Ad portas de la conmemoración de la Batalla de Boyacá, en redes sociales y medios se aviva el debate por la identidad colombiana y el significado de la independencia en tiempos de la aldea global. Entre todas sus aristas hay que hacer eco a la pregunta por el pasado negro y la presencia afro en nuestras manifestaciones culturales.

 

Por / Laura Rincón López

Una de las consignas que más llamó mi atención el pasado 13 de julio en las manifestaciones de Puerto Tejada, Cauca, fue: “no aparecieron muertos, los asesinaron”. Ánderson Arboleda y Janner García fueron asesinados por la policía, “por negros, por pobres y por ser del litoral”, como dice la poetisa afrocolombiana Mary Grueso sobre la violencia ejercida sistemáticamente en las poblaciones afrodescendientes del país.

A dos meses de los hechos las investigaciones no han avanzado, la única justicia que tienen las madres de los asesinados es alzar la voz para llamar las cosas por su nombre: homicidio, racismo, odio, discriminación. Los actos de odio y las protestas sociales consecuencia de ellos, obligan a que nos cuestionemos, por milésima vez, por la representación que tiene lo negro en nuestro imaginario de cultura nacional, ¿qué tiene que ver la cultura con la violencia sistémica que sufren las comunidades negras del Pacífico y el Caribe colombiano?

 

La independencia de los esclavos

Estos acontecimientos no son aislados, hacen parte de una tradición de olvido y racismo tan añeja como el patriotismo y el culto a Bolívar. Que la conmemoración de la Batalla de Boyacá sea excusa también para recordar que muchos de los libertadores y próceres de América estaban de acuerdo con la esclavitud, no para hacer de jueces de la moral, sino para reconocer la raíz de nuestras prácticas culturales racistas y discriminatorias.

Cuentan los rumores históricos que Manuel Piar Gómez y José Prudencio Padilla, luego de servir toda la vida al ejército patriota y recolectar victorias para ellos, fueron fusilados con la complicidad de los altos mandos militares, incluido el mismo Bolívar. Su delito fue tener ascendencia negra en un clima de inestabilidad política tan grande, que hacía temer a los dirigentes por una ‘sublevación racial’, es decir, una represalia armada de los pueblos negros contra el sistema esclavista.

La idea de patria para las élites criollas que lucharon por la independencia nunca elaboró un proyecto serio de inclusión social para la población negra, que para 1823 representaban un 5% del total de habitantes de Nueva Granada, entre ‘libres y esclavizados’. Lo cierto es que antes de 1810 ya muchos negros habían huido de sus amos para independizarse, fundar las llamadas repúblicas cimarronas y vivir en Palenques, organizados en contra de las misiones de españoles y criollos que pretendían arrancarles de nuevo su libertad. Es el caso de la comunidad de San Basilio, en el departamento de Bolívar, la primera población africana libre en suelo americano, gracias a su resistencia lograron que en 1691 la Corona Española firmara un Real Decreto para constatar su emancipación.

Cuando la gesta independentista comenzó a generar simpatía en las principales provincias, ya en poblados como Cartagena, comunidades organizadas de esclavos se habían enfrentado a los gobernantes para reclamar condiciones de vida digna. En 1812 la ciudad que fue puerto negrero por excelencia había logrado que se prohibiera la esclavitud en la Constitución provinciana y se creara un fondo para asegurar la liberación gradual de los que seguían subyugados.

José Antonio Galán y Simón Bolívar, así como otros próceres, convocaron a los pueblos negros a unirse a su lucha emancipadora con la promesa de fundar una nación más justa, en que la esclavitud sería abolida sin condiciones. Los historiadores estiman que se reclutaron para la guerra aproximadamente 5 mil esclavos negros traídos del Cauca, Antioquia y el Chocó, quienes pelearon igualmente para el ejército realista como para los patriotas, ambos bandos pagaban una indemnización económica a los amos para acrecentar sus filas.

La promesa se quedó en el papel, pues no llegó una ley oficial de abolición hasta 1851, con una aplicación más bien permisiva a los grandes terratenientes que para esta época, y liberados de los costosos impuestos españoles, ya se habían establecido como líderes políticos-económicos con influencia regional y esclavistas.

 

Cultura y tradición racista

Aunque la Constitución del 91 nos denomina multiétnicos y pluriculturales, lo negro sigue teniendo sobre sí la carga de una historia de racismo y esclavitud; que se traduce en el plano cultural como ignorancia despreocupada por la herencia africana; o como idealización de sus aportes al campo, ese velo de prejuicios que suelen portar los críticos y que transmite a su público con etiquetas como exótico, interesante, étnico.

Si bien las expresiones artísticas no deben valorarse sólo por su trasfondo político, tampoco se reducen únicamente a su valor estético, obviando la íntima conexión con el conjunto de signos y significados compartidos que entendemos como cultura. La música, el arte, la literatura y, en general, las historias que nos contamos a nosotros mismos como sociedad, hablan de la manera en que establecemos relaciones; en toda expresión creativa hay un contexto que sustenta tales ideas.

Sobre esto la antropóloga Rita Segato explica, en su texto La escritura en el cuerpo de las mujeres (2013), que las violencias perpetradas en una sociedad hacia los cuerpos considerados ‘diferentes’ no son producto de azar, sugiere que se podrían rastrear en los elementos culturales las motivaciones detrás de la discriminación y otras formas de violencia: “los crímenes sexuales no son obra de desviados individuales, enfermos mentales o anomalías sociales, sino expresiones de una estructura simbólica profunda que organiza nuestros actos y nuestras fantasías y les confiere inteligibilidad.  En otras palabras, el agresor y la colectividad comparten el imaginario, hablan el mismo lenguaje, pueden entenderse”.

 

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En una nación que se reconoce violenta (hace menos de una semana se conoció que somos el país en el mundo con más asesinatos de líderes ambientalistas, por mencionar un ejemplo), y que, supuestamente, quiere avanzar hacia la construcción de la paz, es necesario preguntarse no sólo por las violencias ejercidas de manera directa, sino también por las oportunidades de acceso a la representación de las poblaciones negras en el plano simbólico, cuya limitación es el origen de las desigualdades e injusticias que se perpetúan sobre ellos. Es en ese espacio de intercambio de ideas donde se construye el imaginario de nación, donde se excluyen los cuerpos disidentes al proyecto político vigente, ahí empieza la estigmatización de todo lo que no corresponda al modelo de desarrollo occidental.

Batalla de Boyacá. Acuarela / Historia de África

El reconocimiento parcial 

Darío Henao Restrepo, investigador de las influencias de la diáspora africana en la literatura nacional, considera que el estudio del pasado negro en Colombia inició tardíamente en comparación con otros países de América, como Brasil y Estados Unidos. Aunque reconoce que en sus principios las élites intelectuales criollas no fueron muy receptivas a la idea de una afrocolombianidad en el arte, y que en gran medida el retraso se dio por razones políticas; también juega un papel clave que la cantidad de esclavizados traídos de África fue menor en lo que es hoy es Colombia, que en los dos países antes mencionados y que ostentan una amplia tradición de estudios étnicos. Es hasta los años 40 del siglo pasado que la opinión pública se empieza a preguntar por una herencia negra:

El primer núcleo intelectual es el grupo negro, fundado por Manuel Zapata Olivella, escritor cordobés, él lo funda en el 43 y se va a preocupar por recuperar el aporte de los negros en la historia colombiana, de rescatar esa memoria. Hacen el primer programa sobre representaciones folclóricas de lo afrocolombiano, porque no se estudiaban, solamente lo (hacían con lo) indígena. Comienza toda una agitación intelectual, muy marginal, muy pequeña, pero que fue creciendo. Con todo esto se abrió un campo intelectual para mostrar el papel que habían ejercido los afros en la historia colombiana, eso antes no existía.

Manuel Zapata Olivella. Fotografía / Cortesía

La figura de Zapata Olivella marca un antes y un después en el concepto de identidad nacional, su revista literaria Letras Nacionales, fundada en los 60, abrió un universo de posibilidades antes desconocido para los intelectuales. Con los estudios afrocolombianos instalados en las principales universidades del país, y el debate por el pasado negro planteado en los medios culturales más leídos, empezaba a reivindicarse una historia de olvido. En una de los primeros editoriales de su revista escribió:

La literatura es un fenómeno histórico y social. Aparece como una necesidad. Es el haber de las experiencias culturales que puede guardarse en la memoria o en el papel escrito. Pero en los conflictos políticos y económicos contemporáneos hay quienes, defendiendo intereses particulares, niegan la existencia de una literatura de los pueblos que fueron o son oprimidos.

Tal vez el olvido que viven las poblaciones negras en el país tenga alguna conexión con el inicio tardío de ese proceso de memoria histórica en el campo cultural. La diáspora africana empieza a mencionarse cuando ya existía una idea de identidad nacional basada en lo mestizo, con especial énfasis en el pasado español, pero sin vestigios explícitos de lo africano.

Sobre esto, la candidata a doctora en Literaturas y Culturas Latinoamericanas de la Universidad de Texas, Ana Cecilia Calle, considera que el fenómeno de invisibilización de lo negro sigue vigente en el campo cultural, sólo ha mutado según las formas de las industrias; la investigadora señala que en la actualidad existen formas más sutiles de ejercer dominación simbólica, lo ejemplifica con el caso de la música:

Hay un blanqueamiento de ciertas músicas que en la medida en la que se van volviendo productos discográficos, entran cantantes y productores más blancos y más llamativos para ciertos públicos “clase medieros” a posibilitar el consumo de esta música concebida como más racializada en ambientes más pop. Este es el caso de la cumbia o chucuchucu en Medellín, el caso del reggaeton, el trap en España y Argentina con intérpretes que están avalados por su raza y su color para llevar esas músicas a otros públicos, lo mismo se puede decir con el rock ‘n roll donde Little Richard es el papá del género y Elvis se vuelve el gran diseminador.

 

Más allá de las cifras

La escultura de Benkos Biohó se encuentra en San Basilio de Palenque, el primer pueblo africano libre en América. Él lideró la rebelión cimarrona contra el reino de Nueva Granada a finales del siglo XVII. Imagen / Laura Rincón. Intervención a partir de fotografía publicada por El Universal.

A pesar del comienzo lento, el olvido estructural empieza a enmendarse con algunas iniciativas de la sociedad civil para fomentar el debate, como la celebración de “100 años de Manuel Zapata Olivella”, evento apoyado por el MinCultura y que busca resaltar la literatura afro; o las conversaciones virtuales desarrolladas por la Comisión de la Verdad bajo el nombre de La verdad del pueblo negro. Así, se pone el ojo público sobre temas tan importantes como el papel del conflicto armado en la pobreza de los pueblos afro, las mismas condiciones paupérrimas que obstaculizan su acceso a la educación y, por lo tanto, a los medios para difundir sus costumbres, ideologías y perspectivas.

Las denuncias, gritos de protesta y llamados de auxilio son constantes. El pasado mayo, Winston Salas, representante legal de la Organización Palenque Afro Urbano de Tumaco, le dijo a RTVC que la Ley 70 o Ley de las Negritudes, promulgada en 1993, ha quedado solo en el papel: “Ha sido casi imposible que el Gobierno central, cumpla con su obligación de garantizar los derechos ambientales, educativos y la salud de la comunidad negra del país, en su momento se pensó que esta ley sería una solución definitiva al abandono histórico que vivimos, pero no ha sido así”.

La investigadora afrocolombiana María Campo habla de esa relación entre las formas de la violencia física con la dificultad de preservar la cosmovisión afro: “el conflicto ha traído empobrecimiento a la mujer negra, porque ha tenido que salir del territorio y sin condiciones para continuar con sus prácticas culturales”.

En la misma conversación, Mary Grueso Romero, poeta afrocolombiana añade que no se puede discutir la desigualdad por ser negro, por ser pobre y del litoral, en cualquier ámbito de la vida, pero la violencia es transversal porque no permite que se realicen las demás actividades humanas que facilitan forjar cultura, tradiciones: “antes las mujeres salían a vender el pescado en el platón, hoy esto ya no se puede porque muchas de ellas son víctimas de extorsión o vacuna, como le dicen algunos”.

 

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Según el DANE, para el 2018 la cifra de colombianos autorreconocidos como NARP (negros, afrocolombianos, raizales y palenqueros) es de 4.671.160, es decir, 9,34% del censo. Para esta población, el IPM (Índice de Pobreza Multidimensional) es 30.6, 11 puntos por encima del IPM de la nación. También el acceso a la educación está minado para los niños y jóvenes afro, al menos el 6.1% de ellos nunca logra acceder a una escuela.

Más alarmante aún, en condiciones como la pandemia por la covid-19 son las comunidades más vulnerables por el bajo acceso a agua potable y condiciones de sanidad: en el índice de privaciones del IPM la inadecuada eliminación de excretas se encuentra en 28.4 % de la población NARP, mientras que el total del país es 12% y en el ítem ‘sin acceso a fuentes de agua mejorada’ el nacional es 11.7 y para las NARP el índice alcanza 20.7.

Las cifras son concluyentes, llaman la atención sobre una verdad incómoda para el Estado colombiano y a los ciudadanos nos cuestiona el consumo irreflexivo de productos culturales, sin considerar el contexto político detrás de ellos. La lucha en los espacios simbólicos puede ser un ejercicio banal para unos, pero se trata de un acto de resistencia para otros.

¿Cómo garantizar acceso a la educación y a los medios culturales cuando ni siquiera se puede garantizar condiciones de vida digna?, ¿cómo un grupo humano puede preocuparse por asentar sus bases ideológicas y su pensamiento cuando tiene que pensar primero en sobrevivir al hambre, a las balas o al dolor?

Esa tal independencia de la que hablan cada 20 de julio y 7 de agosto, no ha llegado aún a las poblaciones negras.

No existe.