La chirimía ataca la primera canción. Aún faltan algunos por llegar: se acicalan para salir guapos en la foto. Mientras tanto tomamos un líquido amarillo que sabe rico. Arrastro mis chanclas sucias. Cuando el auditorio está completo, inicia la ceremonia.

Agua, marimba y selva (3)

Si uno no ve el río San Cipriano, y solo lo escucha, nunca se imagina que allí se han ahogado personas, que en algunos puntos alcanza profundidades de hasta quince metros y tiene la fuerza de cuatro elefantes jalando. Termina así este viaje por la construcción de un Maletín de relatos pacíficos.

Esta es la vía por donde pasaba el ferrocarril del Pacífico y que ahora es usada por las brujitas para viajar desde el corregimiento de Córdoba hasta el río San Cipriano

Texto: Giussepe Ramírez

Fotografías: Elizabeth Valenzuela

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Córdoba, Valle del Cauca

Las brujitas para llegar a San Cipriano son un medio de transporte bastante excitante y por lo tanto muy inseguro. Debe alcanzar velocidades de hasta sesenta kilómetros por hora, que es poco. Pero es como ir flotando sobre los rieles, sin casco u otra protección que aumente las probabilidades de sobrevivir en caso de salir despedido de la tabla en la que uno va sentado con el maletín apretado entre los brazos. El inventor de las brujitas murió arrollado por un tren mientras se deslizaba por la vía con su bruja. Fue un hombre sin piernas que debía salir todos los días del pueblo para ir a trabajar. Mientras los demás pobladores caminaban, a él se le ocurrió construir una brujita. De nuevo las limitaciones como estimulante para la creación. Los avances tecnológicos en este medio de transporte no han tenido que ver tanto con la seguridad como con la velocidad. Antes la gente debía desarrollar la fuerza para impulsarse con un palo, como si navegaran por el río; ahora son motos adaptadas las que dan movimiento. Hubo propuestas desde Antioquia para construir un teleférico, pero la concesión era por muchos años, más de los que la comunidad estaba dispuesta a ceder la administración. Si construyen una carretera, los pasajeros de las brujitas descenderían considerablemente y, lo más grave, a la gente se le antojaría lavar el carro en el río. Por lo pronto, rogar para que ninguna bruja se descarrile.    

Si uno no ve el río San Cipriano, y solo lo escucha, nunca se imagina que allí se han ahogado personas, que en algunos puntos alcanza profundidades de hasta quince metros y tiene la fuerza de cuatro elefantes jalando.

Hay botellas de cerveza sobre la mesa. Conversamos de cualquier tema, una intrascendencia para llenar las horas. Atrás de nosotros está el río. Todo parece estar tranquilo. Pero en el televisor está sintonizado CNN. Hay un mapa de Estados Unidos dividido por colores, hay números y porcentajes. Juan cuenta los Estados en los que Hillary ha ganado. Vamos bien, dice parado frente al televisor. Aún tiene la esperanza de que el cerdo misógino, así le llama a Trump, no gane. Yo reviso las cifras a ver si logro entender. No entiendo nada. Me gusta el drama de las elecciones pero no me afecta en absoluto. Es un país que no añoro visitar ni por el que guardo cariño. Juan debe tener algo de gringo en sus venas o un águila calva tatuada en un lugar recóndito de su cuerpo, pues está bastante ansioso. Transcurren las horas. Hay Estados donde Hillary debería haber ganado, pero eso no pasa. Está muy reñido. Me burlo en silencio del estado de angustia en que se encuentra Juan. Siempre me río de los malos ratos de la gente que conozco, no sé si es una risa nerviosa celebrando que a mí no me pasa, o simplemente una burla sincera. Dice que no puede soportar otro golpe así después del plebiscito. Nos explica que en caso de que gane Trump, la clase del día siguiente se vería en peligro por su falta de fuerzas. Es muy tarde. Tengo sueño. Me voy a dormir casi seguro de que el titular de todos los diarios a la mañana siguiente será: Donald Trump, nuevo presidente de Estados Unidos. Con el San Cipriano tan cerca, no deberían importarnos las locuras de los gringos. Espero, por el bien de la clase, que no sea así, pero es el 2016.

Por la tarde hablamos de Solares y los dibujos que hizo sobre algunas novelas reconocidas. Coincido con el de Los detectives salvajes y el de Rayuela. Replicaremos ese ejercicio con nuestros relatos. Hacer el dibujo es fácil, lo complicado es imaginarlo.

Salgo a desayunar temprano. Juan no se ve por ninguna parte. Si Trump ha ganado la presidencia, iré a nadar al río todo el día, a la manera de Kafka: “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. Nadar es un decir, porque la corriente no me deja, puedo dar muchas brazadas y seguir en el mismo lugar, estático, en otro río según Heráclito.

Cuando todos acabamos de desayunar aparece Juan. No recuerdo su forma de caminar, pero no mentiría si digo que iba con las manos en los bolsillos y la cabeza agachada. Hay clase. Juan dice que está haciendo un gran esfuerzo para estar parado frente a nosotros y comentar las lecturas y lo que decimos. No es chistoso, pero ya parece una puesta en escena.

Por la tarde hablamos de Solares y los dibujos que hizo sobre algunas novelas reconocidas. Coincido con el de Los detectives salvajes y el de Rayuela. Replicaremos ese ejercicio con nuestros relatos. Hacer el dibujo es fácil, lo complicado es imaginarlo. Yo recalco que los dibujos no requieren gran destreza plástica, que un niño los podría hacer. Juan me acusa de insolencia: “A pesar de la insolencia de Giussepe”… Es la primera vez que alguien me llama insolente.

Por la noche estoy rodeado de mujeres. Tomamos cerveza. Eli nos cuenta sus experiencias buceando y la vez que se sumergió más allá de lo permitido porque le pareció muy bonito lo que veía en el fondo. Debe ser una muerte chévere, pienso. Tengo curiosidad por la forma en que pueda sumergirme varios metros sin que me duelan los oídos. Eli me explica la manera correcta hasta que llega Velia, rompe la tranquilidad en la que estábamos y suelta un discurso de liberación sexual bajo el nombre de cachaloísmo, que a su vez es inspirado en esa canción que dice: Allá viene la cachaloa / esa que quita mari’o. Siento pena ajena pero sigo la corriente. Eli sube las piernas al asiento y junta las manos en las rodillas. La mirada que dirige a Velia está entre la timidez y el bochorno. No dice palabra durante la conversación.      

El mar, el viento y la arena, tres de los tópicos de un Océano Pacífico que parece separar a todo un país de su futuro. Una correría por las orillas de un deseo, de un pensamiento.

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Manungará, Chocó

Es el penúltimo día del diplomado. Queremos repetir el rito iniciático de Bocagrande. Esta vez la fogata no es en la playa sino en medio de la selva. Miramos al cielo con la esperanza de que no llueva.

Nos acompañan dos periodistas colombianos y uno español que nunca dice “tío”. Melkin inicia la velada, no puede ser de otra forma. La cámara lo tiene inquieto y a veces se acerca al fuego más de lo debido. Cuenta la historia de la suma del conejo; debe ser la quinta vez que la escuchamos, pero nos volvemos a reír; finaliza con el escape de un venado a quien el tigre preparaba una trampa en medio de un baile.

Lo secunda Carlos, a quien no le conocemos el talento pero del cual no dudamos. Décimas. Carlos es décimas y un tabaco por las mañanas. Nos narra el rumor de que en la casa su mujer es la que manda, asistimos a su enfrentamiento con el duende y con el diablo, entona una décima en honor a las mujeres. Aplausos.

Dayana se ha negado toda la noche a hacer su presentación, pero Cárdenas, el elocuente Cárdenas, la convence. Nos perdíamos de dos poesías de su autoría: la historia de dos compadres que niegan sus amoríos con la mujer del otro, y la de un seductor que ofrece a otra mujer un chambimbero que ha sembrado su esposa. Hay un entreacto. Víctor, el hombre que prepara el escenario y el auditorio para los artistas, busca al siguiente, pero no hay nadie que se arriesgue. Sin embargo, tras bambalinas se cocina algo. Escuchamos gritos y golpes en una puerta. Dayana cree que el diablo ha hecho presencia y tomado posesión de alguien. Pero no, es la actriz del grupo que sale encorvada y ayudada por un par de compañeros, y en un acto de histrionismo le escupe la cabeza a Víctor.

El cielo entiende que las presentaciones han acabado y se suelta a llover.

La chirimía ataca la primera canción. Aún faltan algunos por llegar: se acicalan para salir guapos en la foto. Mientras tanto tomamos un líquido amarillo que sabe rico. Arrastro mis chanclas sucias. Cuando el auditorio está completo, inicia la ceremonia.

Nos refugiamos en la maloca. Un débil parlante ameniza la noche. Las conversaciones son dispersas. No hay esperanza de fiesta ni baile, pienso con tristeza. Pero otra vez Cárdenas, el voluntarioso Cárdenas, salva la noche y manda a traer unos bafles de dos metros. Lo ayudo a cargar. Hay fiesta. Hay baile. Hay esa rara sensación de los viajes que se acaban.

 Es el último día del diplomado. Nos preparamos para la entrega de diplomas. Eli lleva un vestido negro largo. Juan viste camisa blanca de flores y un jean que según escuché es nuevo. Cárdenas va de camisa negra y pantalones negros. Una mesa con flores es presidida por los tres. Los niños de la comunidad revolotean con curiosidad. La chirimía ataca la primera canción. Aún faltan algunos por llegar: se acicalan para salir guapos en la foto. Mientras tanto tomamos un líquido amarillo que sabe rico. Arrastro mis chanclas sucias. Cuando el auditorio está completo, inicia la ceremonia.

 Al llamado de cada uno hay vivas y aplausos, algarabía y silbidos. Cuando dicen mi nombre alzo las manos como nunca las alcé cuando me entregaron un diploma. Abrazo a Cárdenas, a Eli y a Juan. Entonces empiezo a viajar por un instante, a evocar estas páginas; a recordar los lugares, los sentimientos, los sabores, el clima, la temperatura del mar, las caminatas con mis compañeros; a sentir que este diploma es todo eso y navegar por un río escuchando una marimba. (Fin)

@Animalmoribundo