Alvarado, asiduo excursionista libresco y de la vida, colecciona en sus haberes, paisajes extinguidos y exóticos itinerarios de los cuales da testimonio en poemas como Memoria de Holanda, Un barrio de Shanghái, Año nuevo vida nueva, Noches de Boca Grande, Cartagena de Indias,  entre otros…

Alvaro Tenorio

Por: Aurora Osorio*

García Márquez creía que los escritores escribían un solo libro en su vida, un único libro; de modo que las demás creaciones constituían la sucesión de ese libro pero con títulos diversos. Siguiendo este presentimiento del novelista colombiano podríamos aducir que el único libro del poeta Harold Alvarado Tenorio (1945) es el cuerpo, y lo comprobamos haciendo un rápido   recorrido por los títulos de sus poemarios: Recuerda cuerpo (1983) -sutil guiño y homenaje al poeta griego Constantino Cavafis-, Summa del cuerpo (2002) y su más reciente publicación De los gozos del cuerpo (2014).

Si la temática corporal no se aleja de las entrañas de este poeta y en cada nueva creación reelabora o escruta en su denso misterio es debido a un profundo sentimiento de incertidumbre, de potente obsesión que lo obliga a peregrinar por ese espacio perecedero y tornadizo de piel y sensaciones. De este modo, el intimo asedio que el poeta bugueño sugiere de la condición humana se establece en las barreras de la corporeidad y en la naturaleza de sus episódicos placeres, como forma para zanjar un universo poético donde se plasme la breve constancia de nuestro paso por el mundo.

En el cuerpo concurren una serie de escenarios: los alucinados placeres, la voracidad del goce, la desmesura de la esperanza, la constante presencia de la muerte -que todo lo solicita en su rampante avaricia-; circunstancias que conforman una severa carga de vivencias soportada por los límites de la carne, por el territorio de la piel donde se experimenta toda suerte de sensaciones. Ahora bien, en este poemario, el cuerpo y sus formas son empleados para manifestar la nostalgia, el júbilo o el desconcierto; matices en los cuales el estado corpóreo conforma solo el punto de partida, el pico del iceberg que visibiliza la vida, esa efímera sustancia con la que estamos construidos; y recurre justamente al cuerpo para revelar esas pérdidas terminantes, esas pasiones consumadas por el tiempo, que a la luz del recuerdo, de la memoria de lo amado se encuentran íntegras, salvadas de la corrupción y la decadencia:

De cada noche que vivimos / recuerdo implacable tus caderas. / Como nunca, nadie / ofreció iguales placeres. / Como nunca, nadie / extrajo de mí la vida.”

Alvarado, asiduo excursionista libresco y de la vida, colecciona en sus haberes, paisajes extinguidos y exóticos itinerarios de los cuales da testimonio en poemas como Memoria de Holanda, Un barrio de Shanghái, Año nuevo vida nueva, Noches de Boca Grande, Cartagena de Indias,  entre otros,  en los cuales pondera los placeres consumados o proscritos, y los estima bajo el lente de la remembranza, que repito, se ofrece como instrumento para salvar el esplendor de las cosas y las voluptuosidades del cuerpo de los estragos del tiempo:

“Recuerda mientras puedas / el brillo de los jardines / todavía lucientes / y ve llenándote de este aire vespertino / y de esta ciega polvareda / donde la ciudad del ayer / es sólo polvo y oscuridad.”

Con el recuerdo se examinan las sucesivas apariciones y desapariciones de las cosas, de los interminables seres que hemos sido y que se han tornado en olvido, y ante esta perspectiva no deja de afligirnos el estado anterior de la vida, esa encrucijada de desear lo que no tenemos a nuestro alcance:

Dos besos, /recuerdos de un ayer / inalcanzable. / Dos besos, amor, / Dos. / Cuando éramos Uno”.

Este sentido de perdida no se merma con el recuerdo pero al menos la remembranza contribuye a retener los sucesos por momentos, así como las palabras consignadas en alguna libreta, lo escrito se cimienta como un instrumento de la memoria:

“Sólo las palabras,/ urdidas y ordenadas / con silencio / en una perenne soledad, / resuenan / que fuimos una vez.”

Los goces de otro Alvarado, de un hombre en su postura de poeta y testigo del tránsito del tiempo, se revelan no solo en la superficie corporal, en el erotismo o en la cercanía de dos cuerpos firmes que se enlazan en la noche, también suceden en el gozo por lo cotidiano, por los sueños, en los deseos extraviados o en la avidez dionisiaca:   “La delicia de las cosas reposa en el paladar”, incluido a este inventario sin duda se descubre a su vez el placer por la vida:

Amo esos hermosos cuerpos juveniles / que una vez saciados los deseos / dejando el lecho húmedo / con la bandera roja / entre las manos / en el combate/ mueren”.

Todos estos estados conforman otras extensiones del deleite, otras medidas del deseo que satisfacen al cuerpo, que lo subliman y lo alejan por instantes de su temporal peregrinaje, aunque en el fondo el mismo poeta intuya que nada permanece, ni el recuerdo del gozo, mucho menos el asomo de una caricia; “Nada nos deja el tiempo” se convierte en una constante, y así mismo en advertencia, para replicar que con el paso de los años todo es alimento del olvido. Quizá esta sea la máxima a la que nos guie este poemario, que la vida entre sus goces, siempre será sentido de pérdida.

*Estudiante de la Universidad del Valle. Texto: De los gozos del cuerpo. Harold Alvarado Tenorio. Editorial Agatha. 175 pág.