están para usarse.
  2. A cada lector su libro.
  3. A cada libro su lector.
  4. Hay que ahorrarle tiempo al lector.
  5. La Biblioteca es un organismo en crecimiento.

Cada lector estaba en esos sitios como un   náufrago carente de instrumentos que lo guiaran; ignoraba la forma en que debía solicitar el libro deseado. Ser un Bibliotecario equivalía a ser el vigilante de un museo que llenaba su cabeza con un solo objetivo:  que su sala de trabajo fuera un sitio silencioso y que imperara dentro de ella un orden mudo. Sólo le preocupaba cuidar aquel tesoro a su cuidado; y sucedía que ese tesoro se perdía, por no ser entregado. Allí se caminaba de puntillas, el silencio se imponía; las palabras pronunciadas en voz alta parecía que ofendieran lo creado por los antepasados. En nuestras sociedades se piensa tontamente que “la muerte nos mejora”. Ningún suceso crea un mayor prestigio que el prestigio de la muerte: la propia o la de otros.

Hoy tenemos conciencia de que una Biblioteca vale, solo, si enriquece a los usuarios; si en ella se discute y se difunde el contenido de los textos. La idea que se cuestiona se enriquece. Harold Bloom, el crítico literario norteamericano, se refirió con una frase a la importancia de las creaciones literarias en la transformación de los seres humanos:

“Shakespeare nos inventó. lo que somos de complejos y contradictorios lo   inventó Shakespeare”. Pues ocurrió que Shakespeare descubrió complejidades, en los seres humanos, que no fueron percibidas con anterioridad. Él logró cristalizarlas con la ayuda de su genio.

Por supuesto, Bloom se refería a las naciones de habla inglesa. Nosotros hemos sido construidos (descubiertos) por el genio de Cervantes, que en su libro de El Quijote ha derramado su luz sobre el lector, en forma inteligente y generosa.

Ahora, la tarea de los Bibliotecarios, Auxiliares de Biblioteca y Promotores de Lectura, unida a otros factores que se suman al proceso de Lectura y Escritura Creativas, afronta un desafío: la conversión del texto en el sujeto de un debate permanente. Nuestros Bibliotecarios han abierto los caminos que permiten relaciones más complejas entre el libro y los lectores; despiertan, con su ejemplo, vocación por la lectura y acrecientan, día tras día, el caudal de los lectores. Su desempeño ha ido más de allá de atesorar y preservar un cúmulo de textos. Hoy se enfrentan al reto de sumar nuevos usuarios, y de hacer que los lectores sean actores del proceso que se da con la lectura.  Nuestros Bibliotecarios crean discusiones entre el lector y el texto   hasta lograr que sean puestos en cuestión los argumentos del autor. El usuario de hoy es un lector comprometido; en muchos casos, un amante de las letras que desea convertirse en escritor.

Los textos se apilaban cual si fueran los cadáveres del pensamiento pobre; porque no se disponía, en esas viejas bibliotecas, de las mejores obras. Y a la quietud del cuerpo la seguía una total quietud mental.

¡Cuánto han cambiado las Bibliotecas Públicas desde la época en que Carlos Marx llenaba las horas de sus días investigando entre viejos volúmenes en la Biblioteca Británica de Londres, lugar donde produjo El capital, en el siglo XIX!

Charles Bukowski, pasó parte de su vida en la vieja Biblioteca Pública del centro de Los Ángeles; allí se hizo escritor. Henry Miller vivió una experiencia semejante en los salones de las Bibliotecas Públicas de la ciudad de New York.

“Siempre imaginé que El Paraíso tendría la forma de una Biblioteca”, escribió Jorge Luis Borges. Este hombre genial soñó en forma reiterada con la Biblioteca Global; una biblioteca que contuviera todos los libros; tan grande como fue la Biblioteca de la anciana Alejandría. Jamás pudo encontrarla en el mundo real. Se propuso crearla con sus cuentos laberínticos; igualmente, con sus versos. Nosotros disponemos de la inmensa Biblioteca que Borges no encontró. Esto se ha hecho posible con los últimos avances tecnológicos. Con ellos accedemos a los libros de otras épocas y, también, a cualquiera obra publicada en nuestro tiempo. Y muy pronto podremos acceder a una inmensa Nubeteca. La técnica ha creado, para ello, instrumentos perfectos que en unos pocos años estarán disponibles en nuestras Bibliotecas.

Yo frecuenté las viejas bibliotecas que eran, todas, como criptas funerarias. En ellas se imponían el silencio y la quietud. A esto se sumaba la pobreza del lugar, la sensación de lobreguez; finalmente, el olor a papel húmedo… En aquellos lugares silenciosos “se guardaban los libros” en estantes que a mí me parecían como hileras de tumbas. Los textos se apilaban cual si fueran los cadáveres del pensamiento pobre; porque no se disponía, en esas viejas bibliotecas, de las mejores obras.  Y a la quietud del cuerpo la seguía una total quietud mental. No había quien orientara las lecturas. Nuestro Bibliotecario era, por regla general, un iletrado, desafecto a la lectura. No se nos permitía, allí, el contacto con los libros; no hubo elección posible; se entregaban, solamente, los textos que pedíamos. Ser un Bibliotecario era ocuparse en ordenar, catalogar y mantener a raya al polvo, a la humedad y a los ladrones de los libros. En palabras de Ortega y Gasset:

Su ordinario lenguaje usaba las palabras sumaria y mecánicamente, sin entenderlas apenas, con un sentido despotenciado, adormecido, borroso (…) En suma, que al hablar hacían saltar los vocablos como los domadores de circo a los tigres y a los leones, después de haber rebajado su fiereza con la morfina o el cloroformo.

Poco antes de la aparición de Internet estábamos enfrentados al problema de “los demasiados libros”, si usamos las palabras de Gabriel Zaid.  El libro, que fue por muchos siglos el mejor instrumento en la preservación de un ideario religioso y filosófico, se moría por congestión. Todo porque las técnicas logradas en la impresión del libro aceleraron el proceso. En unos pocos siglos estuvimos invadidos por los libros, cual si fueran una peste. Entonces se imprimieron, anualmente, muchos miles de millones de ejemplares.

(Continúa mañana)