LAS HUELLAS DEL ZORRO PLATEADO DE LA SALSA

Desde sus primeros días en su natal República Dominicana, Johnny Pacheco supo que necesitaba valerse de su picardía para conseguir todos sus objetivos. Un artículo en homenaje a Johnny Pacheco, para escuchar a buen volumen.

 

Escribe / Jorman S. Lugo – Ilustra / Stella Maris

La selva musical caribeña tiene un panteón para sus animales inmortales. Los que están allí destacan por el rugir de su talento, por la ferocidad de sus agallas y por la ligereza de sus movimientos. Todos lograron pasar el umbral de lo eterno llevando sobre sus hombros el peso de sus victorias. Pero tan solo uno de ellos utilizó su fama para quitarse los reflectores y legarlos a sus compañeros de aventura, relanzando artistas y ritmos con la impronta de su tumbao, a tal punto, que logró que el planeta entero bailara al son de su imperio.

Desde sus primeros días en su natal República Dominicana, supo que necesitaba valerse de su picardía para conseguir todos sus objetivos. Así, a ritmo de pataletas, obtuvo de su padre una harmónica con la que entonaría su primer merengue. Al lado de su madre, alimentó su alma con el sabor cubano, y en medio de danzones y guarachas, soñó ser el director musical de una orquesta que llevaría como emblema el espíritu latino.

Su carrera la empezó en Nueva York luego de ser exiliada su familia por el dictador Trujillo. En las calles neoyorquinas demostró su inteligencia para sortear los retos: empezó siendo percusionista de varias agrupaciones, incluso de jazz, hasta ingresar al ambiente musical de élite. Ya incorporado en la escena, la flauta le dio el sonido que cultivó mientras escuchaba la radio con su madre.

Junto a Charlie Palmieri empiezan a subir los escalones de la inmortalidad a ritmo de pachanga. Por esa época recorrieron todos los grandes clubes de La Gran Manzana agotando las boleterías cada noche. Pero La Charanga Duboney no duraría mucho. Al menos no con los dos como integrantes. La amistad entre ambos no fue sinónimo de identidad musical, y en medio de una noche de licor, ambos celebraron el nacimiento de una nueva orquesta: Pacheco y su Charanga.

Como líder de su propia agrupación pegó éxito tras éxito. Su nombre empezó a corearse en todos los bailes, hasta que ese coro llegó a los oídos del empresario y dueño del sello Alegre, Al Fonseca, quien no dudó para tenerlo en su catálogo. Esa relación tendría características similares a las que tuvo con Palmieri: productiva y efímera. Los frutos que cosecharon no fueron suficientes para contener el sueño de Pacheco. Como todo animal salvaje, no quería sentirse atado a nada más que a su propio espíritu.

En ese lapso, Alegre récords se inspiró en las descargas cubanas para reunir los mejores músicos y hacer unas legendarias sesiones de grabación. Todos los músicos que participaron tenían como partitura su talento y la capacidad de improvisar sobre la marcha. El zorro plateado con su flauta demostró por qué era el rey midas del sello. Las tonadas que le imprime a cada canción dejan una huella que será extrañada por sus compañeros.

Durante las sesiones entendió cuál era su lugar en el All Stars y decidió seguir su propio rumbo. Por esos días, los hilos del destino lo llevaron al abogado Jerry Masucci para que lo ayudara a divorciar, y después de ejecutar la separación, servirle de socio para empezar con la materialización de su sueño. El nombre con el que llamaron su proyecto tenía como referencia un antiguo son cubano de Reinaldo Bolaño, Fanía (funché).

Con su empresa dando los primeros pasos, Pacheco se aseguró de virar a lo que siempre había querido: acercarse al sonido de La Sonora Matancera. Desmanteló su formación de charanga, debido en parte a la escasez de violinistas, para incorporar dos trompetas y aprovechar la elegancia vocal de Pete Rodríguez.

Como dueño de su propio sello empezó a darle oportunidades a jóvenes artistas y a músicos provenientes del jazz que conectaban con el universo musical cubano. Le abrió la puerta a nuyoricans y a migrantes sin limitarlos en su propuesta. En sus primeros años de existencia Fania fue la escalera que llevó a la música latina a popularizarse a nivel mundial, y Pacheco fue el padrino de una nueva generación que logró hacer del barrio un escenario global. Pero en esa primera etapa, no alcanzó a ver que su empresa para seguir creciendo, terminaría engullendo a los hijos que engendró.

Antes de que eso pasara, se dio el lujo de seducir a algunos músicos de La Matancera, que por esos años ya estaban radicados en Nueva York, huyéndole al régimen castrista, para realizar un jam similar a los que había hecho con Alegre. Lino Frías, el legendario pianista creador de Mata Siguaraya, fue el encargado de envenenar los montunos con sus dedos. Mientras que, en la parte vocal, Caíto Díaz demostró su calidad como solista. Ambos acompañados de lo mejor que tenía Fania a su alcance, como el joven Bobby Valentín en la trompeta, Barry Rogers en el trombón y Bobby Rodríguez en el bajo.

Después del experimento de descargas retorna a su Nuevo Tumbao. Es una de sus épocas más fecundas. Graba diez álbumes en siete años. “El conde” Rodríguez fue el cantante con quien más grabó en ese periodo, pero también tuvo a su servicio mitos de la talla de Chivirico Dávila, Rudy Calzado y Monguito “El único”. Con cada uno de ellos pegó batazos que recorrieron todas las emisoras, desde boleros a guaguancó, guarachas y montunos. La impronta de su swing le valió el sello de la matancerización de la salsa.

El último de estos discos lo realizó con Celia Cruz. Hasta ese momento, “La guarachera” solo había participado en una grabación salsera, la ópera Hommy de Larry Harlow. Y solo le bastó esa producción para consagrarse como la reina de la salsa. Entre otras cosas, porque el sencillo Quimbara no fue el único hit del álbum. Lo tuyo es mental, Ño Mercedes, Tengo el Idde, también se encumbraron en la preferencia de los melómanos, convirtiendo el long play en un clásico.

El trabajo en su disquera fue a tres manos. Dirigía su orquesta, producía artistas jóvenes, como Lavoe, Colón, Justo Betancourt, y era el director musical del All Stars. A ese ritmo su popularidad creció hasta convertirse en una de las personalidades más importantes del mundo latino. Cuenta Celia Cruz que en el concierto que la Fania realizó en África, al llegar al aeropuerto, los fanáticos solo coreaban su apellido.

A pesar de todo lo que su imagen generaba, en los escenarios siempre se le vio acompañado. Comprendió que su rol no era ser protagonista en todo momento, sino hacer brillar también a los demás. Como todo zorro no necesitaba extender su show, pero sabía que cuando se iluminaba su pelaje plateado, era el momento de liberar su espíritu salvaje y brillar en las notas de su flauta.

Así se mantuvo durante más de dos décadas. Incluso cuando “El Conde” se lanzó como solista y Pacheco renombró su orquesta a Tumbao Añejo, sostuvo su marcha exitosa. Fue nominado a varios premios Grammy, recibió reconocimientos de la mano del gobernador de Nueva York y en República Dominicana le otorgaron la Medalla presidencial de honor.

La astucia de Pacheco no se limitó a director, productor y solista. También triunfó como compositor. Himnos que grandes cantantes, como Celia Cruz, Héctor Lavoe o Ismael Quintana inmortalizaron en su voz, fueron nacidos de la pluma del zorro. Pero su más sonada composición fue la que hizo eterna con todas las estrellas Fania, donde puso a cada cantante a entonar su canto después del otro, mientras que él, con su figura enjuta, se desgarraba dirigiendo la orquesta.

Después de tantos años de música e intensidad, el ritmo de su cuerpo se aceleró, alejándolo del escenario. Hasta que en un día invernal el zorro dejó su última huella en un vecindario de Nueva Jersey.

@JormanLugo