El mimo francés “Boutros” se presentó el viernes en el teatro de la Cámara de Comercio de Pereira.

Al evento del mimo francés invitó la Cámara de Comercio de Pereira, la Alianza Francesa y el Liceo Francés.
Imagen tomada de: http://www.gophoto.it

Por: Juan Francisco Molina Moncada

Un personaje sale al escenario. Comienza el espectáculo y con este el juego de luces, de la narrativa, la inventiva, la imaginación y la narración de pequeños mundos. Todo esto se constituye en una obra, la cual trasciende al público que aplaude, que observa con atención, que ríe, especula y se somete a la dinámica creativa.

Son múltiples pinceladas por parte del personaje a quien no le hace falta hablar. De su boca tan solo salen onomatopeyas: “Dzin” “bluf”, “bluf”, entre muchas más. En algún momento dado formula tres palabras: “Mucho”, “Poco”, “Locamente”. Con estas acaso se resume o expresa el mejor de los sentidos: el sinsentido, aquella falta de coherencia la cual adereza la imaginación.

Aquella que parece estar burlándose del espectador mientras este desde su silla recrea múltiples mundos, mientras se olvida del agua que dejó hirviendo en su casa. Lo “irrelevante” es relevante. La ficción es la realidad que decimos vivir. 

Porque el divertido personaje allá en el escenario toma varios de esos aspectos que están relacionados con lo definido como “real” o “cotidiano”. Los satiriza. La estulticia que habla y se elogia a sí misma desde Erasmo se apodera de aquel hombre de alta estatura y lo hace bailar mientras una abeja revivida por el mismo se inmiscuye dentro de su traje, jorobando su existencia. Esa misma estulticia que lo introduce en una aspiradora, esa misma estulticia que lo captura dentro de una lavadora y un ascensor.

Es entonces como el divertido personaje supera sus peripecias y narra su historia valiéndose de su gestualidad, aquel lenguaje acaso condenado al desuso y que en ocasiones parece ofrecer más alternativas que las múltiples palabras que, por ejemplo, posee cualquier el idioma.

A la obra se le unen la música y el siempre atractivo juego de luces. La ilusión de nuevos mundos, de cielo e infierno. La burla que provoca hilaridad, la exageración, la cual trae consigo sorpresa. Abrir los ojos, cerrar la boca. El rostro y su expresión, por sí mismos, puede narrar la candidez y la maldad de Cupido o el susto de un hombre condenado por siempre a comer helados.

Porque allá, en el escenario, se presentan múltiples narrativas, diversas pinceladas de pantomima, las cuales pueden equivaler a la tinta que escribe historias surreales, con mucho o poco sentido. Cada quien entiende como quiere entender.

Pero llega el final. El mimo que no tiene cara blanca presenta a sus personajes, su puesta en escena. La obra se resume en él, pero al mismo tiempo trasciende desde él, porque desde su gestualidad emanan diversos personajes, diversas historias, diversos escenarios.

El mimo con sus gestos ha terminado de pintar su obra, de escribir su historia. Ya todos, incluido él, pueden volver a hablar. Llegó de nuevo el momento de la farsa.