Este yuppie no tiene parangón. Es ilustrado a la manera televisiva y radial (¿intelectualidad a lo Donald Trump?). Nunca ha comprado un libro. No ha leído a De Quincey y su “Del asesinato considerado como una de las bellas artes” ni oído la interpretación de la vida trágica del Beethoven sordo. ¿No es esa Ivana Trump?

Por: Diego Firmiano

Patrick Bateman (Christian Bale), el yuppie psicópata de American Psycho (2000) dice al final de la película: “De mi relato no puede extraerse ningún conocimiento nuevo”Pero Bateman se equivoca, porque Bateman es un idiota. O al menos un tarumba, hijo del vértigo social y cosmopolita por el reconocimiento y el éxito empresarial.  ¿No es ese el carro de Donald Trump?

Contrario a la opinión de un crítico de cine que afirme que esta obra es “estética, erotica, thriller y hasta nihilista” realmente esta película es sardónicamente divertida sin posibilidad de etiqueta. ¿NC-17? ¡Vamos!  El rojo es blanco, y los trajes de paño, de tres botones, ochenteros, son para clubs sibaritas neoyorquinos, no para ejecutivos del Empire State.  Bateman cuenta chistes psicópatas de Ed Gein, Ted Bundy en una charla misógena sin crear tensión. Lo realmente tenso es la competencia entre yuppies por las tarjetas de presentación con rótulos dorados, gramaje, papel, y letras fuente Silian Rail o Romalian.

Esta producción basada en el libro de Breat Easton Ellis, es divertida hasta la saciedad. Tan divertida, que cada vez que Patrick Bateman asesina a alguien, no deja al espectador indiferente ante las instrucciones para contar chistes a lo Kurt Vonnegut: “¿Cómo funcionan los chistes? El comienzo de los buenos te obliga a pensar. Somos unos animales muy serios”. Bateman es un asesino mental, un merluzo que mata a lo surrealista, y esto mientras se extasía hablando de Whitney Houston, Phil Collins, trajes Valentino Couture, consejos faciales, y graba y edita sus propios videos Snuff.

La seriedad de este Wasp (White, Anglo-Saxon and Protestant) es lo que hace que un cine-vidente se descuajeringue de la risa. Claro, Bateman no aniquila a nadie con una sonrisa a lo Hannibal Lecter, pero ver a Bateman desnudo, en tenis Fila, corriendo por un pasillo mortecino, con una motosierra detrás de una prostituta, es lo cómico; o seguirlo mientras baila y se encaja un traje de plástico para matar a su socio Paul Allen (Jared Leto) a culatazos de hacha mientras escucha pop.  ¡ti-ti-ti-ti!

Este Yuppie no tiene parangón. Es ilustrado a la manera televisiva y radial (¿intelectualidad a lo Donald Trump?). Nunca ha comprado un libro. No ha leído a De Quincey y su “Del asesinato considerado como una de las bellas artes” ni oído la interpretación de la vida trágica del Beethoven sordo. ¿No es esa Ivana Trump? Lo más cercano a escribir es un diario que guarda en su oficina con dibujos de personas mutiladas de mil maneras. Unos bosquejos tan tiernamente sangrientos que reducen a la familia de Charles Manson a una versión infantil de la matanza en Beverly Hills.

Pero Bateman es metrosexualmente normal. Tiene 27 años. Cuida su rostro más que su alma. Sigue una dieta equilibrada y un programa de ejercicios rigurosos. Si tiene la cara hinchada se pone una máscara relajante. Después del baño se aplica una loción para limpiar los poros. Luego una mascarilla facial de menta y un bálsamo para el contorno de ojos y antiarrugas.  Ah, y usa lentes ¡Oliver People!

Después sale al mundo salvaje y competitivo de New York y resucita a Mr Hide, y por qué no, el doctor Jekyll, pues ambos son uno solo. Cualquier cosa sosa puede provocar una reacción en cadena para asesinar:  una persona estúpida; una tarjeta de presentación mejor que la suya; no encontrar reserva en el Arcadia, Camols o en el Dorsia, restaurantes yuppies de la gran manzana y hasta un encuentro homo erótico es un catalizador sangriento.

Tiene hándicap. Indudablemente siente que lo tiene. Por eso como caballo encabritado que respira aire caliente por sus hondas narices, mata. Mata un indigente negro, una anciana, dos furcias, un ejecutivo. Intenta matar a su secretaria, pero la encuentra fofa. Y en el momento que pone su pistola Glock en la cabeza del gato para introducirlo en un cajero automático, se desata el infierno. Despacha 4 policías; hace explotar dos patrullas; un conserje que le sugiere fumar es perforado; barre un aseador, testigo en la escena del crimen y fulmina a una adorable anciana con un abrigo de piel. ¡Mata!, ¡mata!, ¡mata!

Una última persona se libra, el conserje de su edificio, ya que, al meter su mano en el gabán, saca no su arma, sino un lapicero para firmar la minuta de ingreso a su apartamento. Cada pistoletazo, cada gesto de Bateman o ver arreglar su lacado cabello mientras asesina, es sugerir a los espectadores del plató, nosotros: ¡sonrían!

 

Un crítico de cine se halaría los pelos con esta impresión.  Pero esta película, como afirma David Foster Wallace, es satisfacer el sadismo del publico durante un rato, para al final corroborar que el objeto de ese sadismo es el cine vidente en sí.  Se puede oír a los vecinos golpear la pared mientras gritan que apaguen la risa, mientras alguien ve American Psycho, en pareja, y por qué no, en familia.  ¡Simplemente cool!

Así, un cinéfilo que aguante ver sangre y glamour durante 1:42 minutos, descubrirá que de la mente de Bateman surge la poesía de Thomas Browne “there is another man withim me that`s angry with me”.  Lo irónicamente clínico es que Bateman no está rabioso, Bateman disfruta asesinar porque es un idiota. Al confesar sus crímenes nadie le cree; cuando intenta deshacerse de los cuerpos, una inmobiliaria los ha blanqueado; al eliminar una evidencia femenina descuartizada lo embolsa en una tula púrpura Jean Paul Gaultier y toma un taxi en la 5ta Avenida. Come cerebro (al menos lo confiesa) pero lo encuentra sin clase al no estar aderezado con mantequilla, champiñones y un glaseado de pimienta o gelatina de lima. Claro, acompañado de un vino blanco Chardonnay.

Al final Bateman, en una escena espectacular con un spotlights encima, se quiebra como una caña cascada, reconoce que está enfermo. Pero en esencia no es él el malestar cosmopolita. Él no está enfermo, pues disfruta aquello, como disfruta un canapé de queso de cabra con especies. El verdadero síntoma o patología es la nerviosa sociedad norteamericana, porque American Psycho  es un chiste irónico contado a lo Broma Infinita de David Foster Wallace. ¡Sonrían! Ha empezado la matanza.