Si estamos decididos a luchar por la permanencia de nuestras Bibliotecas Públicas, debemos dinamizarlas, transformarlas cada día, convertirlas en los sitios de encuentro y celebración del poder de la imaginación y de la inteligencia creativa.

Yo tengo la certeza de que fueron estos libros producidos por personas muy ociosas los que ahogaron nuestras viejas bibliotecas. Ahora mismo generan babelias gigantescas, de las que no sabemos cómo habremos de escapar.

Por Hernando López Yepes

Son muchas las personas que consideran fácil la escritura; desconocen lo que implica “escribir algo”; y es por eso, quizá, por lo que abundan hoy los libros producidos por personas ignorantes que pretenden convertirse en escritores, alcanzar notoriedad, construirse un prestigio o escalar un peldaño en la carrera burocrática; obtener canonjías; cumplir las exigencias de un pre-grado, de una especialización, de alguna maestría, tal vez, de un doctorado. Quizá sea por esto que, actualmente, “improvisados narradores y poetas” producen para el mundo esas monedas falsas que circulan cual maná para el consumo de los desaprensivos; de aquellos que no saben distinguir entre una página escolar y una propuesta que ha nacido del esfuerzo y de la preparación.

Habría que pedirle a quien escribe en nuestro tiempo: poetas, narradores, ensayistas y cronistas, que practiquen la mesura y la autocrítica. Octavio Paz nos dejó escrito su deseo de quedar en la memoria del lector con unos pocos versos: siete u ocho poemas a lo sumo. 

Y a pesar de su frase nacen, crecen y frutecen, vanamente, entre nosotros, los autores millonarios en poemas. Son los que consideran que escribir poesía es un acto espontáneo. No han cumplido treinta años y han logrado, sin embargo, la impresión de veinte o treinta de sus obras, muchas de ellas sin valor.

Yo tengo la certeza de que fueron estos libros producidos por personas muy ociosas los que ahogaron nuestras viejas bibliotecas. Ahora mismo generan babelias gigantescas, de las que no sabemos cómo habremos de escapar.

Causa dolor ver cómo llenan los estantes de nuestras Bibliotecas estos libros que carecen de un mensaje; que no poseen valor. Nunca serán leídas. ¡Nada tienen que decir!

Me viene a la memoria aquel poema de Bukowski, “Incendio de un sueño”. Un poema inspirado en la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles, destruida por las llamas.

Habría que llamar, ahora mismo, al cura y al barbero del Quijote para que nos ayuden; no a quemar y a destruir “los muchos libros”, sino a hacer claridad: a rescatar los textos verdaderos que se asfixian entre tanta nadería. Para fortuna nuestra hay libros que renacen cada día en los lectores. Son semillas, son libros que no mueren, pues se siembran en las almas de las gentes que los leen

Me viene a la memoria aquel poema de Bukowski, “Incendio de un sueño”. Un poema inspirado en la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles, destruida por las llamas.

En esa Biblioteca vivió aquel poeta su primera juventud. Lector infatigable e insaciable, sintió nacer en ella sus dotes de escritor. Innumerables veces relató de qué manera asimiló las técnicas de otros. Gracias a sus lecturas desarrolló una técnica para su poesía; así pudo crear una  poética que no será igualada por ningún otro autor:

“La vieja biblioteca de Los Ángeles
evitó, probablemente,
que yo me convirtiera en un
suicida,
o en un ladrón
de bancos”

La historia nos entrega numerosos ejemplos de autores y lectores que a pesar de ser ciegos, han amado los libros: Jorge Luis Borges, entre ellos.

Borges estaba ciego cuando se le nombró Director de la Biblioteca Nacional Argentina.

Paul Groussac, otro ciego ilustre, fue también Director de aquella Biblioteca. Allí lo visitó la muerte, cuando estaba sentado frente a su escritorio.

Y antes, fue José Mármol, ese otro ciego ilustre, el director. Y ciego fue, también, su fundador, el sacerdote José Luis de Chorroarin.

¿Habría mayor condena para ellos que habitar en una cárcel cuyos muros se encontraban tapizados por lo que ellos más amaban? ¡Y sin poder, siquiera, ver las letras de esas páginas!

Son muchos los ejemplos que podríamos tomar: Aldous Huxley perdió su biblioteca, atesorada a lo largo de su vida, en un voraz incendio.

Octavio Paz perdió, también, su Biblioteca, ya cuando terminaba su existencia. Para un gran pensador, para un poeta, perder su Biblioteca en forma tan violenta, es el equivalente de la muerte.

Estos sucesos son tan solo algunas de las pruebas que afrontaron estos hombres por su amor a la palabra y a los libros.

Muy pronto comprendí que la instrucción que me brindaron en la escuela y el colegio guardaba gran distancia con la vida intelectual. Para fortuna mía hallé en los libros lo que habría de salvarme: una mirada ajena a la visión corriente que el común de las personas posee sobre la vida. Gracias a estos apoyos comprendí que la palabra puede y debe ser escrita con valor, inteligencia, claridad y sentimiento.

Muchas gentes se empeñan en buscar entre los libros solamente información. Quizá sea por esto que muy pronto se convierten en guardianes de unos saberes muertos. Memorizan los textos escolares y, más tarde, se facultan en la universidad; solo sobre un aspecto fragmentario de la vida. Hacen una carrera. La palabra carrera se deriva de carril; es la hermana gemela de cualquiera carrilera. Alcanzan un lugar seguro y próspero en la vida deslizándose en los rieles de esa hermosa carrilera que conduce, fatalmente, hacia un único lugar. Caminan día tras día por senderos conocidos, con la visión de túnel de quienes no desean extrañarse de lo viejo y conocido, transitar por lo diverso. Es por ello que “pierden la   visión de la luna: por buscar en el suelo la moneda desgastada que otro dejó caer”. Lo que causa dolor es que estas gentes “adaptadas· a unas vidas programadas siempre “triunfan”, si atendemos al concepto que se tiene sobre el éxito y el triunfo, en nuestra sociedad.

Está entre las tareas de los Bibliotecarios llevar a los poetas a las salas de lectura, tratar de que el usuario conozca su poesía; discutirla en voz alta y generar eventos en los cuales se conozca a los nuevos autores; promover, igualmente, los talleres y concursos de escritura para todos los lectores;  vincular a los miembros de las comunidades con el sentir poético, la música y  las artes. Organizar eventos en los que se discuta la situación presente y el futuro del país.

Las Bibliotecas vivas son aquellas que generan los debates que nuestras academias no gestionan ni permiten. Bien sabemos nosotros que no es posible hoy reunir a los poetas en un único encuentro, en la celebración que todos ellos consideran merecer. Habrá que levantar nuevos estrados y celebrar encuentros en los que estén presentes los poetas ignorados.

Cualquiera Biblioteca es como un faro que se apaga cuando niega a sus lectores el acceso a los libros; cuando se le reduce el personal y se recortan sus servicios pretextando reducción del presupuesto. También, por cualesquiera otras razones, todas ellas absurdas y mezquinas, desatentas, criminales.

Muchos de nuestros jóvenes no leen; ignoran la lectura o la limitan; la reducen a la nada. Son hijos de personas que aprendieron la lectura y la escritura y no ejercieron su derecho a la lectura. Estos padres practican y predican, con su ejemplo, la más terrible forma   del analfabetismo.

Yo tengo la certeza de que fueron estos libros producidos por personas muy ociosas los que ahogaron nuestras viejas bibliotecas. Ahora mismo generan babelias gigantescas, de las que no sabemos cómo habremos de escapar.

Escribir sin medida

En cuanto se refiere a la escritura de los libros hay “autores” que “los hacen” sin medida ni control. Carecen de mesura, “les parece que se escribe como se habla”. Son ellos los ministros, senadores, diputados y notarios “retirados de sus cargos”. Sucede que estas gentes que no pueden renunciar a “su importancia” se convierten con los años en autores que saturan y atiborran con sus textos “farragosos, descuidados e incongruentes” los estantes de nuestras Bibliotecas.

De no ponerle freno a esta epidemia alcanzaremos pronto a muchas Bibliotecas Europeas que habrían sido destruidas de no ser por el auxilio que les dieron los soportes tecnológicos.

“Un decreto del año 1537, que sigue aún en vigor, exige que la Biblioteca Nacional de Francia guarde un ejemplar de todas las obras publicadas en Francia. Actualmente, alberga en total más de 13 millones de libros y 350.000 volúmenes encuadernados de manuscritos, además de colecciones de mapas, monedas, documentos, estampas y registros sonoros.”

Las Bibliotecas Públicas deben ser en el mañana (muchas de ellas lo son ahora mismo) los espacios que se ofrecen a todos los autores para exponer sus obras, para hablar de sus proyectos, para crear la crítica que no se les concede en las revistas culturales y en el pensum académico; también para ser vistos y escuchados por los jóvenes que habrán de sucederlos.

Las nuevas Bibliotecas deben ser semilleros para la creación. Pereira cuenta hoy con una nueva Biblioteca: la Biblioteca Departamental del Patrimonio Bibliográfico y Documental Local. Yo espero firmemente que no habrá de convertirse en la maceta que albergue flores muertas. Confío en que estarán en esta sala solamente las mejores producciones de los hombres y mujeres que conocen la exigencia de crear con la palabra: creadores de ficciones, novelistas, periodistas, críticos y cronistas, amén de pensadores.

Quizá pueda enseñarse en esta sala un ejercicio: “La aceptación del otro”; quizá nos sea posible comprender el gran valor que tiene el acto de admirar y… permitírnoslo. No sería improbable que un día, no lejano, puedan todos los poetas abrazarse como hermanos, compañeros de viaje en la aventura de escribir.

Ningún poeta quiere ser desconocido, despreciado o mal mirado. Duele saber que el gran filósofo Don Fernando González le estuvo mendigando a Iván de Bedout la impresión de una de sus obras: El libro de los viajes o de las presencias.  El mundo filisteo busca solo el beneficio material:

“En el universo del utilitarismo, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que una pintura artística.”, escribió Nuccio Ordine.

“El elemento filisteo de la vida no consiste en no entender lo que es el Arte. Hay gente encantadora: pescadores, pastores, labriegos, campesinos; personas así que no saben nada del Arte y son la mismísima sal de la tierra. El Filisteo es el que sostiene y secunda las fuerzas mecánicas, pesadas, lerdas y ciegas de la sociedad, y que no reconoce una fuerza dinámica cuando la ve en un hombre o en un movimiento”, manifiesta Oscar Wilde.

Si estamos decididos a luchar por la permanencia de nuestras Bibliotecas Públicas, debemos dinamizarlas, transformarlas cada día, convertirlas en los sitios de encuentro y celebración del poder de la imaginación y de la inteligencia creativa. Es nuestra obligación rescatar a los artistas, estudiosos, escritores, artesanos; igualmente, a muchas gentes, amantes de las artes, del olvido en que viven. Es de conocimiento general que no hay poeta vivo que sea hoy reconocido por el mérito que tiene su poesía; lo es por otras razones, todas ellas, ajenas a su genio. Todo poeta muere por calumnia, por desprecio o por olvido; lo persigue el equívoco y morirá ignorado por sus contemporáneos; a menos que haya escrito su poesía desde la altura de un cargo burocrático y, también, porque posee el beneficio de un mecenas: eso que entre nosotros se llama “padrinazgo”. Sucede que, en el arte, solamente se bautizan y coronan con laureles los que tienen padrinos poderosos. Jorge Luis Borges escribió sobre este asunto: “Lo contemporáneo siempre es secreto”.

Esta sala es, desde hoy, un escenario, quizá el mejor lugar de encuentro en donde puedan los poetas abrazarse y crear unos nexos que hasta ayer no existían. Foto Comfamiliar Risaralda

Ningún autor será desatendido en Risaralda, desde ahora; nadie que escriba hoy será desconocido, gracias a los esfuerzos de la Gobernación de Risaralda y de Comfamiliar Risaralda, quienes se han comprometido en sostener con los recursos económicos, unidos al esfuerzo requerido, esta nueva Biblioteca, este tesoro que reúne el patrimonio bibliográfico local. Esta sala es, desde hoy, un escenario, quizá el mejor lugar de encuentro en donde puedan los poetas abrazarse y crear unos nexos que hasta ayer no existían.  No habrá que rescatar a los autores de sus tumbas, a partir de este día; no será necesario inventar sus biografías. No habrá que fabricarles las historias de sus vidas con anécdotas apócrifas; no estaremos obligados a arrojar sobre sus tumbas cualidades y defectos que ellos nunca poseyeron. Desde esta Biblioteca crearemos el tejido necesario para unir a los poetas; para que se conozcan y se abracen y se lean y se amen. Para ello contaremos con las ricas experiencias que ahora tienen las Bibliotecas Comfamiliar Risaralda, gracias a su Director de Bibliotecas y, también, a su Asesor Cultural. Hoy recibe Risaralda este regalo, gracias al compromiso de la presente Administración Departamental y de Comfamiliar Risaralda, con el mejoramiento cultural de nuestra población.