Sobre el libro Manuel Salvador Posada. Imagen de un padre visionario, de Rodrigo Posada Trujillo,  publicado de manera independiente en 2018, con portada de Margarita Calle, 180 páginas.
Por: Juan Guillermo Álvarez
Las cosas pasan, es fama desde el Pentateuco hasta Mallarmé, para que tengamos algo que contar.
Y la vida del profe Posada alcanza para este y otros libros.
Enriquece, pretextando ajustar cuentas con su padre y su hermano, nuestra memoria colectiva (el formidable bahareque, por ejemplo, es caldense, los antioqueños solo conocieron las paredes de tabla). La memoria que venimos a ser y que debe quedar en su versión física: en un precioso libro, ese objeto físico que al vibrar a nuestro contacto es capaz de dar cuenta de nuestra parva inmortalidad y suscitar la misteriosa emoción como llamó Borges a la belleza poética.
Y lo hace con una prosa limpia, que se desgrana sin prisas por las 175 páginas de su homenaje, endecha tanto como épica salidas del magín del reconocido otorrino para darle sentido a un derrotero vital que es un llamado de la sangre y el canto de cisne de una prole campesina y -fiel como los espejos de antes, los que no se trizaban- de una raza, y que no extraña el cuento dentro del cuento a la manera árabe, como aquel del suicidio anunciado de un Posada, que el hijo y la esposa acogen con naturalidad macondiana.
Libro que fluye hacia atrás, como la metáfora que da título a la entrañable novela del patriarca Benjamín Baena Hoyos, pero también hacia adelante, con caprichosos detenimientos para retozar en la contemplación de lo que ese escultor, el tiempo, hace con nosotros, río del tiempo que la superchería del arte narrativo permite remontar, para buscar la genealogía de nuestros logros y erratas en los finísimos hilos de nuestra simiente, arte que el cirujano despliega por las cuartillas en blanco paralelamente a ese otro río de azarosos rápidos y meandros que de tanto navegarlo con paciencia de boga e intrepidez de explorador, se ha vuelto tan familiar como su propio rostro aquilino en el cotidiano espejo, y no por ello menos desafiante: el tortuoso nervio facial, destino que ha sido de sus días, por el que lo creímos monolítico y que ahora sabemos en cambio multifacético.
La impronta médica del autor se revela desde el título: Imagen mejor que Semblanza, ayuda paraclínica que lleva de la mano al lector por las peripecias de los personajes y la trama de sus hechos.
De los días delgados y el delgado aire del atardecer se desprende una delgada línea entre la confidencia y la confesión, un regodeo en la austeridad que traiciona su estilo: la tenacidad a ultranza, el estigma de Tarquí, la terquedad paterna que ni la tapetusa de El Zacatín podría abatir.
El argumento, la bucólica niñez hacinada en el Tarquín, el trasiego del numeroso clan y la ulterior salida de Betulia de Augusto y más tarde de Rodrigo para sacudirse el marasmo agrocéntrico, gracias al empeño de su padre Salvador, que de tanto leer se le remozó el cerebro y dio con una salida posible para la redención de los suyos, un punto de giro: educarse, llegar al ámbito universitario, hacer la diferencia. Siempre en el fondo, la tibia tutela femenina.
Pasaron sesenta años de tácito afecto fraterno hasta la revelación costarricense del tío Augusto, ese franquearse por fin y a santo de no se sabe qué a su sobrino Ugo, que éste registró en una servilleta (toda una tradición colombiana: confiar a ese deleznable formato un secreto o un testimonio cruciales), y envió a su padre que, como un paciente tallador de diamantes pule sus relucientes “faciales” en su rincón pereirano. Acto seguido, la revulsión en el ánimo de Rodrigo que se ve inundado por una ola de gratitud y reconocimiento al artífice de su triunfo, el abnegado padre sacrificado en el altar de la brega agrícola, ese surco donde dejó sus restos viriles a la prematura edad de cincuenta años, con el doble empeño de catapultar no solo la carrera del primogénito sino también la de su hermano menor.
Y el retorno de una bizarra caravana dirigida por baquianos para tratar, en vano, de reconstruir la hazaña desandando los lejanos pasos. La naturaleza inhóspita, las montañas y los despeñaderos, se conservan en su carácter agreste tantos años después, mas -como los oráculos- le dicen a cada uno algo diverso. Y, como encarnando un símbolo desapacible, Tarquí permanecerá inaccesible, envuelto en sus sombras agoreras como Buenavista en su pinar y sus arriates de hortensias.
Ítaca personal, áncora de su periplo, nunca se vuelve al mismo lugar, la única búsqueda al alcance del hombre es aquella que lo espera en los recodos de su sangre. Como ha escrito Gustavo Colorado, nuestra única inmortalidad es fundirnos en el polvo común. “Seremos polvo, mas polvo enamorado”, le replica el poeta, polvo del grato ayer que nos vuelve a la vida merced a la superchería del arte.