Es difícil poner de nuevo en palabras lo que ya tomó tanto esfuerzo a otra persona, reducir la complejidad de los relatos y la profundidad de las reflexiones que suscitan las condiciones de esta guerra.

 

Por: Gustavo Osorio

Siempre recuerdo con firmeza los libros que me han obligado a dejar la lectura, los que me impiden continuar a pesar de lo mucho que atraen, o los que por momentos quiero dejar, y entonces llega una página, una frase que hace valorar la paciencia, el esfuerzo de haber continuado y, sin embargo, debo parar.

Al contrario de muchas otras lecturas, en estas no hay prisa. En la universidad calculaba las páginas diarias que debía leer para cumplir con la meta de lectura; a veces, también por necesidad de instruirme, me ponía metas diarias, quería avanzar y leer lo más posible cada día, me inundaba una inocencia inútil, una suerte de capitalismo del conocimiento, un consumo desmedido.
Ya no es así, no hay un número de páginas diarias que deba o quiera leer, solo abro el libro y leo. Por mucho tiempo creí que no había libro más desafiante al sentido de la justicia y lo correcto que Los miserables, que no había vicisitudes más agonizantes que las de Jean Valjean o Fantine. Entonces leí a Svetlana Alexievich. La fuerza narrativa de su libro La guerra no tiene rostro de mujer es una mezcla de la grandeza del espíritu y las bajezas del alma.

Es difícil poner de nuevo en palabras lo que ya tomó tanto esfuerzo a otra persona, reducir la complejidad de los relatos y la profundidad de las reflexiones que suscitan las condiciones de esta guerra. La única idea que logra concretar un poco el sufrimiento de la Unión Soviética es la relación demográfica. En 1945, año en que termina la guerra, Colombia no tenía más de 9 millones de habitantes; en los cuatro años que lucharon contra los Nazis, la Unión Soviética reportó más de 20 millones de muertes, aunque hay quienes dicen que las cifras postguerra elevan este número a cerca de 30 millones.

Sea 20 o 30, lo cierto es que en esa guerra Colombia podría haber sido asesinada más de dos veces. No logro imaginar todo un país consumido hasta sus raíces. Todo un pueblo en función de una sola cosa. Nuestra guerra ha dejado más de 200 mil muertos en 70 años, la de ellos dejaba eso en un par de meses, cuando no en semanas. No quiero que se entienda que nuestra guerra es menos terrible, solo quiero que se comprenda el esfuerzo que debe hacer un país entero para sobreponerse a esto, y aun así, ninguno de los dos países lo ha hecho.

Las realidades individuales son diferentes a las colectivas. Mientras el 7 de mayo para muchas de las mujeres que relatan su pedazo de vida en la guerra es el recuerdo de un sufrimiento que se prolongó más allá de las armas de los Nazis, para la mayoría del mundo es el final del terror que había desencadenado Hitler.

Así como a quienes abandonan las zonas de conflicto en nuestro país solo les espera la hostilidad de las ciudades que recorren sin rumbo buscando maneras de sobrevivir; para estas mujeres, volver vivas de la guerra era una maldición.

Ellas, que habían defendido la patria, eran tratadas como putas y monstruos. Se les negaba la posibilidad del orgullo, de la valentía. En la guerra eran heroínas, mujeres como ninguna otra, los hombres las respetaban, las llamaban hermanas, después de la guerra, sólo les correspondió el olvido. Por muchos años el silencio fue la norma, inclusive 40 años después del fin de la segunda guerra mundial, muchas confiesan sentir miedo. Preguntan: ¿ahora permiten escribir sobre eso?

Hace mucho que no leía un libro tan certero, un retrato tan vívido de una época, una representación tan cruda de la guerra. Hace mucho no pensaba en que la sangre es roja, que se escapa del cuerpo con la misma facilidad que lo hace el agua de un grifo abierto. Hoy estoy vestido de rojo, dos de las mujeres que hablan en el libro sufren cromofobia a este color debido a la guerra. Nunca había pensado en que el dolor se pudiera manifestar de tantas formas.