La primera charla fue en la playa, con la brisa sacudiéndonos el pelo y las camisas. Se formaron pequeñas conversaciones hasta que terminamos todos reunidos.

Agua, marimba y selva (1)

En ese Maletín de relatos pacíficos que recorrerá el país, van nuestras horas frente al mar escogiendo la palabra precisa para darle fuerza a una imagen, nuestros pasos por las selvas y los bosques del Pacífico colombiano inseguros sobre el tono de nuestro relato, el dolor que implicó parir nuestra historia o poema; ahí van las críticas duras y condescendientes de nuestros compañeros y profesores, el temor de montar en avión para llegar a los sitios de reunión, lo que nos enseñaron los dibujos de Solares y los poemas de Martán Góngora. Ahí van veintitrés cerebros para que usted, querido lector, escoja. 

Juan Álvarez, coordinador del diplomado, rumbo a la maloca en San Cipriano donde se llevaban a cabo las sesiones.

Texto: Giussepe Ramírez

Fotografías: Elizabeth Valenzuela

Que el viento lleve, al fin, nuestras cenizas,

en huracán de pájaros y flores,

a la orilla del mar innumerable.

Helcías Martán Góngora

 

El diploma que me certifica como diplomado en escritura creativa trasciende las cuatro semanas en que viajé por el Pacífico colombiano para recibirlo una noche en Manungará, Chocó. Lo recibí en una maloca, arrastrando unas chanclas sucias y con una chirimía lista para prender la noche. Alguna vez escribí que los diplomas servían para hacer fogatas o limpiarse el culo. El que me entregaron Elizabeth Valenzuela (de ahora en adelante Eli), y los escritores Juan Cárdenas (de ahora en adelante Cárdenas) y Juan Álvarez (de ahora en adelante Juan) me servirá como una máquina del tiempo. Por ejemplo, para revivir una caminata por la playa con una perra que mataba cangrejos y lloró tras nuestra partida; o la guerra de versos entre hombres y mujeres en Bocagrande, con noche cerrada y una lucecita en medio del mar que no supimos si era un barco fantasma o un pesquero; o la invocación al diablo con una décima en medio de la selva chocoana; o la forma sencilla en que un guía de San Cipriano le daba valor al acto de nadar… o nadar; o la temperatura y los colores del mar de Gorgona. Por eso lo pongo a la vista en este instante, para iniciar el viaje de la memoria y articular lo que veo por la ventana de este tren.

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Un manglar sobre un brazo del río Mira, rumbo a Bocagrande, Nariño. Mar y río se confunden en sus aguas.

El Fondo Acción decidió becar a 24 personas (finalizaron 23) del Pacífico colombiano para cursar un diplomado en Escritura Creativa con el Instituto Caro y Cuervo. Pero lo más ambicioso no era esto, sino experimentar con un diplomado itinerante que recorriera Nariño, Cauca, Valle y Chocó, pues el principal objetivo era convertir la selva, los ríos y el mar en un aula, descentralizar el diplomado de los escenarios convencionales con proyector y luces artificiales; lo que se quería, si se me permite la comparación, era rodar una película en exteriores, donde nada está impostado y la experiencia vital es más genuina. Porque crear no es sentarse en el pupitre a escuchar las disquisiciones del profesor en un salón de paredes blancas. No. Se crea mientras se camina, se escucha música, se mira el mar y se escuchan historias.

Hoy podemos decir que estrujamos nuestros cerebros y luchamos contra las obsesiones que afeaban las cosas que escribíamos; defendimos ante el auditorio nuestros convencimientos en este proceso creativo. Algunos se sintieron ofendidos con el comentario de un compañero o la mordacidad de un profesor; sufrimos ante la incertidumbre del producto final e hicimos decenas de versiones, todo para conseguir un objeto único que es el Maletín de relatos pacíficos.  

En ese Maletín de relatos pacíficos que recorrerá el país, van nuestras horas frente al mar escogiendo la palabra precisa para darle fuerza a una imagen, nuestros pasos por las selvas y los bosques del Pacífico colombiano inseguros sobre el tono de nuestro relato, el dolor que implicó parir nuestra historia o poema; ahí van las críticas duras y condescendientes de nuestros compañeros y profesores, el temor de montar en avión para llegar a los sitios de reunión, lo que nos enseñaron los dibujos de Solares y los poemas de Martán Góngora. Ahí van veintitrés cerebros para que usted, querido lector, escoja.

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Este es el primer día del diplomado, después de viajar en lancha desde Tumaco hasta Bocagrande.

Bocagrande, Nariño

Septiembre me deparaba el encuentro y la convivencia con un montón de gente desconocida. De los profesores no había leído ningún libro, solo un cuento de Juan que me pareció light y no me hizo estremecer.

Al aterrizar en Tumaco empecé a distinguir a mis compañeros. Por timidez o desconfianza no entablé conversación con ninguno. Caminé en silencio con el grupo desde el aeropuerto hasta donde nos esperaba una lancha que nos llevaría a Bocagrande. Seguí en silencio al internarnos en el río. La mayor parte tiempo observé a la muchacha que se encaramó en la proa a fotografiar el paisaje; hizo movimientos peligrosos, mientras los crespos se le movían desordenados, para lograr la mejor toma. Después, en la playa, un hombre mayor y ácido, con nombre de filósofo y desdén en los hombros, dijo que se llamaba Juana y era excelente bailarina.  

En Bocagrande nos esperaban como si fuéramos autores consagrados. Cuando nos acercamos lo suficiente al muelle empezó a sonar una marimba, un cununo, un bombo y las voces de unos niños. Juan y Eli se movían por el entablado para inmortalizar nuestro descenso de la lancha, nuestro arribo a esa experiencia que se extendería por cuatro meses con sus obligadas intermitencias.

La primera charla fue en la playa, con la brisa sacudiéndonos el pelo y las camisas. Se formaron pequeñas conversaciones hasta que terminamos todos reunidos.

La primera charla fue en la playa, con la brisa sacudiéndonos el pelo y las camisas. Se formaron pequeñas conversaciones hasta que terminamos todos reunidos. Había ambiente de camaradería. Yo prestaba atención a lo que decían mis compañeros, pero también ponderaba el mar a ver si al día siguiente nadaba un rato. Las olas llegaban con fuerza. Sentí miedo. La piscina olímpica en la que estaba acostumbrado a nadar era de juguete comparada con ese ser que ocupaba todo mi campo visual. Pero la verdadera causa del miedo era que nunca había nadado en él, solo lo había visto ir y venir, mientras mi papá me invitaba con el agua hasta el cuello y una sonrisa. La charla continuó hasta que llegó la hora de comer.

Me esfuerzo por recordar qué nos sirvieron la primera noche, pero no lo logro. De lo que sí estoy seguro es que era rico, porque el sabor de la comida en Bocagrande difícilmente se repite. Sentarse a la mesa era la certeza de un plato fresco y gustoso. Comíamos entre una nube de humo pues había que espantar a los mosquitos, pero a nadie le importaba porque todos nos concentrábamos en sentir los sabores del seviche de piangua, el encocado, el arroz con camarón, el pescado frito o el cangrejo que uno podía escoger del criadero. Fue una buena semana para nuestros paladares.

Al terminar la comida ponderé de nuevo el mar, esta vez con el oído. Asocié su sonido a una respiración serena pero peligrosa, el silbido de una bestia dormida. Decidí no nadar al otro día. Cuando todos acabaron de comer nos reunimos en el salón a ultimar las formalidades.

Al otro día planeamos presentaciones en parejas. Debíamos conocer a nuestro compañero y después presentarlo. Los artificios de la ficción aparecieron con lujo de detalles. Compañeros con profesiones distintas a las verdaderas, grandes bailarinas que no osaban salir a una pista, hombres que nunca ejecutaron las proezas que les endilgaban. Hubo confusión y risas. Hubo literatura a la orilla del mar.  

El clímax fue la guerra de versos entre hombres y mujeres, una guerra limpia donde solo se apeló al poder de la palabra, a la rima genuina. Me quedé a un costado sorprendido de semejantes ocurrencias, apabullado porque yo no me sabía ni un verso para entrar en la disputa.

 Una tarde, el encargado del grupo que nos recibió en el muelle nos enseñó algunas cosas con los instrumentos. Pidió un voluntario para la marimba. Yo me atreví, aunque confieso que, por respeto a los músicos, procuro no tocar instrumentos. Hubo risas de poca fe cuando me levanté de la silla. Debía tocar cinco notas que sonaran a ‘comé pintó’. En el primer intento no lo logré, pero en el segundo sí. Una compañera tocó el cununo y otra el guasá. Finalizamos con un pequeño concierto de novatos, naturalmente malsonante.  

El tercer día, después de desayunar, estuve largo rato frente al mar, dándome ánimos para nadarlo. Estaba asustado, con incertidumbre de lo que albergaba. Pensé en la perogrullada de Vallejo de que vivir es morirse, en el poema de Borges que finaliza “piensa que de algún modo ya estás muerto”, en que el avión de regreso a Cali podía caerse. Entonces me quité la ropa, me ajusté las gafas y caminé hacia el agua con pasos lentos. Cuando la primera ola me tocó los pies sentí mareo y fui consciente del gran movimiento de la tierra para sacudir esa gran masa de agua (las cosas elementales asustan). Tomé una bocanada de aire, no tanto para sumergirme como para calmar los nervios. Precavido, nadé paralelo a la costa, pendiente de no alejarme mucho. Nadé treinta metros y paré a descansar. Luego de vuelta. Ya podía morirme.

En la noche nuestros anfitriones encendieron una fogata con maderos que superaban los dos metros. Imaginé una charla tranquila, anécdotas de cada uno, una cerveza en la mano. De pronto Víctor, uno de mis compañeros de cabaña, tomó el control del escenario, como si estuviera seguro de que habría un gran espectáculo. Entonces invitó a Melkin y la noche cogió fuerza. Al calor de la fogata el talento fluyó: cuentos, poemas, canciones, adivinanzas. Melkin sabe cuentos, chistes, versos y tiene un alter ego llamado Tulito, que aparece en cualquier momento de una conversación, natural y sin pedir permiso, como si usara a Melkin como muñeco de ventrílocuo. El clímax fue la guerra de versos entre hombres y mujeres, una guerra limpia donde solo se apeló al poder de la palabra, a la rima genuina. Me quedé a un costado sorprendido de semejantes ocurrencias, apabullado porque yo no me sabía ni un verso para entrar en la disputa. El arsenal de Melkin no bastó para vencer a las mujeres, que ganaron fieles a su esencia poética.

La mañana del jueves salimos a navegar. La lancha estaba equipada con un buen sistema de sonido. Escuchar una marimba mientras se navega un río del Pacífico colombiano, rodeado de manglares y bosque, tiene un significado distinto: más hondo, más orgánico. Yuri Buenaventura comentó algo al respecto en el Hay Festival: “la marimba está construida para atravesar la selva”. El playlist era reducido pero bastaba: A la memoria de Justino, Quítate de mi escalera, Comadre Mayeya, Los Camarones y otras pocas que no recuerdo. Pero el recorrido no solo fue marimba y bombo, currulaos y alabaos, también, de fondo, se escuchaban las sierras y después el golpe seco de un árbol contra el suelo.

(Continuará mañana)