“Comenzar a pensar es comenzar a estar minado.
La sociedad no tiene mucho que ver con estos comienzos.
El gusano se halla en el corazón del hombre y en él hay que buscarlo”
A. Camus

 

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Por: Diego Firmiano

Gómez, el clásico periodista de “El minutero”, había llegado tarde a cubrir la noticia, y se dispuso a recoger las impresiones de los testigos presentes.

Yo lo vi caer-, aseguró un joven bonachón, de cachetes rosados y vestido como si trabajara en un bufete de abogados. Fue como si hubieran lanzado un piano del piso número veinte. ¡Zas! y ¡pum!.. todas las teclas, la madera, el fin de la música.

Muchos prestaban atención.

No, no, no-, interrumpió una señora con un perrito Chihuahua albino- usted se equivoca joven, ese hombre no parecía un hombre, es más, no era un hombre, era más bien un muñeco, no se fijó usted cómo sus manos y pies se movían de arriba hacia abajo. Era un cuerpo sin gravedad.

El periodista oía y garabateaba con rapidez, en sus tarjetas de 3 x 5, lo que más podía. De repente se escuchó una risa sarcástica en medio de los testigos y curiosos plantados en la  escena. Bajando sus lentes, Gómez buscó entre las personas al autor de tal injerencia y, en el fondo, detrás de un par de mujeres, una de ellas con un bebé en brazos, apareció un vejete con rostro sereno, como de turista, quien sin preguntarle algo se aventajó a decir:

Ni lo uno ni lo otro. Ni piano, ni muñeco. Eso son solo prismas de la visión. Lo importante no es cómo lo vieron caer, sino por qué cayó. Y la verdad, fueron dos palabras las culpables de este suicidio. Palabras que no serán juzgadas, porque no se pueden encarcelar letras, oraciones o frases. Ya va siendo hora –señalando al periodista– que presten atención y legislen urgentemente sobre este asunto.

Se hizo el silencio, que sumado al cuerpo desparramado en el piso, daba un aspecto sombrío al momento.

Viejo loco. No estamos para bromas dijo el testigo que había comparado al occiso con un piano. Apuesto que eres un escritor o por lo menos un poeta. Tu imaginación te ha llevado muy lejos. Basta. Sal de acá, sale, o…

¿O?, continuó el viejo… ¿o qué?, o me matarán igual como lo hicieron con ese pobre hombre.

¿Somos acaso criminales? Nos acusa de algo, cuida tus palabras viejo. Te podemos demandar.

Ven a lo que me refiero-, sonrió el viejo delante de todos, mostrando su amarillenta dentadura- ¿Ven?, si unas palabras te pueden enviar a la cárcel, porque no podrían matarte. No hay ninguna diferencia entre palabras y hombres. Ambos tienen fuerza y poder para crear o destruir.

Cómo te vamos a matar, acaso estamos arriba. Él fue lanzado. Dijo un hombre desgarbado que estaba entre los curiosos.

No es necesario…. piensen y verán. Agregó el anciano.

Mientras se discutía esto en la calle, Gómez meditaba sobre todo el asunto: el vaivén, las conjeturas, las discusiones, el perro de la señora que no dejaba de ladrar. Le preocupaba no ser conciso, breve, veraz con la elaboración de su reportaje judicial para el periódico “El minutero”. En su cabeza sonaba una frase del viejo: “fueron dos  palabras… dos palabras“. No había nada más conciso que eso.

¿Podría decirnos cuáles palabras, viejo?, se aventuró a preguntar Gómez.
¿Qué? Acaso es usted otro suicida. No lo conozco y no seré responsable de su muerte. No le diré nada. Me lavo las manos como Pilato. Sacudió sus manos como escurriéndolas.

Me voy.

Y se fue, mientra el perro ladraba y se creaban nuevas versiones de lo sucedido.

 

Música de esta entrada:

Marie-Louise Desage & LOuis – Some of These Days