¿quién establece lo que podríamos llamar literatura como un cúmulo de obras interrelacionadas por un factor en común? Los críticos. Son ellos quienes establecen nexos entre las obras individuales de cada autor y las tildan con epítetos correspondientes al lugar de gestación o al estilo con las que fueron concebidas
Escribe / Mateo Quintero Segura – Ilustra / Stella Maris
No existe literatura regional o local de algún país o ciudad. No. Existen escritores que producen obras de manera individual sin la pretensión de colaborar con la creación de lo que llamamos literatura. ¿O se imaginan a García Márquez diciendo: ¡voy a poner a la literatura colombiana en el ojo mundial!? No. Él quería escribir su obra y ya está, lo otro es juego de los lectores y vanidad de los conciudadanos del Nobel queriendo ser parte de algo ajeno a ellos, obnubilando su nombre para poderle decir, con propiedad: el Nobel de Colombia.
Si esto es así, ¿quién establece lo que podríamos llamar literatura como un cúmulo de obras interrelacionadas por un factor en común? Los críticos. Son ellos quienes, siendo lectores avezados y comprometidos, establecen nexos entre las obras individuales de cada autor y las tildan con epítetos correspondientes al lugar de gestación o al estilo con las que fueron concebidas: literatura italiana, literatura barroca, literatura universal. Y esto me recuerda que hace unos años, específicamente en el 2020 (¡imagínense todo el tiempo que nos regaló la cuarentena que empezamos a discutir sobre crítica en este pueblito!) se dio una discusión acerca de si existía crítica literaria en Risaralda, a lo que se respondió con otra pregunta: ¿y es que existe literatura que se pueda llamar risaraldense? Esto tenía como pretensión llegar al fondo del problema, aunque se haya preguntado con sorna y hasta con desdén, pero se incurrió en un error. Si tomamos como punto de partida las aseveraciones de Ángel Rama que ya parafraseé anteriormente, la literatura de cierta región la deben establecer los lectores, los críticos. ¿Obras? Sí hay, claro está. Pero no habían realizado el ejercicio de acumularlas, reseñarlas y ver si hay algo que las conecte más allá de la región. El único antecedente fue la obra de 1988 de Cecilia Caicedo, Literatura risaraldense. Más de 30 años han pasado y cuando se dio la discusión sobre la crítica nadie había retomado la tarea iniciada por ella. Tuvimos que esperar dos años más –lo cual, desde una perspectiva histórica no es nada, pero es que para nosotros los individuos dos años es mucho–, para que alguien realizara un ejercicio crítico con pretensión de recopilar obras producidas en el departamento.
El 20 de abril de 2022, en el área cultural de Comfamiliar, Wilmar Ospina Mondragón, escritor y docente universitario, autor de la novela Carne para caníbales, dio una conferencia llamada: Nuevas voces de la literatura risaraldense, en la que reseñó varias obras producidas en la región cuyo único requisito es que hubieran sido publicadas en este siglo. Abordó todos los géneros posibles: el cuento, la novela, la poesía, el ensayo, el aforismo y nos dijo: ahí está la nueva literatura de Risaralda. Eso es, en primera medida, lo que hace un crítico. Compila, reseña e invita. Establece nexos y agrupa. Y es que Wilmar no solo nos mostró las obras producidas en el siglo XXI, sino que dijo quiénes eran los antecesores regionales de cada género. Un ejemplo: novelas del siglo XXI son Plaga de Juliana Javierre, las novelas negras de Luis Alfonso Salazar, algunas de Rigoberto Gil Montoya, etcétera; ¿sus antecedentes? Bernardo Arias Trujillo, Albalucía Ángel y el mismo Rigoberto con sus primeras obras. ¿Y que por qué digo, entonces, que no existe literatura sino obras individuales que luego los lectores y, especialmente, los críticos se encargan de vincular? Porque yo estuve reseñado como nueva voz risaraldense en la categoría de ensayo con La frenética desazón y mi referente del siglo XX es, según Wilmar, Eduardo López Jaramillo, ¡y yo jamás lo he leído!
Pero es que así funciona la crítica, ese es su deber. El autor no siempre es consciente de su obra, ni de su repercusión social –o simplemente no le interesa, como en mi caso. Wilmar, entonces, dio el primer gran paso en este siglo para establecer una crítica y una literatura en la región. Pero este paso debe servir como punto de partida y no de llegada. En Aristarco o anatomía de la crítica, Alfonso Reyes establece lo que él llama La escala crítica y sus grados, y nos dice que el primer grado de la crítica es el impresionista; es decir, la impresión que nos generan las obras. Wilmar hizo una crítica totalmente impresionista: nos antojó a los espectadores y nos invitó a leer lo que reseñó con sumo agrado. Resaltó las virtudes tanto de las obras como de los autores. Habrá quien diga que esto no es crítica, sino solo halagos. Y yo le respondo con lo que dijo Reyes: “Ante todo, la crítica no es necesariamente censura en el sentido ordinario. La crítica también encomia y aplaude. Más aún, explica el encomio y enriquece el disfrute”. Y más adelante: “Poesía y crítica son dos órdenes de creación, y eso es todo. ¡Si aun el modesto comentario gramatical sobre el poema es una manera de creación! ¡Mucho más la expresión de las emociones provocadas por el producto de arte!”. Wilmar encomia, aplaude y nos dice la razón de su aplauso, nos hace deleitarnos con sus comentarios y nos genera tanta intriga por saber qué hay más allá de sus palabras que queremos comprar rápido el libro para descubrir el gozo por nosotros mismos. ¡Tanto es así, que apenas acabó la conferencia vendí tres libros, yo, que llevaba meses sin vender nada!
Con su conferencia no solo logró el primer grado de crítica establecida por Reyes, sino que también logró algunas funciones que debe cumplir la crítica según George Steiner en Lenguaje y silencio, específicamente en el ensayo Humanidad y capacidad literaria. Steiner nos dice que la crítica ocupa un lugar modesto pero vital y debe, en primer lugar, “enseñarnos qué debe releerse y cómo”. Wilmar nos dijo qué obras que se hayan escrito en este siglo valen la pena leer y releer, y nos brindó, a su vez, unas claves de lectura para no dejarlas pasar de largo. El mismo Steiner no desdeña, sino que rescata el aplauso, el elogio: “la característica de la buena crítica es que son más los libros que abre que los que cierra”. La segunda función de la crítica es establecer vínculos, y es claro que Wilmar lo hace: interrelaciona el pasado con el presente, las obras de la región con las obras nacionales, los conceptos extranjeros con las producciones locales (novela negra, realismo mágico). Wilmar va más allá de lo que un lector común ve; Wilmar, indudablemente, hace crítica. Sin embargo, es en la tercera función donde se queda corto, lo cual, claramente, es normal. Él da el primer paso, el más significativo, pero se debe seguir el camino trazado. Steiner dice lo siguiente sobre la última y más importante labor de la crítica:
Se refiere al juicio de la literatura contemporánea. Hay una distinción entre contemporáneo e inmediato. Lo inmediato acosa al comentarista. Pero es evidente que el crítico tiene una responsabilidad especial ante el arte de su propia época. Debe preguntarse no sólo si tal arte constituye un adelanto o un refinamiento técnicos, si añade un giro estilístico o si juega astutamente con la sensibilidad del momento, sino también por lo que contribuye o lo que sustrae a las menguadas reservas de la inteligencia moral. ¿Qué medida del hombre propone esta obra?
La crítica, entonces, como última y compleja función debe hablar del arte que se realiza en su propia época, establecer un juicio sobre la literatura, tanto desde el punto de vista estético como de la importancia para el entendimiento del ser humano de ese tiempo y de todos los tiempos. ¿Esta obra que leo realmente tiene una importancia trascendente para la contemporaneidad y para el entendimiento del hombre? Y para lograr esta función de la crítica hay que llegar, irremediablemente, a los otros dos grados de la crítica que establece Reyes: la exégesis y el juicio. O, por lo menos, llegar a la exégesis, porque el juicio es el punto de genialidad del crítico; así como es casi imposible proponernos como escritores llegar a la genialidad de Shakespeare, Cervantes, Borges o Dostoievski, así mismo como críticos el juicio es un punto reservado a la genialidad:
Llamo así al último grado de la escala, a aquella crítica de última instancia que definitivamente sitúa la obra en el saldo de las adquisiciones humanas. Ni extraña al amor, en que naturalmente se funda, ni ajena a las técnicas de la exégesis, aunque no procede conforme a ellas porque anda y aun vuela por sí sola y ha soltado ya las andaderas del método, es la corona de la crítica.
Probablemente esté vedado para nosotros este grado, pero la exégesis es importante para dar interpretaciones profundas y juicios certeros sobre las obras que leemos. La exégesis aspira al título de ciencia y se sirve de tres tipos de métodos: métodos históricos, métodos psicológicos y métodos estilísticos. Si implementáramos aquello en la literatura local, podríamos dar el siguiente paso y preguntarnos sobre la trascendencia de las obras. Quizá porque no hemos realizado este paso es que los detractores se preguntaban con saña si es que acaso en la región había literatura, pues implícitamente la consideran mediocre. Pero es que nadie se ha dado a la tarea de analizar las obras de una manera crítica más allá del aplauso, lo cual es entendible por dos razones: la primera, porque históricamente hemos tenido solo tres puntos de quiebre: la obra de Cecilia Caicedo, la discusión sobre la crítica que se dio en La cola de rata en el 2020 a partir del artículo del autodenominado Lord Violeta y la conferencia de Wilmar; la segunda, porque hacer crítica que no solo señale aciertos sino también errores en un pueblo donde todos se conocen con todos, es muy difícil si uno desea vivir en paz y no rodeado de enemigos en cada cuadra –pues en cada cuadra hay un poeta.
Y es que, a propósito de lo último, en el ya mencionado ensayo de Reyes, al principio mismo, nos dice del doble carácter de irreverencia que tiene la crítica:
Ya se ha dicho tanto que, para el filisteo, el poeta es ave de mal agüero, por cuanto lo obliga a interrogarse. ¡Pues lo que el poeta es al filisteo viene a serlo el crítico para el mismo poeta, por donde resulta que la crítica es una insolencia de segundo grado y un último escollo en la vereda de los malos encuentros!
Ah, el crítico, un doble insolente. ¡Cuántos problemas no se puede granjear por una labor que no genera dinero ni lectores! ¡A duras penas lo lee el autor atacado y ya con eso se gana un enemigo! Quizá por eso el azuzador de esa controversia prefirió mantenerse en el anonimato, prefirió un seudónimo para no recibir ataques directos y poder caminar por la calle tranquilo. Y eso que ni así, porque los que se sintieron atacados buscaron por todas partes métodos deductivos para saber quién era, y atacaron a inocentes como Abelardo Gómez, el director, que, porque él tenía que ser, quién más.
Pero bueno, no nos preocupemos tanto. No es porque seamos pueblerinos que nos suceden estas cosas. Por allá en 1947, en uno de los grandes hitos de la crítica en Colombia, hubo un debate publicado en El Tiempo y reeditado por La cola de rata en el que participaron: Baldomero Sanín Cano, Hernando Téllez, Luis Cardoza y Aragón, Daniel Arango y Andrés Holguín. Hernando Téllez, crítico de la crítica, dijo que para haber crítica se necesitaba de cierto ambiente propicio, cosa imposible puesto que todos se conocían y la misión quedaba impedida por el “puntillo parroquial”. A lo que Luis Cardoza y Aragón respondió: “En México ya no existen esos recelos. Nos metemos fuertemente en las obras de los amigos, ¡y tan amigos! Es necesario que ustedes salten por sobre esas prevenciones”. En cuanto a lo que a mí respecta, también he superado ese recelo. A mí no me interesa el desdén, porque como dicen por ahí, un libro es como un hijo, y a mí no me gustan los hijos, así que pueden sabotearlo como quieran, que bastante consciente soy de sus errores y además separo la obra del artista muy fácilmente. Es que después de muerto se podrán seguir leyendo mis ensayos, si es que a alguien le llegara e interesar esas disquisiciones sin fundamento ni objetivo, pero yo solo seré polvo. ¿Cómo no vamos a estar separados?
Antes de que Abelardo leyera mi libro le pedí el favor de que le hiciera una reseña cuando lo acabara, y él aceptó. Después de leerlo me dijo, con su amabilidad y certeza, que no podría hacerlo porque tenía algunos errores, tanto de edición como de otra índole, y que no escribiría sin resaltar aquello. Por mi parte no hubiera tenido ningún problema, pero él no quiso generarse disgustos, acostumbrado a los problemitas de esta ciudad. ¿Y que, si no me importa lo que digan de mi libro, por qué no digo cuáles son esos errores que vio Abelardo? ¡Tampoco hasta allá! ¡Si no los publicó él, para qué me voy a autosabotear yo! ¡Ni más faltaba!
Así que hay que superar el amiguismo, como se ha llamado. Pero es que nos creemos tan importantes, y nuestra obra es tan, tan seria, que no puede ser denostada. ¡Tan importantes somos, que el tal Lord Violeta tenía miedo de decir su nombre que porque dizque tenía miedo de que lo desparecieran!
Hemos estado demasiado expuestos a la desaparición, al desplazamiento, al modus operandi de guerrillas, paramilitares, narcotraficantes. Al blanqueamiento, a la colonización, al ninguneo, al chisme, al panfleto, al cisma, a la expropiación, a la esclavización, que lo que menos quiero es que en el ejercicio literario alguno de los nuestros no trace los límites de su credo.
Ahí sí me río un poco. Quisiera contestarle con lo que le dijo Cortázar a Pizarnik:
El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima.
Ni siquiera tenemos hoy en día el privilegio de morir de una manera honrosa como aquella, por un poema, por una palabra hermosa. Ya pasó el tiempo del protagonismo del poeta, y más hoy en día en que proliferan tantos y tan poco se leen, y tan poco escriben en realidad. Así que, bueno, habría que bajarle un poco a nuestra falsa importancia para aceptar con gusto la crítica merecida que se le haga a nuestra obra, lo cual enriquecería tanto a la literatura de la región como a la crítica de la misma. Debemos aprovechar el auge de esta controversia, la génesis del pensamiento crítico. Obras siempre ha habido, como lo demostró Cecilia Caicedo. La cuestión estriba en que hoy hay críticos y difusión de la crítica, aunque siga siendo impresionista, y aquellos resaltan las obras, las reseñan y nos invitan a leerlas. Además, contrario a lo que se ha pensado con la separación de crítico y creador, aquí los críticos son, a su vez, narradores y poetas, lo cual ayuda bastante, ya que los aficionados a la literatura que los leen cuando se desenvuelven en otros géneros se empiezan a interesar en todas sus producciones, y leen aquellas pequeñas críticas que realizan. Esto hace que la crítica tenga otros lectores que no sean solamente los que estamos interesados en estas bagatelas que son los asuntos literarios, o los asuntos del “arte”, que entreteje naderías, como diría Borges.
La otra opción que tenemos, además de superar el amiguismo, es que aparezca un crítico entero. Es decir, un crítico que no solo pueda hablar de las obras escritas aquí, sino también de cualquier obra de la literatura universal, o mundial, como le gustaba decir a Reyes. Porque si bien es cierto que hasta el solo hecho de tachar o corregir un verso de nuestro propio poema es hacer el ejercicio de la crítica –lo cual manifiesta que siempre ha existido y existirá–, los grandes críticos necesitan cumplir ciertos aspectos específicos para que su obra sea equiparable a las obras de las cuales hablan. ¿Y por qué propongo esto? Porque cuando hablan de la crítica en Pereira y en Risaralda, se refieren siempre a críticos nacidos en la ciudad, hablando de obras surgidas en la ciudad. ¿Y por qué? ¿Acaso una persona de una región solo puede hablar de obras producidas en la región en la que nació? ¡Cuidado, Steiner, que vos no podés hablar de Tolstoi y Dostoievski porque no sos ruso! ¡Ojo, Bloom, cómo vas a hablar de Shakspeare si no sos británico!
Ese cuento de que por haber nacido en fronteras culturales entonces debemos escribir solo de obras fronterizas debe acabarse. Aquí hay gente capacitada para decir algo importante sobre cualquier obra del mundo, pero nos rebajamos a nosotros mismos. ¡Somos tan temerosos! Y digo lo anterior porque en los trabajos de grado tanto de la licenciatura como de la maestría en literatura de la UTP ha habido trabajos investigativos que utilizan grandes conceptos y hablan de grandes obras con propiedad y agudeza, pero que se quedan en eso, en trabajos académicos que nadie lee y que perecen en los anaqueles de los repositorios. El único que lo lee es el que escribirá algo similar, ya sea desde el mismo concepto o sobre el mismo autor y que necesita revisar “el estado del arte”, porque ni siquiera el asesor. La mayoría de asesores ni revisa el trabajo de grado de los aspirantes a licenciados. Solo les interesa figurar en la portada y contraportada para adjuntarlo a su hoja de vida y ganarse la plata extra. ¿Y si queda mal el trabajo, acaso no quedan mal ellos también? ¡Pues claro, pero quién se va a dar cuenta, no les digo que nadie lo lee!
Así que capacidad sí hay, pero solo se enfocan en cumplir con la exigencia de la academia para el grado. ¡Ay, que las normitas APA, que las citas de más de 40 palabras, que la bibliografía! Yo por eso nunca adjunto bibliografía. Que dizque hay que hacerlo para constatar la fuente, y nadie la constata, nadie va a leer un libro de 300 páginas para verificar una cita de un renglón en un ensayo de 4 páginas. ¡Desocupados que fuéramos, no ven que hay que trabajar! Ah, que hay que hacerlo por “rigurosidad”. ¿Y si me inventé las citas? Para mí es muchísimo más riguroso un ensayo con citas falsas de Borges que gran parte de esos artículos académicos. Y si no están de acuerdo, me pueden refutar que yo no me enojo. Eso sí, mucho ojo que si me van a citar yo no soy Mateo, ¡soy Quintero, M. 2022!
Según Baldomero Sanín Cano, una cosa son los polemistas y otra son los críticos. En primera instancia, los polemistas creen tener siempre la verdad en su boca, y atacan al autor más que preguntarse sobre la obra. El crítico, para Baldomero, debe ser un escéptico, un ser que duda ante lo que lee, contrario a los polemistas inmersos en su cerrazón. Pero no solo ello. Hay otras características necesarias que debe tener un crítico cuya obra se asemeje en calidad a las grandes obras literarias de las que reflexiona. En el texto La crítica en Colombia, recogido en El oficio de lector, Sanín Cano le responde a Téllez acerca de su preocupación por la falta de críticos en Colombia. Baldomero toma a Saint–Beuve como el prototipo de crítico con calidad literaria semejante a la de los poetas y novelistas. Y lo describe así:
Saint–Beuve poseía la gran preparación forzosa para el crítico: el conocimiento del pasado literario del mundo, la posesión de lenguas vivas con sus literaturas y la historia de los sucesos históricos relacionados con la vida literaria de cada país: una memoria pasmosa, un gusto firme, una inmensurable capacidad de trabajo.
Tener estas características no es algo descabellado en nuestra región. Conozco a muchos que conocen lenguas extranjeras e incluso se aventuran a hacer traducciones que quedan de una gran calidad. El conocimiento del pasado literario es algo, incluso, frecuente por la buena preparación universitaria y por la pasión de muchos otros lectores. Lo otro es dedicación, esfuerzo e investigación. La posibilidad está latente. Eso no quiere decir, empero, que teniendo estas características la crítica llegue a ser literaria. Para ello se necesita algo más, algo que toda obra que aspire a ser gran literatura necesita: el estilo. El profesor Edwin Alonso Vargas, en su texto Entre el andrógino y el eunuco: literatura, filosofía, crítica y estilo nos lo aclara: “En este punto de inflexión, a saber, el lenguaje y el estilo, radica la diferencia entre una crítica literaria y otra no literaria”. Esto es mucho más complejo, claramente. Y es que la crítica, como ya citamos a Reyes anteriormente, es también otra forma de la creación, aunque se encuentre subordinada a las demás obras. Sin embargo, ¿qué obras no están subordinadas a otras? Si yo escribo una novela, ¿no estaría siguiendo la tradición instaurada por El Quijote? La literatura es una gran cadena de subordinaciones y desarraigos.
Que surja o no aquel gran crítico en Pereira lo determinará la historia. Y si no surge, realmente no me preocupa. Yo me adhiero, otra vez, a Sanín Cano:
Cuanto, a los críticos, ¿qué importa que no los haya? Sería, por ejemplo, una real pobreza que no hubiese entre las estrellas de nuestro firmamento literario ni poetas, ni novelistas, ni grandes oradores, ni filósofos explicativos. Pero la falta de críticos no debe consternarnos.
El crítico es una especie literaria que, sin dejar de servir a pocos lectores, cuando es de primer grado, de intenso deleite, no hace mínima falta […] No es absolutamente indispensable que exista […] El crítico es el personaje que viene a explicar la obra de los verdaderos artistas
Lo importante es que no dejen de haber poetas, cuentistas, novelistas. Y viendo los portales literarios, los eventos, los recitales, la conferencia de Wilmar, es claro que no dejarán de existir. Pero, a pesar de todo, ojalá aparezca ese gran crítico. ¿Yo? No, yo jamás. Yo solo escribo y leo para explicarme, para entenderme. ¿Para volverme más bueno? ¡Jamás! Tan ingenuo no soy. ¿Para humanizarme? Quizá. Desde el punto de vista errado de creer que lo humano está relacionado con lo éticamente correcto, no. Pero si consideramos lo humano como la característica en la que confluyen tanto lo más aberrante como lo más loable, sí. Porque, a decir verdad, hermanos, yo me deleito tanto en el bien como en el mal, si es que esas categorías existen.


