La princesa pregunta y pregunta: ¿por qué los adultos hacen esto? ¿Por qué no hay felicidad? ¿Por qué la guerra? Y el juguete en su total consciencia y sabiduría le respondió: no sé, no sé, no sé.  ¡Qué persona sensata tiene una respuesta para la guerra! ¡Nadie! Para la guerra no hay excusas: es un juego vil y perverso de adultos.

DSC_4374Por: Simón Blair

Fotografías: Alexis Múnera

Esta obra dirigida y escrita por Héctor Ramirez, de la Fundación Cultural Crearte, se plantea una de las preguntas que yo considero en calidad de espectador, la más importante: ¿qué podemos hacer para no enviar nuestras juventudes a la guerra? ¿Cómo, los adultos, debemos impedir esto? Pues sabemos que ellos solos no tienen la capacidad para discernir y casi todo lo hacen por el espejismo de sus adultos. Esta divertida y entretenida obra de teatro trata, más o menos, de ofrecernos un antídoto contra la guerra y la violencia: la alegría y la felicidad.

Puede que resulte muy idealista, muy caprichosa o muy ingenua; pero al parecer no hemos encontrado otras armas para combatir la violencia que cada día tenemos que soportar; o bueno, son las herramientas más fáciles – o más difíciles- de conseguir. A través del conocimiento y de la razón podemos encontrar también la felicidad y su función depende de contagiar de ella a los demás.

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La obra empieza con una alusión al desastre y la tristeza -conjuros que solo hacen feliz al masoquista- como la reina Noira de Hamelín ha mandado a decretar: el día de la santa tristeza, en donde se hace un honor malévolo a la desaparición de todos los niños del reino (al parecer como el flautista de Hamelín, en señal de rencor, decidió llevarse a los niños del pueblito alemán) y donde se practican los juegos más perversos del mundo. Es una alegoría al desastre de un mundo sin niños, donde ellos se han llevado la alegría y con ellos los objetos partícipes de esa inconmensurable felicidad: los juguetes.

Debe ser terrible llegar al día en que no somos más niños, en que nos alejamos más de nuestros padres y comenzamos a convertirnos en nosotros mismos, donde en la habitación más oscura y vacía sólo escuchamos nuestra respiración y quejidos. La princesa, hija de Su Majestad Noira, se da cuenta de esto mirando su vestido; tan corto, descubriéndole las piernas enganchadas en tornillos y alambres. Tal vez eso signifique, simplificando, no ser más niños: el desgarrador encuentro con la realidad que antes un manto de fantasía solía cubrir en provecho de nuestra corta edad e indiferencia.

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En medio de los festejos lúgubres, llega de la nada –pleonasmo en teatro un flautista de nombre Bermellón, con un atuendo totalmente distinto al acostumbrado a usar en el pueblo desde la acaecida desgracia; quizá a inventar alegrías o a crearlas; a provocar a los góticos personajes. Este hombre logra llegar hasta la torre donde se mantiene secuestrado el Juguetero, que desde hace tiempo solo tiene licencia para crear armas; juguetes que solo los niños –y en caso de que regresen– manipularían. Sin embargo, la locura de este personaje no es apta para el desastre y está tan infundada en la imagen del científico loco, que no es otra cosa que bien lo que puede crear. No es la típica locura de decidir por el bien propio y de armar guerras en medio del desastre y hablar en nombre del bien común mientras se  deja todo peor de lo que estaba.

Bermellón logra convencer al Juguetero de viajar hacia una tierra lejana llamada Murcielagario y le obsequia un globo que será su medio de transporte. ¿Murcielagario? Qué nombre más inapropiado para una misión, pues quien piense en este lugar creerá que terribles desgracias caerán sobre sí mismo. Termina siendo el lugar más feliz del mundo, donde alegres niños -o vampiros, o humanoides-juguetes- conviven con la inocencia que la infancia, por naturaleza, puede traernos.

Mientras tanto, en Hamelín, la princesa se da cuenta de su realidad, inevitable: ya no es una niña, lo logra aceptar y emprende su camino hacia Murcielagario, donde aspira descubrir grandiosas cosas. ¡Hay juguetes por todos lados! Quizá sí hay una esperanza para los niños del mundo y una desgracia para la estúpida y obligatoria guerra. Con un manto de esperanza y juguetes la princesa se convierte en la nueva reina que traerá buenas señales a Hamelín.

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A consideración mía, o a mi juicio, creo que uno de los diálogos más importantes es el que se expresa en el personaje de la princesa y uno de los juguetes que antes pertenecía a su reino. La princesa pregunta y pregunta: ¿por qué los adultos hacen esto? ¿Por qué no hay felicidad? ¿Por qué la guerra? Y el juguete en su total consciencia y sabiduría le respondió: no sé, no sé, no sé.  ¡Qué persona sensata tiene una respuesta para la guerra! ¡Nadie! Para la guerra no hay excusas: es un juego vil y perverso de adultos.

Murcielagario es una obra de teatro, como ya lo dije, entretenida y divertida, pero además nos centra en nuestro problema como seres humanos que convivimos -por obligación o naturaleza- con otros seres humanos y tal vez nos brinde la solución a este choque: aprender a jugar como niños.