por: Julietnys Rodríguez

por: Julietnys Rodríguez

 

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

En un bellísimo poema atribuido a Alberto Caeiro, Fernando Pessoa, con el brillo y el resplandor de sus versos, nos dice cuál debería ser la misión del poeta: «Siento que nazco a cada instante/ Para la completa novedad del mundo». Por otro lado, el escritor francés Antoine de Saint–Exupéry, nos dice que «sólo se ve bien con el corazón» y que  «lo esencial es invisible a los ojos». Dos apreciaciones que –más allá del quehacer literario y el hecho poético– nos sugieren la profundidad, la voz, el esplendor que se oculta tras las cosas.

Para los clásicos, por ejemplo, fue a través de la contemplación de la naturaleza donde se encontró la fuente más rica para brindarle luz a sus creaciones. Goethe, fiel a sus maestros, nos lo dice de esta manera: «Sólo la Naturaleza tiene una riqueza sin fin, y sólo ella forma al gran artista”. El poeta (recuerdo aquí a Virgilio), entonces, es quien no solo ve, sino quien, además, se detiene a observar –ante la aparente inutilidad de una rosa– aquello que lo hace diferente de los demás seres. Y, tras la sensibilidad recibida, tras ese detenerse, el crecimiento que recibe como ser humano.

El poeta enaltece, gracias a su minuciosa visión de mundo y a su consagrada comunión con las cosas, aquella rama que se encuentra al borde de nuestros abismos, y de la que, como niños que huyen de la oscuridad, nos sujetamos con nobleza y sencillez. Esa rama, ese delicado brazo que nos brinda consuelo, luz, y de la que nos aferramos en el vértigo de nuestros precipicios, es la diosa olvidada, la Poesía. Y tal vez la poesía no nos salve, tal vez ella solo sea el manto, el abrigo, nuestro sudario; pero yo, más que nada, sí quiero creer en su ineludible misterio: brindarle luz a todas las cosas, la palabra. Bien hace el poeta pereirano Alan González al decirnos que el poeta cuelga del verso.

Y como una epifanía, el poeta granadino Antonio Praena Segura, convencido, sensible, humano y, sobre todo, con el misticismo que caracteriza su obra y que minuciosamente deja cristalizado en la hondura de sus versos, nos expone una profunda y ojalá no ajena reflexión acerca de la relación del poeta con la naturaleza. No obstante, también nos invita a fijarnos en lo evidente, en lo cotidiano e intrascendente como elemento detonador de la belleza que reside en quien canta a tan vanos objetos cotidianos.  Aquí un breve fragmento de su poema «Grúas»:

Me conmueven las grúas en invierno.

Parecen estar vivas y cumplir

su vértigo llenándose de grajos

que bordan en su acero un pentagrama.