En estas mismas páginas se ha sostenido desde hace un tiempo, en ocasiones con lucidez, otras no tanto; en ocasiones con virulencia, otras con erudición desapasionada; una suerte de diálogo sobre la crítica literaria en la región…
Escribe / Cristian Cárdenas Berrío – Ilustra / Stella Maris
En la plenitud de su vida ya era feroz, obeso, pedante e inapropiado; amó sin mesura y sin intermitencias el alcohol, la comida y las mujeres, y tal vez por todo esto fue el mejor lector que los Estados Unidos de Norteamérica tuviera durante el siglo pasado. Gran bailarín a pesar de su peso y tamaño, de igual manera danzaba con gracia entre las líneas de poemas, cuentos, novelas, ensayos, aunque muchos de los autores que amó y criticó ya gozan de un olvido merecido, el encanto de su prosa y la agudeza de muchos de sus juicios siguen incólumes.
Lumen acaba de reeditar la Obra selecta de Edmund Wilson, probablemente el crítico con el paladar más refinado y el apetito más omnívoro de principios del siglo XX, y por tanto quien poseyó una visión de amplitud panorámica sobre las letras occidentales de su momento. Patricio nacido en New Jersey en 1895, recibió una esmerada educación, fue condiscípulo y amigo de por vida de F. Scott Fitzgerald, así como del quisquilloso y cositero Nabokov, con quien construyó una correspondencia a la que todo crítico debería volver cada tanto.
Como su maestro H. L. Mencken –hoy injustamente olvidado del parnaso de la crítica– se propuso “hacer que la mojigatería y la ingenuidad pasaran de moda” en un Estados Unidos que con razón intuyó rústico y moralista hasta lo incomprensible y lo inadmisible. Entonces se dedica a levantar una mitología propia que llama Modernism y en la que tienen sitial permanente: Proust y Joyce, Eliot y Valery, Dostoievski y Gogol, Pushkin y Lermontov, así como la mayoría de los escritores norteamericanos del siglo pasado. En medio de esta tarea se convierte, sin proponérselo –como los grandes críticos–, en historiador de las ideas y de camino construye también una infinita fila de martinis, así como una, ya no infinita, pero sí profusa lista de amantes a las que traicionó, intercambió, golpeó y por las que fue golpeado, Mary McCarthy tenía su uppercut.
Realizó Mr. Wilson una higiene cultural tan necesaria en su época como irrelevante en la nuestra; sin embargo, sus análisis de Proust y de Joyce siguen sin ser superados. Nos previno sobre el aura creativa del pensamiento maldito que los franceses volvieron canónico desde 1945 y que hoy sabemos infecundo para cualquier creación. Despojó al marxismo de su aire metafísico como método de estudio, no militó en ninguno de los ismos teóricos de principios del XX y por juzgarlo ayuno de teorías lo relegaron a la categoría de “crítico de prensa”, con tan buena suerte que un siglo después el tiempo le ha dado la razón a este alcohólico invicto.
Enumerar aquí los aciertos de la visión crítica wilsoniana nos ocuparía muchas líneas y entregas. En estas mismas páginas se ha sostenido desde hace un tiempo, en ocasiones con lucidez, otras no tanto; en ocasiones con virulencia, otras con erudición desapasionada; una suerte de diálogo sobre la crítica literaria en la región, mi aporte es una invitación urgente a leer los grandes críticos. Vaya un lugar común –con el perdón de mi amigo Luis que tanto me los critica– se aprende por modelación, que mejor modelo que el autor de El castillo de Axel. La crítica tiene sus trucos y métodos, en el crítico del The New Yorker tenemos uno de los grandes maestros.
El horizonte cultural que acabó ayudando a vislumbrar y a construir este norteamericano, parecía inmenso hasta comienzos de los años sesentas, en adelante se fue reduciendo hasta volverse una especie de pequeña repisa con unos cuantos autores, ya no hay espacio para un hombre tan grande como Edmund Wilson, su gracia y estatura intelectual puede parecernos ahora, como dije algunas líneas atrás, irrelevante. La pérdida no es de Mr. Wilson, es nuestra.


