Reiteración de un saber aprendido en la escuela

A ti, mi cómplice, te abrazo y te beso, sin saber tu nombre, como un gesto de solidaridad. Sigue leyendo, que no se te note la paz de esta transacción secreta. Pero prométeme que, sin cambiar tu día a día, vivirás con los sentidos más despiertos y con menos miedo.

Por: Jáiber Ladino Guapacha

Imagen tomada de: http://www.mjesusverdu.com/

Hay tres satélites, según Lezama Lima, para aproximarse al universo de lo poético: La poesía, el poeta y el poema. Trataré de seguir su espíritu: no le seré fiel, ni tampoco lo repetiré. Pero debo decir que es a partir de él que nace esta reflexión. Como también es cierto que a partir de Octavio Paz intento exponer lo que entiendo por poesía.

La poesía es inherente a la vida: todos los seres humanos gozamos, como mínimo, de una experiencia poética en el transcurso de la vida (al menos eso espero). Para la poesía no necesitamos educación formal, necesitamos sensibilidad para percibir cuando la naturaleza, los dioses, los astros, los otros seres humanos nos “comunican” una de sus bondades, que puede ser belleza, salud, paz, entre otras. De esta manera tenemos un indicador de calidad de vida: entre más experiencias poéticas hayas conseguido, más habrá valido la pena el que hayas amanecido con vida.

Desde este punto de vista, el poema puede ser el vehículo frecuente para la comunicación de la poesía. Pero no siempre es así, porque el poema sí necesita educación formal. Ante todo, el poema es un producto cerebral que pretende estilizar una o varias emociones. Hay muy buenos poemas que carecen de epifanía. Recuerdo que Lezama decía que el poema es una semilla porque lleva dentro la potencia para detonar un árbol maravilloso.

El insumo del poeta debiera ser la poesía y su producto deberían ser poemas que a su vez lograran hacer de la lectura una experiencia poética. Pero no siempre pasa así.

¿Se pueden hacer entonces jornadas, eventos, talleres, galas que puedan llamarse “de poesía”? Creo que sí. De hecho, participo en muchos espacios que se caracterizan como “de poesía”. Sucede que a veces, el poeta que lee su poema, logra compartir una bondad que él recibió pero que al tú escucharla o leerla, termina también por pertenecerte un poco. O sea que, a eso que he llamado sensibilidad, también se le puede considerar complicidad.

Creo que con estas palabras es suficiente. Los casos para comprobar la veracidad de lo que he expuesto los pondrán ustedes. Si creen que mentí, seguro me olvidarán y no habrá problema.

Pero, si crees, tu sonrisa sobre estas líneas, tus ojos llenos de paz como cuando se ve a un conocido, trazarán una línea entre tus seres queridos y los míos. Ellos no conocen lo que yo hago ahora que escribo, como los tuyos no saben qué lees, pero están presentes tanto en tu corazón como en el mío. Esa línea es poesía: tu bondad y la mía se deslizan sobre sus rostros dormidos. ¿Viste cómo éste párrafo se hizo poema?

A ti, mi cómplice, te abrazo y te beso, sin saber tu nombre, como un gesto de solidaridad. Sigue leyendo, que no se te note la paz de esta transacción secreta. Pero prométeme que, sin cambiar tu día a día, vivirás con los sentidos más despiertos y con menos miedo.