En Latinoamérica, los perros guardianes del orden, es decir, los dictadores, como el Bordaberry, hicieron el trabajo sucio, mientras las empresas y multinacionales iban ganando el terreno…

 

Por: John Harold Giraldo Herrera*

Las dictaduras en Latinoamérica han dejado todo tipo de lesiones a los derechos universales. El cine medio las ha reflejado; aunque hay mucha tela para cortar y un sinfín de historias por visibilizarse. Uruguay padeció por más de una década una junta cívico militar, en la que justificando lo que casi todas suelen hacer –recuperar el orden, resarcir derechos, proteger a la ciudadanía– se hizo todo lo contrario.

O se estableció un régimen del miedo, pues toda dictadura lo que impone es su propia incapacidad de gobierno y por tanto sus métodos son tan severos que lo que dejan es chorros de sangre, familias cercenadas, instituciones deshilachadas, muertes y una estela de silencio.

La historia de tres hombres, que la junta decidió borrar, hacer una obliteración histórica, pasarlos al banquillo del olvido, fue una salida en falso. La inhumanidad de más de doce años de encerramiento no impidió doblegar su carácter, tanto como para que uno de ellos pudiera llegar a ser uno de los presidentes más emblemáticos del mundo: Pepe Mujica.

Esa es parte de una tragedia que el mundo no conoce, ni de la que Pepe estuviera interesado en recordar, existen documentos y libros, pero no una película donde pudiéramos reconocer las cicatrices de esa dictadura en el cuerpo de una nación, nos faltaba.

El cineasta Álvaro Brechner, en La noche de los 12 años, nos ofrece un traslado hacia el pasado, donde los tres –Huidobro, Mujica y Rosencof–, integrantes del grupo insurgente Los Tupamaros, tuvieron que rasgar las piedras, como aquella canción de Sui generis, o la de ser unos dinosaurios extintos por la fuerza de la violencia estatal.

El cuento de Monterroso cabría apenas para su ejemplo: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Fueron doce años en los que vivieron en la oscuridad, sin ver en casi todo ese tiempo a sus familiares, sin leer ni hacer los gestos mínimos de un ser humano.

Eso fue lo que quisieron plasmar los golpistas militares con sus aliados: una cruenta cadena de horrores en su vitalidad y en su mente. Al punto de tenerlos con el plan de volverlos desquiciados. Cuando pudieron salir de esa inhumanidad y despertaron, el mundo ya no era igual, pero todavía estaban en Uruguay.

Su crimen: estar luchando contra las cadenas de opresión que implantaba la tiranía. Por supuesto, la historia tendría que darles un lugar, porque el crimen se extendió por todo el mundo, con muchos matices.

En Latinoamérica, los perros guardianes del orden, es decir, los dictadores, como el Bordaberry, hicieron el trabajo sucio, mientras las empresas y multinacionales iban ganando el terreno: dominio en territorios, una tensa sumisión de la población, cooptado todo el aparato estatal: no eran permitidos ni los sindicatos, ni las votaciones, ni ejercer oposición, de modo que la democracia duró secuestrada toda esa larga noche de doce años.

Sino fuera por la fuerza de la gente clamando la democracia y la excarcelación de los presos, todavía esa noche se habría perpetuado. La película nos adentra en las mazmorras, en los modos como fueron presos esos líderes de Los Tupamaros y cómo pretendieron que fueran cediendo sus fuerzas.

Verlos sumidos en la desnudez del maltrato, en el escarnio de su moral política, y comprenderlos casi liquidados, como en realidad lo hicieron con cientos que fusilaron, es como asumir la tenaza vil de esos modos de guillotinar el derecho a la desobediencia.

Las dictaduras fueron periodos insípidos, amargos, en los que las sociedades eran condenadas por asomarse al futuro. Lo que no sabían esos perros guardianes, era sobre la capacidad insondable, incólume, impostergable e inquebrantable de los resistentes.

Vuelven tiempos sombríos, pero esa larga noche no durará. El cine las ha mostrado de muchas maneras. En Colombia, El Bogotazo fue puesto de una manera romántica en un encierro: Confesión a Laura. En Chile hay muchas, pero las de Larraín asumen la manera como esos fatídicos hechos les dañaron su vida, pero siguieron luchando. En Argentina se mostró la crueldad en La noche de los lápices, para ver los modos de aguante de tres hombres, aunque uno siguió su camino, fortaleciendo su capacidad de soñar, eso, nos deslumbra.

Mientras haya capacidad de resistencia, la opresión, cualquiera sea su andamiaje, no se sostendrá. La dureza de la vida se pone en evidencia en esta película, parece un pestañeo, sobre todo porque Mujica, a su edad, conserva una calma, una fuerza y una sabiduría admirables, como si no hubiera vivido ningún tipo de vejamen, como si la venganza no tuviera cabida en su ideario.

Es una película que puede dejarnos a oscuras y recordamos el verso: “Cuando más oscura se pone la noche es porque más rápido va a amanecer”, solo que esta noche duró doce años.

* john.giraldo.herrera@gmail.com. Docente Universidad Tecnológica de Pereira

 

Ficha técnica

Año, país, duración 2018, Uruguay, 122 minutos
Director y guion Álvaro Brechner
Fotografía Carlos Catalán
Música Federico Jusid
Actores Antonio de La Torre, Alfonso Tort, Chino Darín, César TroncosoSoledad Villamil,Sílvia Pérez CruzMirella PascualNidia Telles
Productora Coproducción Uruguay-Argentina-España-Francia; Alcaravan / Haddock Films / Hernández y Fernández P.C / Manny Films / Movistar+ / Salado Films / Tornasol Films / ZDF/Arte
Género Drama | Basado en hechos realesDrama carcelarioAños 70Dictadura uruguaya