Inmersión

Su mirada crítica no se pierde en esta adaptación, se reafirma, un autor que sigue dispuesto a transformarse, experimentar.

 

Por: Débora Hernández

 Director: Wim Wenders

Guion: Erin Dignam

Fotografía: Benoît Debie

Montaje: Toni Froschhammer

Música: Fernando Velázquez

Lejos de películas ‘importantes’ en la historia del cine como El cielo sobre Berlín (1987), o tan singularmente bellas como Hasta el fin del mundo (1991), Wim Wenders nos regala Inmersión, algo diferente a su reconocido trabajo y tal vez polémica por esto.

Sin entrar en radicalismos de si es merecedora de tener el nombre de Wenders o no, lo cierto es que, darse a la tarea de dirigir a dos actores que en los últimos años de sus carreras se han destacado por puestas en escena preciosas y valiosas de un cine que es accesible, tanto para las “masas” como para los animados del “cine de culto”, es algo no menos importante y destacable.

Así, Alicia Vikander (La luz entre los océanos, 2016. La chica danesa, 2015) y James McAvoy (Expiación, 2007. Fragmentado, 2016) se encuentran en un encantador hotel en algún lugar de Francia y se dan uno al otro. Sin entrar en detalles sobre los sucesos que se nos presentan durante casi dos horas de imágenes, el deber que cada quien siente por el mundo, la pasión, los pedazos de desesperanza y esperanza, el amor, el deseo y un final quizá abierto, quisiera señalar que este film no fue escrito por Wenders (como otras de sus cintas), es una adaptación de una novela de J.M. Ledgard, donde la fotografía es realizada por Benoît Debie, quien ha trabajado junto con Gaspar Noé en el mismo campo. Señalo esto porque sí, cuando uno tiene a un director en alta estima se puede llegar a sentir atacado cuando su estilo toma otro rumbo, cuando se lanza a hacer de otro modo. Siempre está la posibilidad de experimentar la sensación de que sobran o faltan partes, el director no es el único con poder.

Ese vacío en el estómago y esa extraña alegría que trae cuando te encuentras con algo. Fotografía / Archivo particular / IEVENN

Ciertos elementos recurrentes en otras de sus producciones se encuentran también aquí; cuestionamientos que pasamos de largo sobre el estado del mundo, sobre la desigualdad, con personajes de quehaceres particulares, tan humanos, fuertes, sensibles, cada uno con un arraigado sentido de deber, con un propósito, personajes que quieren cambiar el rumbo de las cosas. Su mirada crítica no se pierde en esta adaptación, se reafirma, un autor que sigue dispuesto a transformarse, experimentar.

Independiente de la manera en que la relación entre los protagonistas se desarrolla frente a la cámara, la belleza de este film yace en la forma en la que estos se anhelan, desde el recuerdo, sostenidos por la fe en el otro, por el acto de fe que es darse a amar, la fuerza necesaria del recuerdo para mantenerse con vida. Más o menos así se la describí a un amigo cuando le comenté que debía verla, teniendo el presentimiento que apreciaba a Vikander, además.

Por sorpresa, un día en Medellín, descubrí que estaba en cartelera un film de Wim Wenders, la emoción me pudo y sin dudarlo fui a verla con mi madre. Los que me conocen saben que por mí viviría en un cine. En fin, salimos con tantos sentimientos encontrados y el deseo de compartirla, atravesadas. Me calaron su ritmo, sus imágenes, sentirla tan cercana. Ese vacío en el estómago y esa extraña alegría que trae cuando te encuentras con algo. Sin ser excesivamente simple o agotadoramente compleja, una obra de sensaciones que se juntan en el pecho.

Acá, una entrevista con el director: