Por: Rigoberto Gil Montoya

 

Rigo

 

¿Comedia? ¿Tragicomedia? ¿Esperpento? No es fácil catalogar la última obra teatral de Fabio Rubiano. Como tampoco es fácil saber qué se esconde detrás de un título tan literario, qué nos depara Labio de liebre.

Lo sabremos luego, cuando aparezca en las tablas un personaje con labio leporino, que se mueve de un lugar a otro de la casa con una gracia cruel y divertida. Vi la obra en el Teatro Colón. La vi de lado, en el palco 23 del nivel 1. Verla de lado me permitió evadir un poco su poderoso componente dramático. Creo que quienes la vieron de frente salieron más perturbados esa noche, preguntándose “¿En qué país vivimos, Agripina?”, como en Luvina, el cuento de Rulfo.
Varias tradiciones

Labio de liebre es una fusión de varias tradiciones. Por su composición dramática y escénica no dejé de pensar en La balada del café triste, del Teatro Libre de Ricardo Camacho. Por su fuerte carga política y su intención de zaherir la indiferencia del colectivo frente al horror del paramilitarismo, no dejé de pensar que Rubiano se formó en las toldas del Teatro La Candelaria, del legendario Santiago García y su Guadalupe años sin cuenta. Por su final un tanto pedagógico (innecesario para mi gusto), pensé en el teatro de Bertolt Brecht y en que su sombra sigue acechando, sobre todo en estos tiempos donde la memoria del país, y en especial la memoria de la lucha armada (llámese subversión o paramilitarismo) corre el peligro de convertirse en industria cultural, a nombre de esa gran empresa publicitaria que es “La Paz”.

Al iniciar Labio de liebre sorprende la plasticidad de una escenografía que pareciera dispuesta para un cuento de navidad con final feliz. Una escenografía engañosa, por supuesto, como engañosas resultan ser las cabezas de animales que se van moviendo por el escenario como en una suerte de fábula de la región Andina habitada por vacas, burros, gallinas y conejos, testigos de un matadero de exterminio. Porque el territorio colombiano lo es. Porque las muchas fosas comunes que suelen descubrirse en los sitios más inesperados así lo señalan. Una fábula escabrosa, en todo caso, donde un perro se llama “Completo” y una gallina “Yirama”. Las luces tenues, la intimidad de una casa ordenada en torno al ojo cíclope del televisor y la vida afuera, en el campo, detrás de las ventanas, donde suele caer lluvia, nieve o frutos secos, suman la presencia de un escenario localizado en “Territorio Blanco”, una zona fronteriza de condena y destierro.

Todo es engañoso en esta representación burlesca, como la moral y el pasado del habitante-preso de la casa. Se trata de Salvo Costello (Fabio Rubiano), un hombre impetuoso que recuerda de su vida lo que más le conviene. Un hombre habituado a mandar y ser obedecido. Como Mancuso, como Jorge Cuarenta, como los hermanos Castaño. Un hombre acostumbrado a matar. Eso es todo. O eso sería todo, si no fuera porque algunos de los que ha matado tocan a su puerta y se apoderan, como en “Casa tomada” de Cortázar, de sus cosas más íntimas, mientras llenan de excrementos los lugares privados de la casa: semilla y prisión, memoria y caos, masturbación y violencia contra el cuerpo. En fin: un mierdero.

El tiempo de la condena

¿En qué momento la vida de Salvo Costello se convierte en una pesadilla? Quizá en el momento en que él empieza a recordar y a contar, malhumorado, el tiempo de la condena. Sin quererlo, Costello hace saltar la liebre de un pasado mezquino y aterrador. Quizá cuando hace de su propia memoria (lo que dijo y ocultó frente a las autoridades) un catálogo cínico y pretende pasar a la historia como un servidor a la patria, un justiciero criollo. No hay remordimiento en su presente. Quizá su actitud descarada avivó la materialidad de sus fantasmas y éstos decidieron tocar a su puerta. Era una familia campesina de apellido Sosa. Y no era una familia cualquiera. Eran los Sosa, compuesta por una madre díscola, dos hijos menores medio tontos y una chica madurada a la fuerza. Sobre todo por la fuerza física de Salvo Costello. A partir de esta visita la obra se encierra en una intimidad perversa. Empieza, para el espectador, el desarrollo de un cuadro de costumbres que tiene como objeto un ajuste de cuentas por vía del humor negro y la humillación malvada.

¿A qué vinieron esos fantasmas? No tienen intención de matar a su verdugo. Conscientes de su propia muerte, los campesinos Sosa tocan a la puerta para recordarle a Salvo Costello cómo se llamaban y cómo siguen llamándose en el inframundo de Comala, más allá de “Territorio Blanco”. Sólo quieren eso: que Costello los llame por su nombre.

Parece una operación sencilla, pero no lo es: porque, en términos brechtianos, darle nombre a las víctimas es reconocer el horror, es generar la culpa. Y Costello no se prestará para ese juego, así sepa que la presencia de quienes asesinó en fila india puede convertir su tiempo presente en algo más que una comedia teatral que lastimosamente no verá como ajena, sentado en su sofá frente al ojo cíclope de su televisor. La presencia de otro fantasma, la de la periodista asesinada Roxy Romero, convertirá la tragicomedia de Costello en un capítulo memorable de “Yo y tú”.

 

Reír o llorar

Así las cosas, uno abandona el palco 23 por la puerta de atrás y no sabe si reír o ponerse a llorar frente a las vendedores de canelazo a la salida del Colón. ¿Pueden los muertos hablar?, me cuestioné y recordé haber leído una historia escrita por Juan José Hoyos en 1983, que tituló “Los muertos fuimos cinco”. Allí contaba la forma milagrosa como un campesino, Esmar Agudelo, de 26 años, sobrevivió a una masacre en Segovia, Antioquia. Luego pensé, esa noche serena, que el teatro debería ser así, como Labio de liebre: diáfano en su narrativa, claro en sus intenciones ideológicas.

El espectador sabrá qué postura tomar. Me aburre el teatro sin argumento, el excesivamente onírico y el que hace del absurdo una impronta. Me molesta preguntarle a mi vecino si entendió el contenido de la obra. Creo que todos la entendimos y todos, en menor o mayor grado, salimos preguntándonos “¿En qué país vivimos, Agripina?”. Aunque luego, al dejar atrás las largas paredes del Palacio de San Carlos nos alcemos de hombros. Sólo deploro de esta obra de Rubiano una cosa: la expresión lastimera con que Salvo Costello cierra el final de su drama. Está bien que Brecht habite entre nosotros. Lo que no está bien es repetir y remarcar con ese final lo obvio, lo que todos pudimos colegir a lo largo de la obra. Ese final me parece imperdonable.
Novelista y docente universitario. Ganador del Concurso de Novela de la Universidad de Antioquia.