¿LES GUSTAN LAS MARRANITAS?

Ese evocar hermoso de una época fue lo que trajo a mi mente la pregunta del chef. ¿Qué otra cosa podría significar para nosotros la palabra “marranitas”?

 

Por / Ligia Acevedo

Tarde veraniega de julio de 2010, en la cabaña familiar, a donde fuimos con un par de amigos a pasar puente festivo. Magdalena me presentó a su esposo y también a Tomás, un gato negro y blanco de raza criolla que habían adoptado y al que amaban ya como al hijo que no tuvieron. Pepe, quien resultó ser chef de profesión y nacido en el Valle del Cauca, Colombia, era un hombre de unos cuarenta años, tez trigueña, casi oscura, cabello y ojos castaños, buena estatura y conformación atlética, insaciable consumidor de bebidas gaseosas oscuras; conducta que nos causó más asombro cuando supimos que en su familia había antecedentes diabéticos, hecho que al parecer le tenía a él sin cuidado.

Aquella tarde, al llegar a la cabaña, después de desempacar el mercado que se había comprado en la ciudad antes del viaje y de dejar las pertenencias en las habitaciones, hicimos un breve recorrido por los alrededores de la propiedad para reconocimiento del lugar por parte de los visitantes. Reposados todos, nos dedicamos a compartir bebidas y golosinas en conversación animada en la sala.

Tomás a su llegada había buscado un lugar desde el cual fisgonearnos, y desde donde pudiera, además, intentar atrapar por el cabello a quien pasara bajo la escalera de acceso al segundo piso, donde se había apostado, estratégico en verdad. En un momento cualquiera de la tertulia, el esposo de Magdalena, para halagarnos como anfitriones, preguntó interesado:

—¿A ustedes les gustan las marranitas? Las prepararé para la cena.

¿Qué es eso?, nos preguntamos con la mirada mis hijos y yo, pues jamás habíamos escuchado palabra semejante en referencia a una comida, y por mi parte pensé: por qué no preparar carne de cerdo, o una gran picada, pero callé. Magdalena, salamineña de treinta y ocho años, tez trigueña clara, estatura media, cabello abundante, ondulado y castaño, como sus ojos, persona de sonrisa y conversación espontánea y fluida, advirtió nuestro gesto e intervino de inmediato.

—¿No las conocen?  —interrogó con extrañeza y a renglón seguido, agregó:

—¿De verdad no las conocen? ¡Son deliciosas! Pepe las hace muy especiales, ya van a ver. Y no se preocupen por nada mientras estemos aquí, que a Pepe le encanta mostrar sus dotes de chef. Él se encargará de todo en la cocina, ya van a ver. Por eso me enamoré más de él.

Mi mente captó con deficiencia las palabras de mi amiga, pues me trasladó de inmediato  a la finca El Encanto, vereda Campoalegre, Chinchiná, años noventa, fortuna de saber lo que era tener una pequeña parcela y llenarla de cuanto género animal veíamos posible comprar; hasta carneros, y las imprescindibles “caribajitas” de rosado y saludable cuerpo, su gruñir y olisquear natural en busca de alimento, crías de cerdos levantadas con esmerado cuidado por el agregado hasta el instante de ser sacrificadas.

Ese evocar hermoso de una época fue lo que trajo a mi mente la pregunta del chef. ¿Qué otra cosa podría significar para nosotros la palabra “marranitas”? Nada, perdonen, todos, la ignorancia en el conocimiento de la gastronomía regional, como también la ignorancia en otras muchas cosas.

Con ansiedad esperamos la hora de la comida para saber qué era lo que nos iba a preparar el chef, sin lograr apartar de mí el tufillo que aquella palabra le aportó a mí memoria: marraneras, el específico aplicado en pretensión fallida de eliminar el olor característico de estos lugares. La impronta sensitiva personal se había activado con la manifestación hecha por el acucioso invitado. 7:30 p.m., percibí efluvios de tocino; comenzaba a soltar sus jugos y manteca en la sartén, indicio inequívoco de que el corte especial del “marrano” estaría incluido en la preparación de la comilona. Atentos y ansiosos estuvimos a la espera de las “marranitas”, aunque no a su preparación; las primeras que salieran de la sartén, para degustarlas. En realidad disfrutamos con deleite y entusiasmo ese menú. Después las he visto en pocos lugares de comidas al paso, en Manizales, Pereira y Dosquebradas, en Caldas y Risaralda, Colombia, y siempre me remiten a evocar aquella visita de amigos, donde la pasamos muy bien.

Lejanas, casa de campo y finca… inolvidables… Más lejanas aún en esta época, cuando lo absurdo del destino y las decisiones de las autoridades nos tienen sometidos a un encierro o “aislamiento social preventivo, para proteger la salud y la vida”, conforme argumentan.

Volviendo al caso, si tampoco usted conoce las marranitas, le diré que se hacen con plátano maduro o pintón, el que se sofríe y luego se machaca para formar con ello una bola que se rellena con carne y chicharrón para volver a freír a fin de que el resultado sea crocante. Así eran las del chef Pepe. En otras regiones las he visto no redondas, si no alargadas y a la vista parecen aborrajados, y las hacen de plátano maduro y hasta de chócolo, además, les agregan carne de res y hasta huevo.

Fotografía / Cortesía

Pues bien, continué ignorando que existiera otra clase de marranitas hasta hace algo más de un año, y estas sí que me sorprendieron, no por su sabor ni por su presentación si no por el terror que en mí inspiraron al tener certeza de lo que eran esta vez. De haberme preguntado si montaba en Brujas, hubiera respondido de inmediato negativamente, pues por lo que sé, son ellas, las brujas, las que montan en uno y lo persiguen en las noches, insistentes: a los hombres, por enamorados; a las mujeres, para hacerles la vida imposible.

Pero mi mente otra vez atraería a mí recuerdos; mis nietos, a sus tres y cuatro años, habían visto muchas veces a la Bruja Negra, la de la escoba recortada y a su sombrero volador, que una tarde, cansada de asecharlos por las ventanas de sus cuartos para robarles sus muñecos y juguetes, decidió llevarlos en su escoba a dar un paseo por el firmamento, con el ánimo, además, de robárselos a ellos; me lo contaron los niños entre sollozos incontenibles y lagrimones. Fue una historia increíble de la que no puedo asegurar que se trató solo de fantasías infantiles, por coherente e hilvanada, pese a la edad de esos chiquillos.

Más, sea como fuere, debidamente motivada ante la posibilidad de realizar “el viaje más increíble de la vida entre Arauca, Palestina (Caldas), hasta Marsella (Risaralda)”, todo en Colombia, decidí conocer anticipadamente aquello de lo que se trataban en esta ocasión las marranitas; busqué en Internet y quedé pasmada…

Esta vez mis recuerdos van a mi niñez. Mi pueblo, Anserma, pueblo de sal, según la lengua de los nativos conquistados por Robledo después de cruenta batalla con los caciques Ocuzca y Umbruza, en Colombia. Y los muchachos de pantalones cortos dedicados a hechizantes y riesgosos juegos en una tabla de escasos cincuenta o sesenta centímetros de largo, montada sobre dos palos atravesados, uno adelante y otro atrás, con una balinera clavada en cada punta y a modo de timón una cabuya, y como freno para su raudo desempeño por las empinadas laderas de mi amada tierra natal, el valor y las piernas del arrojado piloto.

También vinieron a mi mente Ferias de Manizales que tiene establecidas carreras en carros de balineras, como un atractivo más en sus festividades, en recorridos entre los barrios Chipre y La Francia y otros barrios y sitios de la ciudad donde las llamativas pendientes permiten el espectáculo para la mirada y el aplauso de un público asombrado.

¡Carros de balineras! Sí, carros de balineras adosadas a una moto, son las que ahora veo en Arauca, Palestina, Caldas, Colombia, para viajar con mayor celeridad en los rieles de las abandonadas carrileras del tren que en años pasados fue importante ruta de transporte de carga.

Fotografía / @lexartis3

Las marranitas, como se las llama en esta región, o Brujas, como les dicen en otros lugares, cumplen aquí dos objetivos: transporte de lugareños y de turistas, acondicionadas con asientos y cubiertas en material sintético de vistoso colorido, algunas, para proteger del sol a los pasajeros. Su apariencia me lleva, a primera mirada, a la romántica Venecia, en paseo de góndolas, agua y embarcaderos.

Estas brujas, o marranitas, en uno de los trechos de la ruta deben atravesar un acabado puente que deja evidentes, entre espacios perdidos de la madera, las aguas del río Cauca. El improvisado transporte permite ver correr también lateral el río Cauca, en muchos de los trechos y a lo lejos, el paisaje montañero y de cerca, a la derecha, la vista es de pequeñas granjas con animales y viviendas, algunas muy humildes, con escasos cultivos de cacao y malezas, donde seguramente la falta de alimento para hoy, 2020, se habrá hecho mayor a causa del aislamiento y las medidas sanitarias impuestas por la autoridad, incluso para el sector del agro.

Al lado izquierdo, por el contrario, se ven extensos terrenos de mejores propietarios y sólo en algunos trechos, pequeñas comunidades campesinas, o los sitios donde se atiende a turistas, actividad que se encuentra al borde del colapso como lo está toda la escala de su economía por los cierres de todo aquello que parezca soportar “contacto social” o libertad de los seres para desplazarse y vivir a voluntad.

A la estación del ferrocarril en el municipio de Arauca se puede llegar desde Manizales en una hora, en campero público o en bus, si no se cuenta con vehículo propio, y entonces debe desplazarse desde el lugar donde se encuentre hasta la Terminal de la Plaza de Mercado, transporte municipal, o la Terminal de los Cámbulos, Intermunicipal, con rumbo al occidente de Caldas.

Decía que al ver de lo que trataba aquel singular e increíble viaje del que se me habló y lo que eran las Marranitas o Brujas, tomé consciencia clara de lo que me esperaba. Y sentí escalofríos. Para más, debía de regresar en ese mismo medio de transporte; me advirtieron, pues la carretera entre Santa Rosa y Marsella presenta en invierno taponamientos y porque aparte de ello, el pueblo no cuenta con un transporte vehicular con horarios fijos y seguros, pese a ser un lugar turístico con importantes sitios para conocer y disfrutar.

Mis miedos, garras paralizantes, arritmia que hace presentir paro cardíaco, erizar de piel, como de gallina desplumada y temblor similar al de las hojas de los árboles en otoño, todo pone frente a mi sucesión de imágenes, vívidas. Temores que en batallas pasadas sujetaron mis sueños, vuelven y me atrapan.

Ellos, mis miedos, me impidieron hacer el viaje. No sé si las circunstancias actuales puedan darme la oportunidad de repensarlo, pues como bien se dice “la vida es ahora y las oportunidades que se dejan pasar no regresan”.

Tal vez encuentre en la visión del futuro que parece proyectarse, la motivación suficiente y los arrestos necesarios para no dejar de vivir plenamente cada instante, sean cuales fueren las circunstancias y particularidades que haya que afrontar.

Por lo pronto, sólo queda esperar a que el Gobierno resuelva hasta dónde llevar la salud mental y la economía de los colombianos en estado tan particular de la humanidad, que, por no atender a los hechos anunciados y conocidos en la historia, nos tomó a todos por sorpresa.