Segunda parte de un diplomado que se convirtió en una experiencia con las propias raíces; con los sonidos, sabores, olores y cadencia de la Costa Pacífica. Una exploración por la literatura como experiencia vital en un entorno de naturaleza que vibra, eso son los relatos contenidos en el Maletín de relatos pacíficos, el fruto de esta experiencia. Ver primera parte aquí.

Foto Cortesía

Texto: Giussepe Ramírez

Fotografías: Elizabeth Valenzuela

Guapi, Cauca

En el aeropuerto de Cali observamos la primera curiosidad del viaje: cajas repletas de pollos piando, como contrapunto al sonido de las turbinas y los motores. Lo primero que se cruzó por mi cabeza fue liberarlos, abrir las cajas y establecer la anarquía. Pero después tendría que huir de la policía y perdería el vuelo. Me sentí cobarde. Abordé el avión sin perpetrar mi pequeña revolución.   

Aterrizamos en Guapi y subimos a un mototaxi. Supimos por el conductor que el presidente también había recorrido la ciudad sentado donde estábamos, y a fuerza de velocidad había sentido los huecos de las calles. Supimos que al bajarse prometió y ordenó presupuesto para repararlas. Supimos que seguirían así por mucho tiempo.

Llegamos primero que los demás al restaurante donde almorzaríamos. Estaba a orillas del río Guapi, donde todos los días hay niños zambulléndose con un mortal hacia adelante. Justo allí, a la espera de ser embarcados, con el escándalo de siempre, estaban los pollos que vimos en Cali. La revolución aún aguardaba.

El trayecto fue solo risas, golpes en el culo y viche. Los que estábamos en la proa sufrimos el vaivén de las olas. Kilómetros más adelante vimos a la izquierda casas de madera.

Me sirvieron seviche de piangua. Almorcé junto a Cárdenas. Hablamos de novelistas, pero principalmente de cuento. La conversación decayó hasta que solo yo hablaba. Después vi por primera vez su cara de “cállate, déjame en paz”. Hice silencio y miramos el río y los árboles de la ribera. La tarde se hizo pesada. Recordé La molicie de Ribeyro. Luché contra el sueño hasta que, horas más tarde, llegó la lancha que nos llevaría al lugar donde estaba presupuestado quedarnos toda la semana, pero del que regresaríamos al día siguiente.

El trayecto fue solo risas, golpes en el culo y viche. Los que estábamos en la proa sufrimos el vaivén de las olas. Kilómetros más adelante vimos a la izquierda casas de madera. Bajamos y caminamos con nuestras maletas por un corredor que se extendía sobre el agua. A nuestra derecha, sobre un árbol grande, una bandera insurgente. Había pasado una semana desde que el plebiscito por la paz fuera vencido por un pequeño margen.

Nos distribuyeron en las casas de los pobladores. El pueblo se llamaba Chico Pérez, un nombre feo. Después jugué fútbol con varios niños y una niña llamada Nicole, al frente de una casa en ruinas. Nicole jugaba mejor que todos, tenía dientes grandes y era atlética. Jugué descalzo. Hacía tiempo no jugaba con niños, ni descalzo. Hubo patadas duras y conatos de pelea. En la noche comí corvina frita junto a ellos. Me contaron con qué los habían ombligado y la forma como recogían conchas en el barro. Envidié una niñez así, junto al mar y con partidos de fútbol en la arena.

Tenía ganas de entrar al baño. En la casa donde me estaba quedando no había. Me dio vergüenza preguntarle a un adulto dónde encontrar uno. Le pregunté a un niño. Me nombró a una tía que le prestaba el baño y señaló en una dirección que no logré comprender. Oriné atrás de la casa donde me estaba quedando, mientras la marea subía. Lo otro debía esperar.

Chico Pérez, un caserío que pelea contra el mar y el olvido. Una típica colección de casas del Pacífico ignorado.

En la noche bebimos tomaseca, una preparación de hierbas y color oscuro que deja un regusto picante en la garganta. Nos acompañó el conductor de la lancha, el dueño de la casa donde me estaba quedando y unas mujeres jóvenes que chateaban por sus celulares. La energía decayó temprano y nos fuimos a dormir. El colchón estaba en el suelo. Me metí al toldillo y escuché el agua que subía por debajo de la casa. Me demoré en conciliar el sueño pensando que en la madrugada el mar la cubriría, que me ahogaría en medio de una pesadilla. Para quien no está acostumbrado a dormir sobre el mar es una sensación de vulnerabilidad y desamparo.

Algunas compañeras no pasaron una buena noche. Les había correspondido una casa abandonada hacía más de un año. Tuvieron que lidiar con los murciélagos y una tabla partida en el piso por donde casi cae una de ellas. Eli tomó la decisión de regresar a Guapi por la tarde. Tuve que explicar a una muchacha del pueblo por qué nos íbamos y lo irreversible de la decisión. De alguna manera éramos ingratos con la gente que nos había abierto sus casas e incluso bajado de sus camas para dejarnos dormir en ellas. Yo todavía estaba preocupado por encontrar un baño. Pude entrar a uno pero no supe usarlo. Solo oriné. Volví a jugar fútbol con los niños antes de que la lancha saliera de Chico Pérez. Estuvimos en el muelle cerca de una hora, pues el motor no encendía. Los niños nadaron a nuestro alrededor mientras partíamos. Sonreían y hacían musarañas para que los viéramos, era su ritual de despedida. Amarraron una larga cuerda alrededor del motor y por fin echó humo y movió las aspas.

Por la tarde, una clase extraña. Aún flotaba en el aire la tensión entre los que no queríamos irnos de Chico Pérez y los que querían regresar a Guapi. Nos hospedamos en un hotel. Dormí junto a los otros dos caleños del grupo y con el único participante del diplomado que no obtuvo el diploma. Lo primero que hice fue entrar al baño. Al terminar busqué la chupa. No había. Bajé tranquilo a la clase. Por la noche les comuniqué la noticia a dos de mis compañeros. El otro, que llegó cuando todos ya estábamos dormidos, lo usó para lo mismo que yo hice por la tarde. Por la mañana encontré un aviso en la tapa de la taza que disuadía sobre su uso. Yo era el culpable. Llamé a la recepción y dije que teníamos un pequeño inconveniente sanitario en la 201. Cuando colgué salí disparado de la habitación. Para la señora del aseo el culpable fue otro compañero, a quien lanzó una mirada llena de odio.

Los platos de una región cuentan historias. En las guerras, con la escasez como escenario, surgen preparaciones raras tras juntar los pocos ingredientes que pueden conseguirse. Muchas de estas preparaciones trascienden el tiempo y son el recuerdo de la infamia y los años difíciles. Otros platos desaparecen con los años, los nuevos procesos económicos o el abandono y cambio de la agricultura. Es la historia que nos cuenta Teófila Betancurt –una mujer grande que tiene la cabeza coronada con un turbante– sobre el aborrajado de Guapi, una receta que fue recuperada por ella junto a gente de la región después de muchas décadas, y que ganó el segundo Premio Nacional de Cocinas Tradicionales Colombianas. Comenta Teófila en una entrevista para El País de Cali: “Esta es una receta ancestral de Guapi.  La preparaban las mujeres de los ríos San Francisco y Napi. Como son comunidades muy alejadas de la cabecera del municipio, no podían comprar fácilmente otros productos, inventaban sus recetas con el maíz que producían”. Ahora que lo pienso, la gastronomía surge de las limitaciones, de lo que hay a mano para alimentarse. En eso se parece al arte. En alguna sesión discutimos que todo arte surge de los límites y las restricciones. Probé el aborrajado. Era jugoso, con sabor a mar, muy distinto al de Cali. Quise comer más, pero ya se habían acabado.

Vivendas cálidas y que contrastan con muchas otras de la Costa Pacífica.

Esa noche hubo una fiesta improvisada. Salimos del hotel Cárdenas, los caleños y Víctor. Nos sentamos en un local frente al parque. Las calles estaban vacías. Pedimos media de aguardiente Caucano y cervezas. Se acabó rápido y pedimos más. Después llegaron otros compañeros. Exigimos cambio de música. Juntamos dos mesas que se llenaron de botellas. Tuvimos charlas acaloradas. Cárdenas nos insultaba por burlarnos del acento mexicano de Mario, un compañero de nosotros y paisano suyo, y nosotros nos reíamos más. Bailamos. Cárdenas bailaba como manejando un carro o como un pescado cuando lo sacan del agua. Intenté enseñarle a bailar a Juana, la chica que iba encaramada en la proa de la lancha tomando fotos, el primer día del diplomado. Improvisamos la pista en el andén. No hubo caso. Dijo sonriendo que no tenía sentido del ritmo. Yo la miré extrañado. Hasta ahí me acuerdo.

Durante la caminata del día siguiente maldije a la cerveza y al aguardiente, que me pasaba suavecito la noche anterior. Cárdenas y yo nos tendimos en el piso buscando aire, sudando frío. Un caserío en la ribera, al que llegamos por error, tenía nombre catalán. Pensé que habíamos atravesado alguna dimensión desconocida. Pero no: unos curas españoles habían bautizado así al caserío, y nadie se había preocupado por cambiarle el nombre.

La lancha para Gorgona arrancó a las siete de la mañana. Nos metimos por un brazo del río Guapi y después solo éramos el mar y nosotros. Navegamos hora y media así: el mar, el cielo y nosotros. Era mi primera vez en altamar. Podría describir este diplomado como el de las primeras veces con el mar. Justo ahí, sintiéndome insignificante, un grano de azúcar en una taza de café, empecé a fraguar el relato que debía entregar en dos meses, y que después de muchos ajustes y cerca de diez versiones es el que está incluido en el Maletín de Relatos Pacíficos. Se llama Ruta de escape. Mi relato nació en el mar, lejos de tierras continentales, con toda la fragilidad que eso implica. Saqué mi pequeña libreta y apunté cosas. Una ballena apareció muy lejos (de nuevo por primera vez). La gente gritó. Yo anoté la escena. Después apareció la isla, cubierta de bruma. Sonreí al ver los colores y la claridad del agua cuando nos acercamos a la costa. Recordé cuando era niño y me llevaban a piscina: quería quitarme la ropa y lanzarme ya mismo.   

(Continuará mañana)