Volver también a los preparados naturales que ha enseñado la agroecología, preparados a partir de la fermentación del ají, el tabaco o el ajo, para controlar insectos es los cultivos.

 

Esto quedó en evidencia cuando hace poco se declararon las abejas como el animal más importante sobre la faz de la tierra. Ilustración / Depositphoto

 

Por: Javier Sánchez Restrepo

El rumor en algunos grupos ambientalistas de las redes sociales es que, si desaparecieran todos los insectos de la tierra, en cincuenta años desaparecería también con ellos toda la vida.

Esto quedó en evidencia cuando hace poco se declararon las abejas como el animal más importante sobre la faz de la tierra. Esta noticia la expone el Instituto Earth Watch en el marco del último debate de la Sociedad Geográfica Real de Londres, Inglaterra.

Las abejas fueron consideradas el ser vivo más importante debido principalmente a que este diminuto insecto, del que el ser humano disfruta desde la antigüedad la delicia de sus mieles, es también el órgano reproductor de la madre tierra. En este orden de ideas, el doctor David Suzuki denuncia lo siguiente:

Noticias diarias documentan la más mínima caída o subida de la bolsa o la industria de la subasta. Sin embargo, ignoramos deliberadamente el balance de los servicios que nos presta la naturaleza como la absorción de dióxido de carbono y liberación de oxígeno; la protección contra la erosión y la polinización de frutos y semillas y sin polinización todos los sistemas económicos colapsarían. Un mundo sin abejas sería un mundo sin gente.

Cada vez que se utiliza un insecticida, cuya etimología significa lo que mata insectos –algunos los llamamos pesticidas, porque lo que generan son más pestes y enfermedades tanto a los ecosistemas como a las personas que lo aplican–, los mata a todos sin discriminación, entre esos a las abejas que polinizan –fecundan– y a otros de un extenso grupo que cumplen importantes trabajos de equilibrio ecosistémico.

Desde una mirada ecologista no existen insectos malos, pues todos son necesarios y cumplen una función, de otra manera no existieran; pero en la agricultura, desde la óptica nuestra, sí existen los insectos malos o que afectan los cultivos, las llamadas plagas.

Como el gusano en el repollo o el trip en los cultivos de granadilla o de lulo. El trip pertenece al orden de los Tisanópteros, familia de chupadores de la savia de las plantas, los cuales además portan en su organismo elevada diversidad de virus y enfermedades que les trasmiten a las plantas.

Pero al usar insecticidas en estos cultivos para controlar el gusano o el trip, también se matan los insectos buenos, necesarios para la salud de nuestros cultivos y que son los que controlan la población de estos otros insectos. Insectos tales como: mariquitas, lombrices, mantis religiosas, nemátodos, carábidos, chinches, sírfidos, bracónidos, crisópidos y un largo etc, son necesarios en los cultivos para el equilibrio natural.

Además, con los insecticidas, no solo se rompe la armonía natural de los ecosistemas por matar a estos trabajadores ancestrales que equilibran constantemente los cultivos y el ambiente, sino que se alteran otros elementos que son también fundamentales a los ecosistemas, elementos como la tierra –los suelos almacenan estas moléculas–, el agua y el aire también se ven contaminados.

Para la muestra un botón. Basta ver la evolución de las plagas que han atacado el café. Estas plagas con el uso prolongado de los agroquímicos se han ido transformando y volviendo más terribles. Fotografía / MVS

Alteraciones del suelo y del agua

Los insecticidas se caracterizan a nivel de composición molecular por poseer estructuras muy cerradas, anilladas, lo que son los polímeros –clorados, bencenos–, los cuales son muy difíciles de romper por los microorganismos del suelo, generando bioacumulación –se almacena en el suelo, las plantas o animales, como el caso del cianuro, que se bioacumula en el pescado y luego al llegar al último renglón de la cadena trófica, en el ser humano, se almacena en su organismo–.

Este también es el caso de los metales pesados, como el plomo, que cuando llegan a nuestro organismo la flora intestinal tampoco es capaz de romper y se bioacumulan en los órganelos de los diferentes sistemas del cuerpo, como en el hígado, riñones etc.

Por eso se hace necesario volver a la alelopatía que practicaban nuestros abuelos y los pueblos originarios, para cultivar la huerta de autoconsumo, lo que se llama hoy la soberanía alimentaria.

Volver a la influencia benéfica que ejercen ciertas plantas respecto a otras, como las aromáticas respecto a las hortalizas de la huerta. Ilustración / Depositphoto

Volver a la influencia benéfica que ejercen ciertas plantas respecto a otras, como las aromáticas respecto a las hortalizas de la huerta, por ejemplo: sembrar ruda, altamisa, caléndula o flor amarilla, como sistemas para prevenir el ataque del gusano al repollo.

Volver también a los preparados naturales que ha enseñado la agroecología, preparados a partir de la fermentación del ají, el tabaco o el ajo, para controlar insectos es los cultivos.

Con la ventaja que resultan supremamente económicos –no como los productos químicos que muchas veces le toca al campesino endeudarse para poder comprarlos–, además de baratos son biodegradables, es decir, que después de cumplir la función de control biológico, se descompondrán en el suelo como abono para las mismas plantas.

Los extractos o maceraciones de las plantas, fermentos, caldos minerales, los jugos con microrganismos eficientes, etc, son biodegradables, en cambio los insecticidas químicos no. Ilustración / Depositphoto

Entre los muchos compuestos que tienen, hay moléculas en ellos que no se disuelven con el agua, quedando allí el veneno en el suelo donde se aplica, alterando con el paso del tiempo el equilibrio natural del mismo.

Los insecticidas son costosos y en muchas ocasiones ineficaces para controlar realmente las plagas. Debido al uso constante e indiscriminado de insecticidas, estos crean resistencia o aparecen nuevas plagas más dañinas que las anteriores. Quizá ya no insectos sino hongos, bacterias, etc, generando un círculo vicioso en el que se deben aumentar las dosificaciones del químico.

Para la muestra un botón. Basta ver la evolución de las plagas que han atacado el café. Estas plagas con el uso prolongado de los agroquímicos se han ido transformando y volviendo más terribles, de la broca que atacaba solo al fruto –cuyo control actual más eficaz es la re-re recogida manual constante de los frutos maduros y los del suelo para que el insecto de la broca no se propague– se pasó al hongo de la roya, que ya no ataca el fruto sino las hojas, lo cual implica dejar sin estómago a los árboles del café, pues recordemos que las plantas asimilan la luz a través de sus hojas.

En la actualidad, con las supuestas ultra-súper semillas modificadas genéticamente para su mejora, como lo es la variedad Castilla naranja, ataca a este árbol la polilla, a la cual le gusta es la raíz del árbol, que tras ser ruñida por ella se seca completamente, matando el árbol.

Con el agravante que después de secar al primero, se pasa al árbol vecino a seguir el daño, y así se va pasando de árbol a árbol. Esta es la gravedad del asunto y la línea ascendente en la aparición de plagas más funestas que las anteriores.

Como alternativas de soluciones se necesitarían por parte del gobierno políticas de prohibir inmediatamente el uso de plaguicidas tóxicos y fomentar alternativas agrícolas naturales.

Por favor, no uses insecticidas, ya que los insectos son necesarios para que la vida en el planeta sea posible, principalmente la nuestra, sin su labor diaria, como la fecundación realizada por las abejas, no tendríamos ni las mieles ni los frutos de las plantas que son el alimento del ser humano diariamente.