Vito, descendiente del milenario pájaro Utta, pütchipü o palabrero Wayuú sin bastón de mando, es la voz ancestral que dicta a Miguel las voces de los sueños, proveniente de Jepira y que viene a entregarnos, en una lengua no originaria y elaborando, algo alejado de la ranchería, una visión singular a partir de la oralidad recibida de sus mayores, las raíces, los mitos, la cotidianidad de la vida de su pueblo, de su cultura. Revelando, en sus imágenes, los encuentros, y a veces desencuentros, de las dos culturas entre las cuales transcurre su existencia.

Vito Apüshana Imagen tomada de: http://www.letralia.com/222/lopez-hernandez.jpg

Vito Apüshana
Imagen tomada de: http://www.letralia.com/222/lopez-hernandez.jpg

Por: Luis Carlos Ramírez Lascarro 

A Miguel Ángel López Hernández lo conocía desde antes de conocerlo, como un rumor: una presencia constante en mis visitas a Riohacha, en las conversaciones con mis tíos y amigos en el balcón y los jardines frescos y perfumados de una vieja y bella casa a dos cuadras de la plaza Nicolás de Federmann. En ese entonces, en mis idas y venidas por el desierto guajiro, no sabía comprender que Vito y Miguel, son diferentes. Miguel es amigo cercano de una tía y, por su intermedio, me llegaron sus noticias, ya posteriores al misterio de sus primeros poemarios y la incertidumbre, no aclarada del todo, sobre los dos seres que han estado tras sus versos luminosos, sabios y resilentes. A Vito, Vito Apüshana, lo conocí antes que a Miguel,en mi casa, en Guamal, bastante lejos de su universo existencial y poético, a donde nos llegaban sus palabras a través de documentales televisivos, resonantes en los instrumentos que acompañan la Yonna, en los tejidos de las mochilas y los estampados de las mantas de las mujeres Wayuú, que tanto han gustado a las de mi familia. Y se quedó. Se quedó en mí, escuchando el rumor de la brisa entre las hojas de las palmeras de las playas Riohacheras, tomando cerveza cerca de la desembocadura del río Ranchería, que en sus crecidas pinta al Caribe de chocolate, comiendo friche en una terraza de la avenida primera, paralela al mar, en los Kanash, símbolos de los clanes tallados en enormes baldosas en el suelo de esta avenida, en los cangrejos que se dejan destripar sobre el asfalto hirviente, cerca de la universidad de La Guajira, y en el desierto sobrecogedor con apariencia de infinitud y sus trupillos y cactus invencibles, sus leves dunas ondulantes y su olor a sal antigua y vivificante. A Miguel lo conocí después, hace bastante poco tiempo, en Pereira, en medio de los avatares del festival de poesía de la ciudad, en donde nos sabía poner de manifiesto, con palabras claras y sencillas, los mensajes que la madre tierra, desde distintas visiones étnicas, en un raro y bello caleidoscopio, nos da a los recién llegados por medio de relatos míticos de una eficacia pedagógica tremenda.

Es desde el asombro, entre los hilos invisibles del misterio, sin salir del todo del embrujo de los territorios, de la concepción de la vida y del universo que los guajiros me compartieron en mis visitas a su territorio, volviendo a las vibraciones de su modo cultural de vivir, de sentir, pensar y actuar, que me acercó a la poesía de Miguel Ángel López Hernández. No buscando, no dando una interpretación de su etnia y su cosmogonía, ni a su poesía en función de estas, sino utilizándola como puente, como vehículo para volver a los mágicos entrañables recuerdos que tengo de esa tierra maravillosa e históricamente maltratada, abandonada. Usada. Es desde aquí que me aproximo al universo poético de Miguel Ángel López, un poeta que se me presenta con dos actitudes comunicativas que no por diferentes se excluyen, sino todo lo contrario.Una de esas actitudes sitúa al poema y al poeta completamente  dentro de su etnia, sirviéndonos de guía en su universo, descubriéndonos toda la riqueza cultural de su gente con sencillez y belleza. En la otra, ya el poeta sale de los límites geográficos y culturales de su etnia y de la relación de los colonos con esta, para ubicarse y ubicarnos en relación con los demás pueblos originarios de América dándonos una visión distinta de su etnia, del continente y del idioma mismo al rescatar, para nosotros, elementos de las culturas raizales que habían sido condenados por largo tiempo al olvido y al menosprecio. En esta actitud de encuentro Miguel Ángel nos invita a reconocer la multiculturalidad del continente y la importancia de establecer un diálogo honesto entre todos los pueblos que lo forman, en busca del rescate y preservación de las identidades de nuestros pueblos ancestrales y, de paso, las de los actuales.

El río ranchería  Imagen tomada de: http://cms.onic.org.co/wp-content/uploads/2012/03/Guajira-r%C3%ADo-Rancher%C3%ADa.jpg

El río ranchería
Imagen tomada de: http://cms.onic.org.co

Al pensar en estas diferentes actitudes comunicativas de la persona o las personas que ponen su voz en los versos de Contrabandeo sueños con aliijunas cercanos, En las hondonadas maternas de la piel y Encuentros en los senderos de Abya Yala, pienso en Borges, que constantemente hace referencia al otro yo, y en Pessoa, el multiforme Pessoa y en Barba (que también se llama Miguel Ángel), en De Greiff y más remotamente en el Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson. Sólo casos parecidos de alguna forma, pero no iguales entre sí, ni podrían servirnos para tratar de comprender la coexistencia o convivencia de Vito y Miguel Ángel. No son, exactamente, un alter ego, tampoco, un seudónimo, ni un heterónimo. Vito, descendiente del milenario pájaro Utta, pütchipü o palabrero Wayuú sin bastón de mando, es la voz ancestral que dicta a Miguel las voces de los sueños, proveniente de Jepira y que viene a entregarnos, en una lengua no originaria y elaborando, algo alejado de la ranchería, una visión singular a partir de la oralidad recibida de sus mayores, las raíces, los mitos, la cotidianidad de la vida de su pueblo, de su cultura. Revelando, en sus imágenes, los encuentros, y a veces desencuentros, de las dos culturas entre las cuales transcurre su existencia.

 Somos pastores

Somos los hombres que viven en el mundo de las sendas.

Nosotros, también, apacentamos,

también regresamos a un redil… y nos amamantan.

Y somos leche del sueño, carne de la fiesta… sangre del adiós.

Aquí, en nuestro entorno,

la vida nos pastorea.

(Pastores)

Vito es el poeta del mundo onírico de los Wayuú, su quehacer se centra en las concepciones acerca del tiempo, el espacio, la vida, la muerte y la convivencia, de este grupo indígena, convidándonos a comprender su realidad, a recorrer el desierto, como chivos cerreros, buscando en sus rincones y hondonadas, los misterios de las mujeres pájaro, que habitan los sueños, conversando con los difuntos, guiándonos con su palabra por una búsqueda personal que es, a la vez, la búsqueda de todo hombre, de su propio ser y su lugar en el cosmos. Su voz, es una voz que resuena contando desde la memoria ancestral, retomando, reconstruyendo muchas veces, reelaborando los relatos escuchados al pie del fogón o del chinchorro y que fueron enriquecidos con las lecturas de otras mitologías en sus años lejos del desierto, antes de volver a la ranchería, donde es, como en ninguna otra parte.

 Caminando hacia la ranchería materna

escuchamos una voz de lejanos lugares

que sólo entiende el corazón sereno,

y recibimos una mirada

que únicamente veremos en el sueño,

y sentimos una presencia de infinitos ancestros

que nos impide abandonar la piedra y el polvo

de este sendero nuestro.

(Raíces)

 Su poesía trasciende la etnoliteratura, tampoco es oralitura propiamente dicha, no es sólo una recopilación de voces procedentes del pasado, ni es tampoco una palabra encerrada en su comunidad de origen, sino que parte de ella para acercarse a los otros, a los aliijunas, con los que frecuentemente comercia o contrabandea, no sólo sueños y esperanzas, sino las pesadillas cotidianas que perturban las noches compartidas entre la naturaleza de apariencia agreste y que, sin embargo, lo es todo para ambos.

 La tranquilidad es un tejido largo y colorido…

 la embellecemos con diseños de cielo,

pinturas de tierra y dibujos de mar.

Los mayores nos envuelven en ella

 en cada palabra de mañanita,

en cada silencio de anochecer.

Así nos hacemos latidos de los montes.

(Tranquilidad II)

 Este acercamiento al otro, lo cifra también Miguel Ángel desde el encuentro con otros pueblos, como en este caso, acercándose al pueblo Mapuche, en la Araucanía de la América austral.

“…bajo la luna de las flores hacemos visible la canción del Caos;

tallamos el silencio… para sentir el corazón del que está por regresar;

tallamos el silencio… para escuchar a los aumentadores de vida,

aquellos que siembran frutillas y nalcas en la orilla del miedo…

frente al terrible Ngurru – vilu (el zorro – culebra).

La aurora manifiesta el oro extraído de la noche”

(Cercanías con Leonel Lienlaf)

 

Vito asume una posición, se asume como un constructor de un universo a partir de una tradición y no sólo como vocero, como un portador de esa tradición, sin enriquecerla. Asume su obra con la responsabilidad y el compromiso que esa independencia que ese distanciamiento requieren y, así, toma la bandera de su etnia para ubicarse en un espacio en el cual vuelca desde su wayuunaiki originario al español impuesto, en la forma de libro impreso, las múltiples escrituras contenidas en las artes y artesanías de sus ancestros, para darle un sentido de validez occidental al amplio, complejo y sistemático registro que su raza ha hecho de su cosmovisión particular, presentando a los otros una literatura que no es, en suma, ni Wayuú, ni caribe, ni colombiana, ni americana, sino universal, trascendiendo todos los  “ismos” literarios, económicos, políticos o sociales, que sesgan, limitan y, en ocasiones, deslegitiman una obra, reduciendo su valor estético a un momento, un credo o una visión momentánea de las cosas, introduciendo una parte de toda la multiplicidad americana, por la puerta grande, en el restringido espacio de la tradición literaria de occidente, contribuyendo a ensancharlo,  transgrediéndolo, uniendo su voz a la de otros autores provenientes de los pueblos indígenas de Abya Yala, como Hugo Jamioy, Fredy Chikangana, Humberto Ak´abal, Elicura Chihuailaf y Leonel Lienlaf, entre otros, que también alzan su voz e intercambian sus angustias, sueños e ideas con los recién llegados.

Vito, hay que decirlo, no es el poeta de Encuentros en los senderos de Abya Yala. Es Miguel Ángel. O es un Vito diferente. El universo de este no es del todo distinto del anterior, pero se diferencia. Es la proyección del que se sabe parte de un territorio sin fronteras, de una tierra en maduración, dispuesta a darse a quienes no la han respetado, alzando la voz, haciendo sentir su protesta, rebelándose a la uniformización que se pretende desde las colonias y se prolonga en la globalización. Son, ambas, voces de la afirmación cultural: una desde el reconocimiento de la comunidad particular y originaria; otra, desde la hermandad originaria que no se ve derrotada por las fronteras políticas y económicas y quiere mostrarse así a quienes no reconocen su divergencia, su apuesta por la preservación de sus costumbres y tratar de protegerlas de los bombardeos externos, de rescatarlas del abandono y protegerlas de la discriminación, para darles el justo valor y pedir el respeto que se merecen, brindando, a su vez, respeto a los otros.

Imagen tomada de: http://www.laraizinvertida.com/uploads/Vito-Ap%C3%BCshana4.jpg

Imagen tomada de: http://www.laraizinvertida.com

 

Habla, aquí, el reconocimiento del rostro, desde el mundo – origen de Abya Yala (América) hacia las latitudes del otro.

Desciendo hacia la palabra – cofia de las antigüedades, rumbo al temblor de la reafirmación;

Hacia las aguas del sueño diverso; dentro del latido de la raíz definida;

dentro de la mirada del horizonte despejado… en la multiplicación de

los encuentros… en el sudor del respeto mutuo por donde respira la

vida humana.

(El viaje)

*Texto en dos entregas. Espere la segunda parte.