-Esta hierba roja -dijo- es siniestra.

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Por: Kevin Marín

Un hombre no es el hombre si no está dotado de sus experiencias, deseos, humillaciones; en fin, de todo el pasado que lo configura. Lo sabía bien el sujeto que, provisto de una universalidad de conocimientos, escribió La hierba roja. Boris Vian nació en Ville d’Avray en 1920 y murió siendo aún muy joven, pero dejando en las páginas de sus biografías una insuperable capacidad de acción que pocas veces podrá ser superada por hombres de nuestra actualidad preocupados por la especialización ardua de sus conocimientos. Su vida era la imagen viva de la bohemia francesa, de aquellos annes folles que vivía la capital. Su etapa como compositor de jazz, el azar que lo hizo nacer en los años veinte, la muerte prematura: los requisitos indispensables para hacerse pasar como un verdadero ícono de una juventud que comenzaba a descubrir la riqueza literaria que extranjeros y nacionales estaban construyendo en el país a pasos agigantados.

Este hombre, Vian, se descubre en su novela más autobiográfica como otro más de la tradición –desconozco si él lo reconocía así, sus críticos, por otra parte, lo proclamaban– y los elementos que se van descifrando parecen asegurar esta frase que a tantos escritores puede resultar cara. Wolf, el personaje principal era, como su creador, un ingeniero y su mascota, el senador Dupont parece fácilmente asimilable (desconocemos si en realidad le hablaba) desde que se reconoce que el perro es el mejor amigo del hombre. La verdad es que el argumento de esta novela no es diferente de aquellas que renacieron en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. La novela del existencialismo o del absurdo, mejor encarnada por Albert Camus con su ópera prima El extranjero puede gratamente asimilarse con la trama y el desenlace de la novelita de Boris Vian: Wolf, como Meursault, desilusionado de las aparentes causalidades de la vida, de las ideas que desde la infancia más temprana la familia y la escuela inculcan en los hombres y el posterior descubrimiento de la terrible condición humana –a través de la lucidez del hombre extraño– que lleva a finales trágicos, pero reales que no son sacados de un cuento de hadas. La metáfora del extranjero, inconsecuente con los acontecimientos de la realidad, es también muy visible en la construcción de la máquina del tiempo que el ingeniero y un amigo suyo conciben para regresar al pasado. La gracia (y la novedad) no está en la búsqueda de un antecedente glorioso y vanagloriado, sino en que el autor viaja hacia el pasado para destruirlo –por un mecanismo que no es nombrado, que es desconocido– en el instante mismo del recuerdo.

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La compañera de Wolf, Lil, es identificable con la desgraciada María de 1942 que no logra recibir los amores justos que una mujer merece de un hombre que le ha prometido la vida.  En La hierba roja los personajes que aparecen alrededor de estos sujetos parecen ser la reproducción de los “otros” que son exactamente iguales al “yo”.  Me parece que Vian intenta recrear en las lastimeras figuras de Luzuli y Folavril la misma ilusoria vida que buscan los hombres a través del paso de las instituciones (la escuela, la iglesia, la casa familiar) y de las acciones que posiblemente marcan la vida para siempre (la sexualidad, la pubertad, el matrimonio, “inquietudes metafísicas”) y que terminan exactamente igual: corriendo la misma suerte del protagonista.

Sin embargo, es importante no caer en facilismos. Para un existencialista la muerte de alguien en unas condiciones fatales puede ser comparada con la de otro que murió de condiciones naturales sin distinción de clase. En la literatura, todo es distinto. El simbolismo que puede crear el autor –y, sobre todo, cuando se trata de obras cuyos hechos no fueron puestos al azar– da pie a una serie de interpretaciones que los lectores construirán.

No pretendo, en todo caso, decir que la obra de Vian es una copia del libro de Camus, pues como el gran polifacético escritor declaró “las cosas no habían cambiado”. Esta sencilla frase puede ser muy buena para recordarles a los críticos que ensalzan la creatividad, que los hombres, por serlo, son muy parecidos y más aún cuando la época de depresión durante la guerra y el recuerdo del país destruido bajo su influjo es testigo directo de los hechos de otros hombres.

Así, con total libertad, Wolf también puede ser un guiño del Lobo estepario del alemán Hesse. No en vano y como ya dijimos, son los críticos literarios quienes llaman a esta novela la más autobiográfica. En realidad, la tradición de novelas autobiográficas y de personas que se dedican a la escritura ha sido muy parecida: la imagen trágica del individuo perdido en una multitud, de incomprensión total interior y exterior, de la inevitable mortalidad de nuestros deseos.

La hierba roja –imagen no muy digerible– constituye, pues, uno de esos trágicos libros.