DE AQUÍ Y DE ALLÁ / Algunas ideas sobre la crítica literaria en Pereira

Porque el crítico es en esencia un lector. Y como lector, tiene el derecho a leer lo que le venga en gana y también a dejar de leer lo que no le motiva. Nadie puede juzgarle por eso.

 

Escribe / Mauricio Ramírez* – Ilustra / Stella Maris

Coincido con quienes piensan que no existe literatura regional o local de algún país o ciudad. Sin embargo, sí existen circunstancias específicas en una ciudad y en un país que condicionan el ejercicio de la literatura: acceso a los libros, editoriales, circulación de las obras, entre otras. Escribir no es solo una cuestión de genio, como se pensaba en el siglo XIX, sino una actividad que se realiza en un contexto y hacia allá están apuntando los nuevos estudios literarios. El genio o el talento son claves, pero no puede desligárseles de la época y la sociedad, que actúan como obstáculos o como estímulos.

Se ha comenzado a hablar en el ámbito pereirano de la necesidad de una crítica literaria capaz de establecer una especie de canon, compuesto por las obras que se deben o no leer profusamente. Algo así como un grupo encargado de ahorrarle a los lectores el trabajo de tener que leer libros “malos” o que se encargue de que las obras publicadas con tanto esfuerzo no pasen desapercibidas entre los lectores. No debería ser esa la labor de un crítico. Creo que la labor de un crítico es, como dijo alguna vez el maestro Baldomero Sanín Cano, comprender y explicar. Para comprender es necesario primero conocer, que según el diccionario significa entender, advertir, saber, echar de ver a alguien o algo. Y la verdad, son escasos los intentos por comprender el proceso literario de la ciudad, muy a pesar –o quizá por eso– de su breve historia.

El primer intento por analizar la vida intelectual de esta ciudad estuvo a cargo de Jaime Jaramillo Uribe, quien en su Historia de Pereira (1963) le dedicó a este tema un capítulo, en el que reunió algunos datos generales sobre la educación, las imprentas, el periodismo y los primeros escritores, entre los cuales destacó a Julio Cano Montoya como “el más logrado de los numerosos poetas que tuvo la ciudad entre 1900 y 1930”. No se adentró, sin embargo, en el análisis de las circunstancias de la producción literaria ni en las representaciones del escritor vigentes durante la primera mitad del siglo XX, aun cuando alude indirectamente a ellas en otro de sus capítulos. Tampoco lo hace Hugo Ángel Jaramillo, quien, en su capítulo dedicado al despertar intelectual, incluido en su libro Pereira. Proceso histórico de un grupo étnico colombiano (1982), resuelve el problema del escaso interés por la producción intelectual como una consecuencia de la decisión del grupo humano que pobló la ciudad. Ese capítulo del libro en mención agrupa nombres por géneros, sin mucho rigor, y ofrece información valiosa sobre esos escritores y algunas instituciones culturales; pero tampoco problematiza la creación literaria.

 

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En este último sentido, el mérito mayor del libro Literatura risaraldense, de la escritora Cecilia Caicedo, no es el compendio y la clasificación de autores, sino que puntualiza en que el problema para el estudio de la producción literaria local radica en que es “una expresión cultural sin historiadores ni críticos”. Caicedo es consciente de la ausencia de investigaciones y la dificultad que eso supone para el ejercicio de la crítica, pues juzgar las cualidades de una obra literaria sin tener en cuenta sus circunstancias, es adentrarse en el terreno de la especulación, más que en el de la explicación, que no consiste en resumir o interpretar la obra, sino precisamente en mostrar sus relaciones con la época y su valor para el presente, a pesar de los anacronismos.

Luego de este libro de Cecilia Caicedo, el más consistente y persistente esfuerzo por comprender las condiciones de creación de los escritores pereiranos ha sido el de Rigoberto Gil Montoya. Su pregunta permanente por la manera como se construye la memoria de una ciudad es el hilo conductor que lleva al lector a interesarse por el significado de la figura y la obra de Alfonso Mejía Robledo, quizá el primero de los escritores pereiranos que asumió la escritura como una vocación y un oficio, no como un pasatiempo, como ha sido la constante, incluso ahora, pues la mayoría de quienes dedican su tiempo a la creación deben hacerlo en sus ratos libres, con las naturales consecuencias que eso conlleva, en especial sobre los procesos de reflexión y pensamiento. Escribe Rigoberto en Pereira: visión caleidoscópica:

Creo intuir en los procesos escriturales nuestros, la conformación de una ciudad y en ella, los esfuerzos y preocupaciones de un colectivo al optar por lo propio, al instaurar sus huellas simbólicas y al suponer en el ejercicio de las prácticas periodísticas, la necesidad de nombrar la realidad, de darle sentido al hecho de lo cotidiano. De otro modo no se comprendería por qué la ciudad insiste en conectar sus realizaciones históricas con los procesos de colonización caucanos y antioqueños y en separarse luego, políticamente, del departamento de Caldas y al lograrlo, por qué su inclinación y conveniencia por crear y plasmar sus emblemas –“ciudad prodigio”, “ciudad sin puertas”, “ciudad amable”, “ciudad esfuerzo”, “ciudad cívica de Colombia”–, de darle identidad a un espacio que algunos historiadores y documentalistas han preferido observar, un tanto de manera simple, como estancia a la orilla del camino, como aldea generada por las prácticas comerciales en torno a la fonda, como ciudad libérrima y tolerante, en contraposición al carácter culto, espiritual y aristocrático que otras ciudades vecinas pretenden endilgarse. En estos propósitos cuenta la toma de posición como lugar y territorio, la reconfiguración de un espacio hecho de versiones y de anhelos, de intereses comunes y necesidades individuales, como las del escritor de ficción, las del poeta, las del transeúnte, testigos del tiempo y su memoria.

Naturalmente, la manera como los escritores han insertado en sus obras la vida social es apenas una vertiente –quizá la más relevante desde el punto de vista literario– de la investigación sobre la producción literaria. En esa medida, los aportes de Rigoberto no pueden entenderse sino como una invitación a continuar explorando un periodo y unos autores de los que por demás no conocemos sino generalidades.

 

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Más recientemente, los intereses por dimensionar la producción literaria en Pereira se han orientado hacia la valoración de las cualidades estéticas y formales de algunos libros, pero muy poco se ha reparado en aspectos históricos, sociales e incluso éticos, pues no son pocas las obras que intentaron plantear problemáticas de época. Las taxonomías son infructuosas si antes no se plantea la pregunta por la circulación y la recepción de las obras. La literatura en Pereira ha sido una práctica de un grupo minoritario al que le ha importado muy poco, en todas las épocas, involucrarse en la formación de lectores y se ha conformado con exhibir su pretendida incomprensión como una consecuencia de la ignorancia del vulgo, al que acusa de interesarse solo por las ‘letras de cambio’. Cabe preguntarse si esa falta de interés por incidir en los procesos de formación de lectores no oculta la comodidad de algunos por no contar con lectores exigentes. Sin una gran masa lectora, informada y apasionada, difícilmente las obras de los escritores pereiranos trascenderán las fronteras, pues la literatura es un arte referencial, al que se llega por recomendación de otros, entre los cuales están en último lugar los críticos.

 

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Como en toda sociedad, en Pereira existieron y existen escritores capaces de concebir obras que merecen toda la atención de los lectores. Seguro habrá otras que no despierten ningún interés. Sin embargo, la carencia de un campo editorial (reflejo del país, por demás) que promueva y ponga en circulación obras y autores, es un condicionante a la hora de ponderar la calidad de dichas obras, mucho más si se tiene en cuenta que los lectores pereiranos nos hemos formado en el desdén por el talento de nuestros coterráneos. Hasta que las obras no circulen y conquisten sus propios lectores, será injusto argumentar que si no conocemos a algún autor es porque sus escritos son malos y no soportan el paso del tiempo.

La labor del crítico no es hacer las veces de censor o de “inspector de calidad”, sino más bien de intermediario entre el escritor y sus potenciales lectores. Para hacerlo debe tener en cuenta las circunstancias en las cuales esos libros fueron concebidos y por supuesto dilucidar sus valores estéticos. No hay que olvidar que bajo el imperio del “buen gusto” o la “decencia” han sido proscritas obras que años después inspiraron grandes revoluciones literarias. Tal es el caso de Charles Baudelaire, el Conde Lautreamont y el propio Marqués de Sade. El crítico debe preguntarse por qué una obra es molesta o carece de interés o incluso por qué tiene éxito, pues también hay casos de autores que gozaron de un gran prestigio y su fama disminuyó a la par con el número de los lectores de su época.

Ahora bien, la única regla del crítico es no ocuparse nunca de aquellas obras que no le despierten algún interés. La peor manera de desperdiciar la propia vida es ocuparse de destruir o desvirtuar la creación de otra persona. Frente a aquello que no nos gusta, lo mejor es callar, pues el tiempo se puede encargar de desmentirnos. Porque el crítico es en esencia un lector. Y como lector, tiene el derecho a leer lo que le venga en gana y también a dejar de leer lo que no le motiva. Nadie puede juzgarle por eso.

 

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Cito al maestro Sanín Cano: “Decir de una obra de arte que es mala o buena, no revela comprensión ni capacidad explicativa: esas denominaciones, a lo sumo, pueden ser una indicación sobre la inteligencia de quien las use. Son meros puntos de vista. El crítico de veras no debe preocuparse de analizar o describir producciones que carezcan de sentido humano y no tengan relación íntima con la conciencia de su tiempo”.

Es posible que en Pereira sí haga falta ponernos de acuerdo, al menos, en la impresión, circulación y estudio de algunos libros fundamentales, en todos los géneros, que den cuenta no solo de la calidad sino sobre todo de la diversidad de intereses de nuestros autores. Para poder estudiarlos mejor, para comprender y poder respondernos la pregunta de si existe una tradición literaria o si lo que ha habido entre nosotros es una sumatoria de esfuerzos aislados de unos hombres y mujeres por comunicarse sin mucho éxito con sus coterráneos. Sin embargo, esa lista de obras no debería suponer la anulación de las otras ni de sus autores sino más bien una invitación a conocerlas todas, pues seguramente para cada una habrá lectores gustosos de encontrarlas.

Quizá lo que esté haciendo falta sea interesarse más por adelantar investigaciones sobre la edición de libros, los autores y las condiciones históricas y sociales en las que crearon sus obras. Sin olvidar que buena parte de la producción literaria de los autores fallecidos se encuentra inédita. Quizá la discusión que se impone en la actualidad no sea sobre la necesidad de una crítica sino más bien sobre la urgencia de una autocrítica. En cualquier caso, el llamado a los críticos es un síntoma alentador, porque supone una toma de conciencia del ejercicio creativo.

*Se han incluido en este artículo varios apartados de “Algunas notas sobre la crítica literaria”, publicado en El Diario el 7 de marzo de 2021 por el autor (ver).