Fragmento de la Introducción de la obra Más que Juan Mosca. Fernando Garavito, escritor y hereje (pp. xxii-xxv), publicada por la Editorial Universidad de Antioquia®.
Por: Édison Marulanda Peña
En los últimos años, por cuenta de la flexibilidad, los enfoques y los intereses de la etnología y la sociología, la biografía se democratiza. Porque estuvo acaparada durante siglos por los personajes históricos: gobernantes y guerreros, santos y papas, inventores y sabios, escritores y poetas, músicos y actrices. Y se democratiza gracias a la minimización de la frontera con la escritura documental, en la que se sitúan las historias de vida y la historia oral. Los trabajos que resultan de ello son otra confirmación de la tendencia contemporánea que prefiere la escritura híbrida, que combina discursos de las ciencias ya mencionadas, la literatura y el periodismo.
La escritura de una biografía consiste en más que reunir el conjunto de los acontecimientos de una existencia individual, para relatarla como una historia en la que conviven la lógica (un orden) y el artificio (el estilo). Exige un sinnúmero de encuentros y desencuentros con un individuo que ha tenido cierta visibilidad —no es condición necesaria “la notoriedad”— y con el otro o los otros que, discretamente, coexisten en su ser múltiple. De igual manera, exige aproximarse a los contemporáneos que tejieron el espíritu de su época, indagar por la sociedad que el individuo compartió aunque ella no aparezca en el primer plano del texto, ya sea porque las peripecias ciñeron el devenir del personaje con el fracaso o bien porque fue exitoso en su propósito de actuar o plantear ideas desde los discursos de la ciencia, la literatura, la filosofía o la religión. En resumen, algo por lo cual merezca ser arrebatado de las fauces del olvido por la memoria escrita de una cultura y una lengua. Pero, ante todo, porque esa versión de una vida reconstruida con el contexto es una suerte de telescopio que permitirá a las siguientes generaciones observar las luchas, los dramas y los sueños de los hombres y las mujeres de un momento histórico determinado que sintetiza la parábola vital de un sujeto.
El caso de Fernando Garavito Pardo, periodista, poeta, escritor y profesor, nacido en Bogotá en el ocaso de la República Liberal, ha suscitado mi interés por tres razones. Primero, por ser lector de su obra, concretamente la que se sitúa en el periodismo literario y de opinión, así como de su poesía. Segundo, porque tuve la oportunidad de tratarlo personalmente desde el 1.o de octubre de 1991, cuando él viajó a Pereira para dar una conferencia titulada “Periodismo y violencia”, y sostuvimos a partir de entonces una relación de amistad con altibajos que sorteó las distancias de carácter generacional, geográfico y hasta cultural. Tercero, por su exilio lacerante de ocho años en Estados Unidos y la censura en el 2002 del grupo Valores Bavaria, propietario de El Espectador; estos son hitos de una vida que padeció los rigores de un país sacudido por diferentes violencias y crisis de la democracia representativa. En este orden de ideas, el derecho a la vida, la libertad de expresión, el derecho de asociación y a la información fueron vulnerados en Colombia por diferentes actores armados durante los 34 años que Garavito Pardo ejerció el periodismo y alternó con la academia. Nadie puede negar su condición de víctima del cruento y prolongado conflicto armado de raigambre político-social.
Este texto es resultado de la hibridación del perfil como sucedáneo de la biografía —¿una nueva manera de ella reinventarse, al igual que las películas biográficas en el cine?— con el ensayo que alberga la argumentación propia de la escritura académica. Tal mixtura obedece a la intención de tender un puente entre la cultura periodística y la cultura literaria, que sabrá apreciar el lector con formación en una o en ambas.
Aquí hay una mirada subjetiva al personaje, al igual que al hombre apasionado por el lenguaje en su doble condición de lector y escritor público. Aunque el texto pretende mostrarlo en diferentes circunstancias, aparece una constante en las huellas de lo vivido por él y en sus publicaciones: la lectura. Ella es un camino hacia otra manera de explorar universos, al mismo tiempo que contiene todo lo humano: el lenguaje, la vida, la historia, la soledad, el poder, el desarraigo, el amor, la belleza, la muerte, el fracaso, la trascendencia, la libertad, los sueños…
Fernando Garavito asumió la escritura en el periodismo literario y de opinión, más que como un oficio, como un arte al que siempre hay que dignificar. Se destacó como buscador de nuevos lenguajes para nombrar lo que observaba o era motivo de su reflexión: el país que vivía entre desolaciones y sentimientos desmesurados. Él quiso ayudar a cambiarlo con su palabra: cáustica en la crítica, divertida en los temas que quiso tratar con humor y lúcida en la visión descarnada de los hechos y sus múltiples actores.
Garavito Pardo también fue contradictorio, pasional, sensible y tozudo. No obstante, como los quijotes defensores de causas perdidas, se alineó un día en el bando minoritario de quienes luchan por emancipar la escritura de la servidumbre que le impone la ideología militante (religiosa y política). Insistía con su palabra acerada en desenmascarar la medianía y la simulación, que persiguen sin cesar a casi todos los grupos humanos de Colombia.



