“Nosotros, por el contrario, aún confiamos

En el Hombre, en su salvación,

Dándole lo mejor –así sea poco- que tenemos:

La posibilidad renovadora de la poesía.”

Carlos Héctor Trejos, Manifiesto[1]

  Por: Albeiro Montoya Guiral


Antes de ser escrita por primera vez ya la poesía iluminaba nuestros rostros. Invención humana para curar la frialdad que dejaba la ausencia de los dioses y para ahuyentar las fieras. Diálogo primitivo y estelar con la incertidumbre de existir sin una procedencia conocida. En la caverna, hombres y mujeres alrededor de las poéticas llamas asaban el amor. En los cultivos, los niños, poetas primigenios, jugaban a ser como los pájaros.

Con el paso del tiempo y teniendo a mano el milagro de la escritura, fueron narradas las glorias de los pueblos, la valentía de los hombres y la belleza de algunas mujeres que provocaban confrontaciones entre imperios. Cuando el poeta sube al lado del político y el sabio, la gente empieza a encontrar respuestas acerca de cómo subir al cielo, y es entonces que nace la filosofía y se propone que para el buen funcionamiento de la república la belleza debe ir al exilio. Esa es la instauración de la indigencia.

El mundo se quedó a oscuras. No habrá noticias de la poesía por muchísimo tiempo hasta cuando un hombre en un día de los primeros años del Siglo XVII despierta con la idea de escribir un poema sobre la locura. En un personaje de brazo potente –quizás para vengar su manquedad- pone todo su resentimiento contra la mezquindad de una época creyente en dragones y caballeros. Muere en la pobreza total sin saber que su nombre va a suscitar por siglos la admiración y el merecido elogio de los estudiosos y amantes tanto como para pensar que el ser humano después de todo no es tan miserable.

Los años van a traer al mundo guerras, pestes, incendios y de igual manera descubrimientos trascendentales. Acabarán las monarquías y se fundarán dictaduras que irán hasta nuestro tiempo. A los poetas los fusilarán, los mandarán a las cárceles, les pondrán mordazas, se refugiarán en el suicidio, morirán misteriosamente en las madrugadas de septiembre. Sin embargo, la poesía sobrevivirá.

Un oficio solitario

¿Qué hace a la poesía importante para el ser humano? Creemos, con Richard Rorty, que el poeta es el portavoz de la humanidad y el explotador constante de la cantera milagrosa del lenguaje:

Una percepción de la historia humana como la historia de metáforas sucesivas nos permitiría concebir al poeta, en el sentido genérico de hacedor de nuevas palabras, como el formador de nuevos lenguajes, como la vanguardia de la especie.[2]

Sin embargo, el hecho poético, en primera instancia, es un acto egoísta. Por ser el producto de un oficio solitario busca ante todo limpiar el inconsciente del autor, platicar con la historia desde una perspectiva personal donde influye la genética cultural, la familia y el entorno; preguntar por las causas de ciertos fenómenos humanos como la muerte, el amor, entre otros, tomados desde la propia experiencia y enfrentarlos a la hora de su llegada con conjur os de rechazo o bienvenida u olvidarlos –o aparentar olvidarlos- para el propio bien psíquico, cuando pasan. Este oficio de la soledad tendría un fin terapéutico, compartido con un género titán como la novela o uno perspicaz como el cuento, más allá de las implicaciones que estos tengan con la crítica académica o de los aportes a la técnica.

El arte poético sería, en primer lugar, un arte terapéutico por excelencia. Además de esto, su practicante, antes de poner en cuestión su obra ante un público, está asumiendo consciente o inconscientemente que para sí mismo ésta tiene ya una motivación o un valor visceral, quiérase o no, puesto que no hay ninguna escritura para nadie si de entrada el mismo escritor es ya su primer lector. Por consiguiente, la lectura de poesía sería, como la de toda manifestación artística, una reescritura. Y aquí está el punto de partida del egoísmo hacia la colectividad: cuando leemos colaboramos al autor para que termine de escribir y en la medida que hallemos en sus textos una clave para entendernos a nosotros mismos, estaremos entendiendo el universo personal de otros que simpatizarían de igual modo con el nuestro. El poeta, al escribir, como individuo, exterioriza su percepción de mundo y, por lo mismo, exterioriza la percepción de mundo de quienes al leerlo se sienten identificados con sus versos. La obra perdería de este modo toda autoría, y la palabra estaría por encima de sí misma y de toda vanidad, llevando al creador a la calidad de simple intermediario entre el ser humano y la revaloración de su dignidad.

En Colombia hace falta plantearse el hecho poético como una necesidad humana que traspase las estructuras estéticas. Para que la poesía pueda entenderse como una herramienta del lenguaje indiscutiblemente volcada a desenmarañar los secretos de nuestra existencia, más que a saturar los archivos de la memoria con inúmeras biografías interesantes, nos hace falta, según el espectáculo actual donde el arte se volvió glamour, no tanto esperar a que sigan pasando siglos y nazcan genios dignificantes, sino volver, con los ojos vendados, a la época de las cavernas.


[1] Manos Ineptas. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 1995. P. 61

[2] Rorty, Richard. Contingencia, ironía y solidaridad. Barcelona: Paidós, 1991, p. 40