Sí, son tiernos, inteligentes, pero, tanto como nosotros, se estresan, disfrutan del sexo o pueden ser ‘crueles’. Dalia Carolina Barragán se ha adentrado en el universo de los delfines y las investigaciones de su grupo en Panamá pueden ser claves para preservar una comunidad.

Por: Dalia Carolina Barragán / Uniandes*
–¿Y por qué trabajas con delfines?–. La pregunta es típica. Tal vez parezca gracioso que una muchachita de metro y medio trate de liberar a ‘Willy’ (una orca de ocho metros) o pretenda jugar con ‘Flipper’ (un delfín nariz de botella de dos metros y medio)… Pero detrás de los cetáceos existe una evolución increíble con adaptaciones fisiológicas y estructuras sociales complejas que sorprenderían al más incauto. Involucra un mundo de información científica maravilloso, más allá de querer nadar con delfines en un ‘oceanario’. Y justo por esa idea de belleza y ternura de los delfines es que jamás me llamaron la atención. Digamos… quería pensar diferente.
Tenía 7 u 8 años cuando me enteré de la existencia de las ballenas. Leí en la hoy extinta revista Los Monos sobre una bióloga marina que trabajaba con ballenas jorobadas. Toda la publicación estaba dedicada a ellas y, desde ese momento, lo supe: ¡me encantan las ballenas! Quería ser bióloga marina y trabajar con esas gigantes gentiles.
Mi madre me seguiría la corriente, pero durante mi carrera mi acercamiento a las ballenas se limitó a libros, algunos cursos y fotografías de campo que mis compañeros tomaron en sus viajes como voluntarios. “Trabajar con cetáceos es muy costoso”, me decían. Ni unas pasantías eran posibles. Adolfo Sanjuán, uno de mis profesores favoritos, nos recibió en su primera clase en Santa Marta diciéndonos que quien quisiera volverse rico se fuera en ese instante. “Quien quiera viajar por el mundo, entonces está en el lugar correcto”, sentenció. Al principio desconfié de su frase… ¿sin dinero, quién viaja?
Allá, a Santa Marta, había llegado para continuar con mis estudios de biología marina. Fui con mi madre al acuario en El Rodadero y ocurrió mi primer encuentro real con mamíferos acuáticos: había un delfín nariz de botella enorme en la exhibición. No voy a hablar de las implicaciones de mantener animales en cautiverio, pero si algo digo es que ese encuentro me trajo hasta aquí. Me pareció increíble, magnífico.
Era bonito, era imponente
Por esos días una amiga, Natalia Fraija, estaba estudiando la ocurrencia de cetáceos en Santa Marta y necesitaba observadores en bote. ¡Qué oportunidad! Descubrí que no bastaba salir a la playa y ver a ‘Flipper’ esperándote y riéndose con su carcajada de Cucaburra (ave propia de Australia y Nueva Guinea) para que lo filmes como en Discovery. Y no se engañen, los delfines no emiten carcajadas. Uno puede durar horas buscando desde un bote y no ver ni uno en un día. Bueno, tal vez tenía mala suerte, aunque ahí se me prendió el bombillo y pensé estudiar la ocurrencia de cetáceos en Panamá.
Natalia había obtenido una beca para realizar su tesis con Cetacean Society International, una entidad no gubernamental dirigida por William Rossiter que apoya proyectos de investigación enfocados en el estudio de los cetáceos y, adicionalmente, una amiga que estudió biología ambiental obtuvo una beca de corto plazo de Smithsonian para estudiar suelos en Panamá. Todo cuadraba. A mí, la idea de ir a otro país a trabajar con cetáceos becada me emocionó. Pero uno es joven y soñador. Pretendía hacer el estudio en tan solo tres meses. Les escribí a muchas personas. A muchas. Tal vez 50, por decir un número.
| En Dolphin Bay en Bocas del Toro (Panamá), cientos de turistas ven a los delfines, que con el tiempo se han ahuyentado de la zona. |
Pasó el tiempo…
Finalmente recibí el anhelado mensaje. Laura May-Collado investiga desde 2004 una población residente de delfines nariz de botella en Bocas del Toro, en Panamá. En principio me puso polo a tierra. Un estudio de ocurrencia a corto plazo es ilusorio. Entonces me habló de su proyecto… ¿Delfines? ¿‘Flipper’? Bueno, no era lo que tenía en mente, pero al fin y al cabo todos son cetáceos y hasta parientes. No lo pensé mucho, tal vez segundos, las neuronas se mueven rápido. Quizá los delfines me llevarían directo a las ballenas, nunca se sabe. Aún no había dinero, pero sí oportunidades y no dejé de buscar becas. Mi madre dice que soy muy terca.
Smithsonian dijo que no, Society for Marine Mammalogy igual, Cleveland Zoo lo mismo… Hasta que finalmente William Rossiter (o Bill, como cariñosamente se hace llamar) se apiadó de mí y me escribió lo único que no estaba acostumbrada a leer: ¡un sí! Luego me enteré de que Rossiter se apiada de todo el mundo. ¡Bendito seas, Bill!
Cuando menos me daba cuenta estaba en la Estación Smithsonian de Investigaciones Tropicales de Bocas del Toro. Era mi primer viaje fuera del país aunque, en fin, hace un poco más de 110 años todos éramos la misma nación.
Era febrero de 2009. El archipiélago de Bocas del Toro es un paraíso tropical que se jacta de contar con una población saludable de delfines nariz de botella (más pequeños que los que habitan lejos de la costa) y se pueden avistar en estado salvaje. En campo, a mi lado, el experimentado biólogo marino David Palacios Alfaro, de la Fundación Keto, quien tiene un vasto trabajo con mamíferos acuáticos en Costa Rica.
Los avistamientos de delfines en Bocas del Toro me mostraron una ecología que desconocía. Y sigo rememorando a ‘Flipper’ porque todos piensan en los delfines como seres amables y felices, pero se sorprenderían si digo que son bastante ‘humanos’. También se estresan, mantienen lazos familiares, se aman entre sí…
Debido a la presencia recurrente de delfines en Bocas, el tráfico de botes se incrementó de manera excesiva, sobre todo por los de turismo de observación de cetáceos o dolphin-watching, y los adultos se han hecho cada vez más esquivos. Cierto día estábamos por Islas Pastores y dos crías se acercaron alegremente mientras el adulto que parecía ser su madre se mantuvo a una distancia prudente. El avistamiento fue hermoso pues los delfines socializaron con nosotros hasta que el adulto resopló fuerte y ellos nadaron directo hacia su madre, como niños regañados.
A pesar de que son esquivos ante múltiples botes, un día con Marcos, fotógrafo del Smithsonian, vimos unos 20 alrededor de un grupo de cuatro o cinco delfines bastante ajetreados; coletazos, respiraciones prolongadas, aletazos, vientres arriba… De repente Marcos gritó: “¡Sangre!”. David negó con la cabeza. Había una hembra en el centro, dos machos a los costados y uno debajo. Lo que parecía sangre era el pene irrigado de uno de ellos pues, junto con los otros dos, abusaban de la hembra, quien ya había dejado de luchar. David volteó: “Acabas de presenciar un abuso sexual entre delfines”.

Entendí que también sienten, son sexualmente activos, disfrutan del sexo y, como nosotros, tienen comportamientos que para muchos son crueles o malvados. Pero al fin y al cabo son ‘animales salvajes’. Y es curioso que todavía haya quienes paguen montones de dinero por nadar con ellos. Yo lo pensaría dos veces, aprendí a respetar su espacio.
Hay otras maneras de acercarse mutuamente. En Bocas he visto a niños Cuna que reman su barca camino de la escuela mientras los delfines nadan a su lado como viejos amigos, como su familia. Uno nunca termina por entender su estrecha relación con los animales de su entorno. Los científicos, a veces engreídos, pueden creer que un título y un equipo sofisticado dan todo lo necesario en campo. Pero esos mismos científicos reconocen la importancia de la sabiduría local. Y es que la gente de Bocas del Toro ama a estos delfines.
Ya, de hecho, los habían defendido cuando la empresa Ocean Embassy pretendía extraer aproximadamente 80 ejemplares porque allí había “muchos”. Aunque oponerse a los negocios y pactos económicos con argumentos de biodiversidad o conservación es difícil, esa vez la comunidad, con pancartas y sin ceder, ganó y los delfines se quedaron en casa. En esa oportunidad el trabajo de fotoidentificación (las marcas en las aletas dorsales son únicas) que, desde 2004, ha hecho la doctora Laura May-Collado con un catálogo de cerca de 150 animales, sirvió para un informe ante las autoridades ambientales de Panamá.
En todo caso, uno siempre será un ‘extranjero’ en esta labor. El año pasado, en 2012, volví a Bocas del Toro para estudiar a los delfines en lo molecular. Requería muestras de tejido, ‘biopsias remotas’ por medio de un rifle veterinario modificado. “¿Un rifle? ¿Van a dormir a los delfines?”, me preguntaban. Comprendí la importancia de trabajar de la mano con las comunidades locales y con su aprobación. Incluso en el aeropuerto las personas de seguridad se alarmaban al ver que llevaba ¡un rifle! Y ni hablar de los permisos… Al menos, con el Smithsonian, la solicitud en Panamá no fue difícil, cosa que en Colombia es muchas veces imposible (¡podría haber terminado una posición posdoctoral, luego de años, y el permiso jamás hubiera salido!). Gran penuria me espera ahora que voy a empezar el doctorado trabajando con delfines en Colombia.
En fin… De vuelta con el tema del rifle, la técnica consiste en disparar a la parte dorsal un dardo de polietileno que tiene la punta de acero, esta entra en la epidermis, rebota y queda flotando en el agua. El delfín sigue y nosotros tomamos la biopsia. La información sobre la llegada del equipo de investigadoras que incluía a una colombiana con un rifle se esparció por Bocas del Toro como pólvora e incentivó el disgusto. Por supuesto, lo que nos salvó fue ser parte del equipo de Laura May-Collado, aunque también hubo algo que generó simpatías: ¡Shakira venía con nosotros a hacer unas grabaciones!

Shakira Quiñones, mi compañera de campo, iba a estudiar el impacto del ruido de los motores en los delfines y en las asociaciones madre-cría. Con esta carta de presentación divulgamos el proyecto en la comunidad. Laura dictó varias charlas en Smithsonian a los operadores turísticos. Al principio no fue fácil pues los boteros pensaban que prohibiríamos su trabajo y les quitaríamos el sustento diario (Arnulfo, nuestro capitán, es un botero de dolphin-watching que en principio era reacio a la investigación).
En la escuela indígena de Nueva Esperanza nos encontramos a la familia García, que ha habitado en Bocas del Toro por años. Más que estar en nuestra contra, estaban muy expectantes. “Hemos visto salir grupos de delfines por la mañana de la Bahía, antes de que entren los botes, y luego los animales vuelven por la tarde”, cuentan. Los García querían saber exactamente de qué forma íbamos a ayudar.
La situación era crítica. Había días en los que encontrar delfines era muy difícil. Siempre llegábamos temprano a la bahía, entre 7:00 y 7:30 am., cuando ocurrían los mejores avistamientos. Apagábamos motores, Shakira empezaba a grabar (a los delfines con el hidrófono, nada de discos comerciales), observábamos individuos que saltaban, se alimentaban y descansaban frente a nuestro bote. A partir de las 9 llegaban los botes de dolphinwatching. Cinco, diez, quince, veinte… hasta 37. Era notable que los delfines ya no permanecieran dentro de la Bahía Bocatorito y los otros boteros se estaban dando cuenta.
“Estos delfines potencialmente pueden irse de Bocas del Toro, encontrar mejores hábitats en Costa Rica o en otras áreas. Y créanme que los más afectados serán ustedes mismos”, concluí la vez que dimos una entrevista en el canal local Cable Chicho.
Eso me responde a mí misma la pregunta con la que comencé esta nota. ¿Por qué trabajas con delfines? Son complejos, muy sociales… Parecen humanos. Tal vez en un solo instante pensé que ser médica era mi opción para salvar vidas humanas. Pero no, hay muchas otras opciones. La conservación de cetáceos ayuda a comunidades vulnerables que dependen de estos animales. Y siempre te lo agradecen, con una sonrisa y un buen plato de pescado.
Además, me gusta hacer ciencia. Como diría Pierre Joliot-Curie, la “ciencia es un asunto de constancia, de pasión y no de buscar éxitos solo por el placer de figurar” y creo que lo comprendí. Mi hija Martina lo explica de otra manera y se lo dijo una vez a la monitora de la ruta, cuando le preguntaron sobre mis constantes viajes. “¿Otra vez tu mami está de viaje?”, le dijeron. Y ella, con apenas 5 años, respondió con firmeza: “¿Es que acaso tú no sabes que mi mami está salvando a las ballenas?”.
*Estudiante de doctorado en ciencias biológicas. Investigadora del Laboratorio de Ecología Molecular de Vertebrados Acuáticos.


