¿Fue Eyes Wide Shut el testamento más fiel de un desencanto de la humanidad? ¿O un mero retrato de la América aristocrática y esquizofrénica, de matrimonios infelices, divorcios express y sexo a la carta? Si es así esta sería su película mejor lograda

Por: Diego Firmiano

 

“a primeros de marzo encendí la televisión para comprobar

Si el Newcastle había ganado al Everton en la copa. Había ganado.

Sobreimpreso en las imágenes de la victoria del Newcastle

Pasaron el anuncio de la muerte de Stanley Kubrick.

Los seres inmortales también mueren”

Frederic Raphael

 

Eyes Wide Shut, la película que el legendario Stanley Kubrick (a quien nombraban “la deidad de la empresa) realizó a poco tiempo de morir, es un trabajo fílmico curioso, además de poseer un título poco poético. El director pasó casi un cuarto de siglo ideándola y buscando la representación en las pantallas, y esto, después de leer Traumnovelle, la novela del vienes Arthur Schnitzler que llegó traducida al castellano como “Relato Soñado” y publicada por la editorial Acantilado.

Y aunque este film, pertenece a un director que posee un vasto portafolio de películas de culto, uno se siente tentado a indagar sobre la posible huella que el autor hubiese dejado en ella. Para desconcierto, no existe ninguna. Ahí está su curiosidad, o mejor, lo que lleva a intuir, que como Gustav Flaubert reveló: “Madame Bovary soy yo”, en este caso Stanley Kubrick hiciese esta película como una alusión a una etapa sombría de su vida, a un pequeño “secreto sucio” que pretendió expiar, al llevarlo a la pantalla grande sin éxito, al menos entre los críticos y un segmento de los seguidores de su personalidad y obra.

Edición alemana Die Traumnovelle del vienés Arthur Schnitzler.

Esta, aclaro, es una mera intuición, ya que los conocedores de sus trabajos previos estábamos acostumbrados a encontrar esas pistas y juegos dentro de sus películas que llevaban a exclamar con emoción: “¡aja! Ahí estás”.  Sabemos que el autor estuvo un par de décadas en el anonimato como productor. Algunos alegan disparates como una etapa misógina, otros, la muerte de su inspiración como creador, lo que le agrega más suposiciones sobre este último y extraño trabajo del reconocido director.

Por eso esta obra final es tentadora y sugerente sobre si acaso sus huellas no están de forma particular, sino general en toda la trama presentada. Off te record, durante los scripts de Eye Wide Shut, Kubrick insistía en evitar escenas que llevaran su huella como director. Pero esto, en cierta forma, es una ironía, además de una sospecha, que produce incógnitas que invitan a buscar más.

Ya en Paths of glory (1935), 2001 Space Odyssey (1968), A Clockwork Orange (1971) y The Shining (1980), Full Metal Jacket (1987) (por citar algunas de sus obras maestras), era evidente el uso de un lenguaje figurativo, metáforas, imágenes sobrepuestas, mensajes subliminales, diálogos irónicos, escenas tautológicas para dejar claro su posición frente a la guerra, la religión, la política, el capitalismo, la violencia, la eugenesia y otros asuntos de la hipócrita américa y Europa.  Sin embargo, en Eyes Wide Shut, los observadores quedan en blanco, colgados solo de esa linealidad aristotélica de inicio, trama y desenlace, propia de la narrativa del cine underground, y las producciones monótonas secuenciales.

No hay imágenes sobrepuestas que digan algo al subconsciente del cine-vidente; las tomas son pasivas; desaparece la ausencia de objetos; las metáforas, paralelismos y símbolos brillan por su ausencia; los diálogos son realistas, y en ocasiones se tornan cínicos, freudianos y hasta se usa palabras pertenecientes a las logias masónicas europeas.

Bill Harford, interpretado por Tom Cruise, en una de las escenas emblemáticas de la película.

En los planos que Stanley Kubrick presenta, sería un verdadero desatino relacionar los cuadros de Klimt, Van Gogh, Gauguin y otros con el sexo. No, esta ambientación obedece más a las exigencias de la novela sibarita de A. Schnitzler que a una representación erótica como tal. Es más, las escenas donde Kubrick presenta figuras de cuernos, caballos, unicornios que fácilmente se pueden relacionar con lujuria, desenfreno y vanidad, son meros accesorios periféricos ya que en realidad son superfluos en el encuadre. Su conjunto de colores, la luz y la sombra, simplemente hacen juego con la época navideña en que se desarrolla la trama.

Es obvio que esta película es la racionalización de un sueño que termina en pesadilla. Sin embargo, el final no es convincente, y casi a decir de Umberto Eco, es Kirts, es decir, da para varias interpretaciones, porque Alice Harford (Nicole Kidman) le propone a Bill Harford (Tom Cruise) que “Joder” (to fuck) es la solución al problema psico-sexual y a la desesperación que aqueja a su esposo. Imaginación y problemas en los que se vio envuelto Bill, a propósito de una fantasía y un sueño que le narró Alice en pleno trance psicotrópico.

Ya Frederic Raphael, amigo de Kubrick y colaborador del guion de ésta, su última película, le había sugerido al director que rompieran toda concatenación de acontecimientos en la cinta, por ejemplo, realizando un nexo entre la escena inicial de la fiesta, con la orgia tipo rito de iniciación y sus consecuencias finales. Sin embargo, Kubrick se empecinó que esta realización no debía ser más que un sueño, como lo exponía originalmente el libro de donde se inspiró para la producción.  Sus palabras textuales para con Frederic y su negativa fue: “cíñete al ritmo de Arthur”. Punto.

La estrella epónima de la película, Kirk Douglas, se había asociado con Kubrick unos años antes, en 1957, en una de las películas contra la guerra más poderosas jamás realizadas: la magistral obra maestra Paths of Glory.

Una actitud firme (quizá fruto de su lección duramente aprendida al dejar que Kirk Douglas dirigiera Spartacus, 1960), pero que, en cierta manera influyó negativamente en las críticas que recibió la película en su tiempo.  Decisión, además, que también suponía la fidelidad del texto del vienés, para evitar el fiasco de haber “traicionado” el guion original de “The Shining” de Stephen King, que a propósito le costó caro y se granjeó serias enemistades en el mundo literario.

¿Fue Eyes Wide Shut el testamento más fiel de un desencanto de la humanidad? ¿O un mero retrato de la América aristocrática y esquizofrénica, de matrimonios infelices, divorcios express y sexo a la carta? Si es así esta sería su película mejor lograda, aunque la crítica no la valorará adecuadamente, porque en ella refleja un retrato de la sociedad norteamericana e hipócritamente puritana.  Denuncias que no serían extrañas de parte de su activismo tan frontal y artístico, que le mereció en apodo de “Stanley Hubris”.

Sin ambages, el director-autor está tácitamente representado en esta obra. Cada escena puede ser una reminiscencia ambientada en esa novela que eligió para realizar su obra final. Aunque sería difícil e irresponsable obligar decir al difunto Stanley Kubrick “Bill Harford soy yo”.