Con los catorce años de existencia que tiene La Escafandra Teatro comienza a hacerse justo que entregue al público —no necesariamente con regularidad— unos exámenes más precisos. El grupo, conformado por docentes, estudiantes y administrativos de la Universidad Tecnológica de Pereira, cuenta en su repertorio con trabajos como Cuentos dulces para niñas hipoglicémicas, El regreso de la anciana dama, Las ausentes y El cuarto de Verónica. Desde el 2008 hace parte de la Asociación Pereirana de Grupos de Artes Escénicas (APGAE) y sigue apostándole a la renovación y creación constante, lo que hace que se mantenga a la vanguardia.

  

Por: Elbert Coes

La lista de dudas acerca de la vida de William Shakespeare, El Bardo, es infinita: que si era Francis Bacon, o la suma de todos los intelectuales y eruditos de la época isabelina o el principal Mans of the King. Al respecto, todo es ambiguo. La que llega a este tiempo es con certeza una obra firmada bajo el mismo rótulo, estructuras similares y arquetipos sincrónicos. El First part contiene en total once tragedias, compendio de las treinta y cinco dramaturgias, lo que aquí concierne.

De ahí que al retomar tópicos de su infancia o vejez sea preferible expresar la obra invisible, es decir, aquella no escrita, la inexistente. Y si me permiten nueva tesis, un remake es una obra no-escrita de su autor original, una hoja en blanco para pintar y escribir lo que el creativo desee, el segundo que precede al sueño, la tonalidad sin el sonido. Descarto entonces aquí cualquier pretensión biográfica.

La anécdota de interés resulta turbia como la vida del autor, la aldea que lo crio, sus registros oficiales, aquel reino que en lugar de una, fue tres, cinco y hasta ocho naciones. División por ostentación. Tres actos para la comedia, cinco para lo trágico, por defecto. Exceptúense las excepciones. ¿Lo ven? Bastante confuso.

Sus obras son las más representadas en más países que las de cualquier otro dramaturgo que haya pasado por aquí. Dicen los británicos, y eso es palabra de honor. ¿Quién podría dudar de semejante certeza? Reafirmarla no es responsabilidad de La Escafandra: en el caso que me ocupa, su propósito es reproducir el teatro con altura, ya que —como diría mi querido Diego Vélez— “Shakespeare siempre tuvo la razón”.

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La grandeza de una obra debe ser corroborada por su interpretación. Cuando sucede lo opuesto, la magnificencia de aquella se reafirma. Macbeth, cada vez más vívida y necesaria, gracias al enigma de la mente de su protagonista, se sobrepone a sus decadentes rehechuras y enaltece aquellas obras que más o menos logran el nivel de la tragedia escrita cinco siglos atrás.

Durante el oscurantismo tardío escocés, por émulo de Jacobo VI (James), el rey Duncan sostiene sobre sus hombros una nación débil y dicótoma. Mediados del siglo XV, y las brujas encuentran en la sociedad tierra fértil para sembrar su simiente; de facto, hechizos, premoniciones y al parecer también cizaña. Calma, que nadie se hinque, yo siempre estoy del lado de una dulce mambabarang.

La obra de La Escafandra, sin espadas ni cetros, y sangre simulada con ceniza roja al aire, sigue el relato al pie de la letra, repitiendo además los diálogos, cualquiera haya sido su traducción. ¿La historia?: Escocia y Noruega se hallan en una guerra absurda, como toda guerra, y en lugar de aniquilarse nación contra nación, los celtas se autosabotean desde dentro.

La caída comienza con la victoria. Dos soldados de vuelta a casa son encarados por el trío de las Hermanas Fatídicas y estas les auguran éxito y sangre. Ignoro si la profecía se cumple por aptitud de las mambabarang o si simplemente estos dos sujetos, Macbeth y su leal Banquo, hacen todo lo posible por acomodarse a lo dicho por el oráculo. Sea cual sea la respuesta, yo también lanzaré mi vaticinio.

Horas más tarde, por decreto del rey Duncan, Macbeth es congraciado barón de Cawdor y, apenas poco más tarde, tras el nada misterioso asesinato del rey, Macbeth llega a ocupar el lugar de Duncan. El hecho se resuelve durante una velada, cuando Leidy Macbeth decide quedarse con el reino a como dé lugar.

¡Uy! Eso sonó bastante dramático.

Así, en los siguientes actos tenemos cataclismos mentales, invocación a la Divina Providencia, reflexiones insanas, monólogos en plano secuencia y una doble traición del barón de Cawdor. El crimen como antivalor queda plasmado de forma contundente en la muestra de La Escafandra. Elogio por ello la claridad. El lenguaje de los personajes quizá tan poético como el que subyace en el drama original y la danza alegórica, erótica y tensa entre los esposos Macbeth logran que como espectador por momentos me sienta alucinado.

Después, igual de admirable, está la transformación gradual del protagonista: su naciente sed de poder, el homicidio para esconder el homicidio, la transgresión a sus principios, a su humanidad, el inicio de su desconfianza al leal Banquo, y que enmascarado y perdido se precipita en dirección al caos y a la ruina. Parafraseando su desazón, el brote de sus propios demonios —como un mantra de autoindulgencia—, esgrime que unos predican ante los amigos a quienes consideran enemigos para luego asesinarlos. El Macbeth de La Escafandra divaga, cela y lloriquea, es noble y bondadoso a la vez que cruel y despiadado, igual que todo poseso lleno de codicia. Estos son los personajes que admiro, los rotos, los impredecibles, los ambiguos. Ambiguos como los oráculos.

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Sin apresurarme a enjuiciar el resultado de la obra —nuevo acto del grupo teatral, por cierto—, presentada apenas un par de veces, destaco la coreografía en general. Y en particular, el instante en que entran en escena las parcas, la magistral imagen de Hécate y todo su séquito de brujas henchidas que más que adorarle celebran su aparición. Si las posesiones me dan pavor, los aquelarres me fascinan. Y esta es una de las escenas más extraordinarias que he visto sobre las tablas.

Y sí, he visto suficientes.

Elogiable también la interpretación del Banquo. Ágil en sus palabras, creíble en sus actos. Es una pena que el intérprete, tras el fallecimiento de su personaje, es decir, cuando pasa a ser uno más del drama, cuando abandona el papel de Banquo, se debilite, como si quedara en el limbo y le resultara difícil adaptarse a la obra siendo otro que no Banquo. A algunos actores por momentos se les desconfigura el acento. Exceptúo de este punto a Lady Macbeth, quien pareciera hecha para su personaje. La actriz refleja con nitidez la tiranía y la avaricia, y su perfil semejante a la reina de Corazones de Lewis Carroll logra seducir tanto al esposo como al público.

Desde el tranquilo lugar de quien contempla una pieza maravillosa —tanto que procura escribir de ella—, un poco la mirada de un crítico, apostaría por: desteatralizar a los actores, hacerlos más naturales, extrapolar el relato a la actualidad, resaltar la coreografía y minimalizar los diálogos de modo que resulte innecesario seguir el Macbeth de Shakespeare al pie de la letra. Creo, sin temor a errar, que la coreografía de La Escafandra se halla a la altura de los grandes teatros. No tanto así la interpretación de sus diálogos, que, a contrario sensu, están al nivel de los teatros más facilistas.

Como si tuviera que hablar de Shakespeare, de Francis Bacon o de los Mans of the King, y lo evito —he dicho bastante sobre la obra no-escrita—, así mismo me perfilo a la anécdota, que es donde tengo competencia. Porque, ¿quién soy yo para efectuar criterio sobre luces, dirección y montaje y… música? Okey, música sí. De música tengo algo qué decir: entre el ruido y la furia me quedo con la furia. La música debe ambientar, esa es su función, a menos, claro, que hablemos de un musical. Macbeth o ninguna otra obra necesitan ensordecer al público para calar hondo. La sutileza de un sonar suele llegar más profundo a la sique que la extravagancia de una bocina.

Es posible que se requieran más elementos que el mero diálogo para que el espectador salga de sí y se adentre en la época y la anécdota que nos legó William Shakespeare. Como mis gustos son simples y soy de paladar pastoso, entre vestuario y coreografía apuesto todo a que cuando la obra esté bastante madura, La Escafandra tendrá un lugar respetado entre aquellos que osan reproducir Macbeth, quizá la más trágica de las tragedias. De antemano sea dicho, la interpretación es joven, los actores son jóvenes, la ciudad es joven. Así que hay tiempo para la puesta en escena y para la contemplación del público, que no debe afanarse porque —léase como un oráculo ambiguo— tarde o temprano, podrá presenciar una obra de arte.

 

Ficha técnica

Título: Macbeth

Autor: William Shakespeare

Director: Julio César Sánchez

Año: 2018

Lugar: Auditorio Jorge Roa Martínez, UTP

Duración: 1 hora y 45 minutos