No, no comparo esta producción con la filmografía de la nueva ola francesa, nada de eso. Si acaso es una excusa para recordar imágenes que me han estremecido en estos años.

Por: Débora Hernández

Director: Louis Garrel
Guion: Louis Garrel, Christophe Honoré
Fotografía: Claire Mathon
Montaje: Joëlle Hache
Música: Philippe Sarde

El primer largometraje de Louis Garrel, un tipo criado por la nueva ola, actor de filmes como Los soñadores (2003) de Bertolucci, quien aparece por primera vez en Besos de alivio (1983), dirigida por su padre Philippe Garrel (Los celos, 2013). Un tipo que se ha caracterizado por darle vida a galanes, jóvenes enamoradizos y confundidos, pero su carrera actoral es otra cosa.
Trabajar con Christophe Honoré para coescribir esta película resulta un logro precioso para el cine contemporáneo. Cuando un actor que ha sido recurrente en el trabajo de un director tan pertinente como Honoré, quien te derriba y te atraviesa con finales estremecedores para luego devolverte al mundo como si nada; bueno, algo bello tiene que salir. Ambos han trabajado en cintas como En París (2006) y Las canciones de amor (2007), Honoré como director, Garrel como actor. Recordando la trilogía Antes del… de Richard Linklater, cuando actores y directores se unen para escribir un guion, algo mágico pasa, y la prueba es lo que vemos en la pantalla.
Después de dirigir tres cortometrajes, Garrel también actúa en Los dos amigos, junto con Golshifteh Farahani, quien sorprende enamorando en su papel como Laura en Paterson (2016) de Jim Jarmusch, y Vincent Macaigne (Marvin o la bella educación, 2017). Una historia de dos amigos, en absoluto extraordinarios, que terminan… deseando a una mujer que no les ha dicho la verdad completa sobre su vida y, quien a su vez, se encuentra anonada por la irrupción de estos dos en su cotidianidad. Se nos enfrenta a una secuencia bellísima bañada de azul, donde los sentimientos de Mona (G. Farahani) se desprenden de la realidad por un momento, una secuencia que toma un sentido y una carga fortísimas en el contexto que el espectador ha de descubrir desde el principio.
Esta secuencia nos termina de conectar con la historia, con esa naturalidad del cine francés –como lo he venido llamando en estos días–. Un cine de sutilezas, que no exagera en juegos de cámara, luces imposibles, sino, un cine que se acerca a la realidad sin atavismos, donde la cámara observa como un voyeur que sin darnos cuenta hemos invitado a quedarse mirándonos.
Volviendo al film. Algunos fragmentos de las conversaciones que suceden podrían referenciarnos a aquel cine “desde la cama”, aquel de Godard, de Truffaut, de Resnais, de Rohmer, del mismo P. Garrel, sin salirnos de esa naturalidad con que los personajes nos presentan sus peculiaridades, contándonos cosas de un humor picaresco y a veces tan triste. Dicho esto, esperen la secuencia de la iglesia y verán.
No, no comparo esta producción con la filmografía de la nueva ola francesa, nada de eso. Si acaso es una excusa para recordar imágenes que me han estremecido en estos años, las que me acercaron definitivamente al cine. Si acaso Los dos amigos es una casa donde conviven fragmentos de toda esa maravillosa cinematografía.