Una tibia vaharada compacta de licor y cigarrillo mezclada con cera, sahumerio de eucalipto, laca para el pelo y esmalte de uñas que salió de adentro como acabada de liberar de un recinto hermético, nos obligó a afirmarnos en el piso.

 

Por / León Darío Gil Ramírez

El antecedente del ‘ojo mágico’ fue esa pequeña ventanita enrejada que, como un postigo, se adosaba a la puerta de ciertas casas. Era la que se abría, antes de permitir el ingreso por la puerta, para asegurarse de saber quién tocaba o quién timbraba. Si fueron las casas de citas las que la copiaron de las casas de los ricos o viceversa, no lo sé. En las primeras había uno que se encargaba de hacerlo, uno de la entera confianza de la matrona y quien, a la perfección, conocía la clientela. Si quien tocaba no tenía lugar en su memoria y adentro todavía había cupo, él, de su propio riesgo y tomando en cuenta los modos, la indumentaria y la presencia, decidía si lo dejaba entrar o no.

Dentro de los clientes, los preferenciales no conocían límites para entrar. Si no había donde, la matrona, donde sea, les inventaba un lugar. La ventanita, en un principio, le daba prestigio al negocio, después las ventanitas y los mismos negocios cayeron en desuso.

Conocer las normas o claves que mueven las zonas de tolerancia es asunto de experiencia. Tres o cuatro veces, trampeando mi edad, por pura curiosidad había incursionado en sus predios, solo. Iba a mirar. Las conocía más de oídas. Casas, mujeres, meseros, clientes, procederes, precios, música, comodidades, atenciones, todo, o casi todo, me lo habían contado. Para ir estaba acumulando arrestos y dinero.

Regular estudiante, tirando a malo. Me seducían más Tarzán, el Enmascarado de Plata o Marcial Lafuente que la clase de álgebra, geografía o religión; más el recreo, la calle y el billar que el aula. Más me atrapaban las estadas y conversas con los zapateros que las letárgicas peroratas, angustiosas, del profesor de historia.

Estaba en tercero de bachillerato. Tenía el dinero para dos botellas de ron con pasante y, si mis cuentas andaban por lo cierto, suficiente para pagar, completos, los favores de una mujer. Pero carecía de la audacia: se la pedí prestada a la aventura y la completé invitando, por mi cuenta, a dos compañeros de curso: Yepes y Vallejo. Yepes tenía la ventaja de vivir aledaño a la zona; risueño, fumaba con solvencia de adulto y eso le otorgaba poder y lustre. Alto, serio, impecable en el vestir, de buenas para las mujeres, Vallejo tenía presencia, mucha presencia, y era ese atributo el tiquete, el mejor, pensé, para proveernos de buenas compañías, aunque donde estábamos, ¿quién no lo sabe?, nada resultaba más definitivo e importante que el dinero.

El martes, para afinar el plan y ponerlo a salvo de posibles contratiempos, a rajatabla de las clases, nos fuimos a estudiar el lugar y sus circunstancias. Fotografía / Archivo

Para ir escogimos el miércoles, fin de un mayo veranoso. El martes, para afinar el plan y ponerlo a salvo de posibles contratiempos, a rajatabla de las clases, nos fuimos a estudiar el lugar y sus circunstancias. Aderezados con algo que nos mermara los portes de estudiantes, el miércoles, inquietados por los anhelos, nos volamos en el recreo de la tarde. Vallejo se agregó una bufanda y una chaqueta de cuero con lucientes botones de acero que remedaban una estrella. Yepes se vistió un pantalón de prenses, reciente, y una camisa seria, de cuadros escoceses, que le sumaba edad a su cara de niño. Yo, sin su consentimiento y al escondido, me calcé las botas tejanas de mi hermano y su correa de hebilla inmensa del oeste, imitación plata, que relievaba un caballo encabritado detrás de un cercado; para completar, me revolqué la melena. Los útiles, consecuente con su complicidad, nos los guardó, en la tienda del frente, don Julián.

Veintitreseamos un rato hasta que fuera la noche. Ni Yepes ni Vallejo consiguieron nada para aportar al presupuesto; este era enteramente de mi incumbencia. Hasta que fuera la hora: las 7, volteamos por la zona. Y no vimos ni notamos nada raro que inquietara nuestro ánimo, ni policías que arriesgaran nuestro propósito.

De primero, seguido por Yepes, remonté las seis escalas exteriores de la casa. Para desmentir nuestra adolescencia, los tres fumábamos. Y, un poco aturdido por el miedo que acarrea la inexperiencia, casi pegado a la ventanita explicada, timbré. Quien se asomó, un hombre artificioso, pálido, como de papiro, depilado, noté que se empinó para reconocerme hasta los pies. Con un guiño de agrado cerró con delicadeza la ventanita y nos abrió.

Una tibia vaharada compacta de licor y cigarrillo mezclada con cera, sahumerio de eucalipto, laca para el pelo y esmalte de uñas que salió de adentro como acabada de liberar de un recinto hermético, nos obligó a afirmarnos en el piso. El hombre depilado y pálido volvió, acometido por la desconfianza, a reconocerme y a reconocernos de pies a cabeza. Fue un vistazo rápido y exhaustivo tocado de cierta amabilidad y cierta malicia admirativa. Cerrando, con más ganoso ahínco miró a Vallejo.

Al fondo la realidad, oscura, se teñía de un rojo ensangrentado. Tomó la delantera y amanerando los gestos, con la mano arriba igualmente amanerada, también amanerando la voz, nos dijo: Síganme. Pasamos por pasillos como túneles lúgubres y fríos, por cuartos con sillas ocupadas por sombras que manoteaban y se reían, por un corredor con una ventanita huérfana, sin vidrio, por la que se podía entrever un tajo de ciudad al fondo. Donde se detuvo, la luz roja del bombillo exactamente encima de su cabeza, lo volvió espectral. Nos mostró las sillas, inmensas, que parecían velar el cadáver, pequeñito, de una mesita de centro, y nos invitó a sentar. Dirigiéndose a Vallejo le preguntó: ¿De tomar? Vallejo, mirándome, me endosó la pregunta. Una de ron y tres bretañas, le pedí. Y ya les traigo las mujeres, nos dijo en un tono acontecido por una cruel y lastimera ganas de estarse con nosotros.

Con una actitud de maestro de ceremonia, ofreciéndonoslas, dijo: Aquí están, quedan en muy buenas manos. Fotografía /Cortesía

Al rato de traernos el ron, las copas, los vasos, las servilletas, el cenicero y las bretañas, de disponerlo todo y de servirnos el primer trago, al rato apareció con las mujeres. Con una actitud de maestro de ceremonia, ofreciéndonoslas, dijo: Aquí están, quedan en muy buenas manos. Y con aires femeninos, dándonos la espalda, se marchó. Las mujeres, reprimidas por cierta timidez maliciosa, exuberantes, metidas en sus falditas diminutas, escotadas hasta el pecado, una a una desfilaron ante nosotros. Dos o tres, las que se repasaron los labios con la lengua, saboreándonos, con notable voluntad levantaron una pierna hasta la impudicia.

Todas, no sé cómo, se acomodaron en la poltrona del frente. La luz ultravioleta les enfatizaba los dientes y el borde blanco de los ojos y les otorgaba una rara hermosura, atrayente, mentida, riesgosa. Vallejo, iluminado tal vez por la intuición, se arriesgó y con una seña llamó a una. Lo mismo hizo, imitando el ejemplo, Yepes; pero Yepes sí se paró y fue y la trajo de la mano y de una la estrechó a su diestra. Yo, que dudaba entre dos, me decidí por una que me guiñó una lúcida coquetería, más de compañía cariñosa que de negocio. Las demás, y ese era el procedimiento, salieron; no era difícil deducir que se iban quebrantadas en sus esperanzas. Una, antes de hacerlo, le pidió un cigarrillo a Yepes; el fósforo que prendió iluminó un rostro abundado de pinturas donde los labios, exageradamente rojos, desmentían los labios de la realidad, y los ojos parecían estar enrejados entre unas pestañas filamentosas, largas.

En las primicias de los tanteos iniciales volvió a aparecer el hombre que nos atendía. Sin dejarlo hablar, la mía le atropelló una afirmación: Tomamos lo de la mesa. Regresó con tres copas más y tres bretañas. Vallejo, con un gesto que le otorgaba edad y ascendiente, no dejó que se sirvieran, él les sirvió. Con ellas, con la copa en alto, brindamos por el encuentro. Y cada uno, enardecido, se aplicó a lo suyo.

Ellas eran las que, para consumir, le abrían una pausa al acucioso frenesí de las manos: trasgrediendo límites, invalidando botones, desasosegando apuros, sin tregua recorriendo abajos y arribas, conteniendo a las malas la fiera desatada de la adolescencia en francachela. El ron, cada vez más frecuente, nos hacía más grietas en la razón y nos ponía más ganas en los instintos. Por mi parte, no tenía interés en negociar nada; feliz, con labios, dedos y manos, transitaba por ese cuerpo con el desparpajo y tranquilidad de un amante lícito y arrebatado. Y, mejor aún, con el gusto, la complacencia y el ardor de mi compañía. En los brevísimos interregnos del naufragio, me daba cuenta que Vallejo y Yepes, con igual o mayor intensidad, se revolcaban en sus prolijos paraísos.

Las pausas que el cigarrillo nos dejaba eran para constatarnos que seguíamos completos, vivos y atragantados de felicidad. Eran tramos para departir con ellas un apunte que ratificara nuestro arrojo. Y para esas licencias el ron es un aliado. Más que nosotros de ellas, ellas disfrutaban de nosotros; de nuestra ingenuidad, de nuestros años inexpertos, de nuestras manos y caricias briosas y nuevas, distintas a las rutinarias, adultas, maniáticas y acostumbradas de los clientes aquerenciados. Nos arrimaban con ganas a sus opulencias, a sus dones y virtudes con cierto aire indulgente y cariñoso, a veces maternal, como conduciéndonos con cuidado a las fuentes de sus delicias usadas y abusadas.

Vallejo, aprovechando los asomos de un lío lejano, me insinuó que quería meterse en una pieza con ella. Lo disuadí proponiéndole una disyuntiva: la pieza u otra de ron. Subvertida por el encanto de la compañía, y tal vez apoyada en una frase o en una palabra que nos oyó, la mujer de Yepes, levantando y mostrándonos la botella casi vacía, embolatada en la alegría, dijo: Quedan los tragos del culo. Resolví pedir la otra botella.

Cuando remonté el primer pasillo, con las manos abriéndome camino por entre el humo, me di cuenta que nosotros ocupábamos la pieza del extramuro. Fotografía / Archivo

Sin saber donde quedaba me fui a buscar el baño. También quería ese paseo para despabilar el cuerpo y el espíritu, para apaciguar las ansias o inventarle un modo nuevo de atacar la dicha. No sabía ni quería saber la hora. Cuando remonté el primer pasillo, con las manos abriéndome camino por entre el humo, me di cuenta que nosotros ocupábamos la pieza del extramuro. El pasillo se abrió en un salón donde, a lado y lado, había dos salas como la nuestra; para complacer la curiosidad la crucé despacio. En una de las salas tres mujeres, despernancadas, con desespero, se disputaban el cuerpo de un hombre negro y voluminoso como un tanque. Los quejidos del amor los oí mientras cruzaba por el siguiente corredor, provenían de dos puertas, una al frente de la otra, marcadas con los números 4 y 5. El corredor se abría, a la derecha, en una pequeña pista donde bailaba un arrume de sombras incomprensibles.

Al fondo, me sedujo la tenuidad de una luz azul. Buscándola, caí en un cuarto donde una mujer desnuda, al ritmo de un aire oriental, se contorsionaba ante un hombre solo, de corbata que, con aire contemplativo y fumando pipa, daba la sensación de no tanto querer poseerla como pintarla; la boina que le vi me ratificaba la sensación. El hombre, concentrado en ella, no me miró ni me miró la mujer que con lujuriosa maestría se contorsionaba siguiendo quién sabe qué señales, acatando quién sabe qué caprichos, obedeciendo quién sabe qué insinuaciones.

Seguí. Tentando la oscuridad me topé con una pared, y me devolví. Otra vez pasé por la desnudez y otra vez por la pequeña pista de baile.

Me sacudí un miedo que me entorpecía la voluntad. Me sentí atrapado en un laberinto empantanado en el pecado. El ron, pensé. Acudí a la calma y, parado, estudié el destino. Opté por devolverme. En ese camino, por fin, y puesto por una generosidad, me encontré con el baño. El espejo me entregó, absurda, la imagen de un rostro enfebrecido y repintado de labial, me hablé y no me oí, me dolió sentirme forastero en mí mismo; el labial fue fácil removérmelo con el pañuelo entrapado en agua. A la salida me encontré, esperándome, al que nos atendía. Me miró guardándose una pregunta. No me convidó, pero lo seguí.

Ajenos a mi presencia, Yepes en la suya y Vallejo en la de él, y viceversa, con manos y bocas se buscaban con incontenible ansiedad. La mía no estaba. No se demora, me dijo el de las maneras femeninas y me enseñó el recibo de la cuenta. Me la alumbró con una linternita de llavero. Saber que con lo que tenía la cubría con holgura, me animó la confianza y las ganas. Sobre la mesita, la nueva botella de ron era una grata provocación que dilataba la dicha y la noche. Empero la advertencia repetida en las paredes: Tanda servida tanda pagada, no puso ningún reparo cuando le dije que le pagaba apenas nos fuéramos a ir.

Con reiterada intermitencia ellas eran las que se sacaban y nos sacaban del embrujo para apurar otro trago. Por momentos la de Yepes, embobada, lo ponía en su regazo y lo acariciaba como a un hijo. Vallejo trataba la de él con suficiencia, acosado por ella se adentraba en juegos que comprometían la decencia; a veces eran una sola sombra que, en un rincón de la pieza, gemía como atacada por dolores deleitables. Las cosas que me decía la mía, por ocasiones eran más agradables que las cosas que me hacía.

Me contó su origen, me paseó por los campos, por el pueblo frío de su infancia, por las primeras manos inéditas que la agarraron una noche cerrada y le arrebataron su inocencia sobre un mundo de hojas chasqueantes. Sus labios y su lengua, cuando no los tenía ocupados hablándome, eran sus verdaderos y más experimentadas virtudes: como sierpes, dulces sierpes, me recorría por todas las regiones, estrenándolas, consumiéndome la voluntad, inventándome sensaciones, fundándome otras o removiéndome las archivadas en los instintos.

En un momento donde no se sabe si uno es uno o es una aparición, llegamos hasta la pequeña pista de baile. Como si cogiera una ilusión, así la cogí a ella. Me hizo cuna en su cuerpo y sus brazos me acunaron. La música adquirió la divina sensación de dejarse tocar, la tocaba y me empegotaba en sus sones con una delicia de ensueño. Lo que me decía: indecibles emociones, me escamoteaba la humanidad, me hacía sentir de aire. A nuestro alrededor, otras sombras más abigarradas buscaban la plenitud del deseo, el triunfo de la locura.

De regreso a nuestro lugar, por entre una ventanita del laberinto me mostró un retazo de la ciudad: apacible, pausada por franjas negrísimas, derramada de luces titilantes que de pronto alumbraban el acontecimiento gris de una calle lejana y recorrida por otras luces como agigantados y raudos cocuyos. Ahí, y de eso puede dar fe ese retazo, me besó como si fuera mi novia, con tanta inocencia que no sentí estar donde estaba sino en la puerta de una casa de mi barrio, y no con una mujer de una casa de esas sino con una que, presentía, ya la iba a llamar la mamá porque era tarde.

Fue la de Yepes quién sirvió el último trago. Alcanzó para todos, pero se valió de las copas más llenas para que el contenido en todas fuera igual. Fotografía / Archivo

Fue la de Yepes quién sirvió el último trago. Alcanzó para todos, pero se valió de las copas más llenas para que el contenido en todas fuera igual. Brindando, nos los tomamos por parejas. Bajaron de intensidad las caricias y los besos, o la intensidad le cedió el turno a cierta ternura lánguida y falaz. Ternura que propiciaba las primicias de la inevitable y eminente despedida.

Mandado por el azar, quién sabe, o por el conocimiento que da la rutina, apareció el mesero: chispeado por una frágil despreocupación, metido en una pava francamente femenina que le atenuaba la palidez, en una mano una bandeja sostenida a la altura del hombro y dentro de la bandeja el recibo de la cuenta. Miró a Yepes. Miró a Vallejo con gusto. Vallejo me miró a mí. La bandeja, arrebatado por esa despreocupación, despreocupadamente la puso sobre la mesita. Despreocupadamente, los labios como silbando un silbo mudo, me entregó la cuenta. O antes de que lo hiciera, del pantalón saqué el billete y se lo entregué. La botella la volteó sobre una copa para demostrar que estaba vacía; la puso sobre la bandeja. Los vasos no, tampoco las botellas de bretaña que demostraban contenido, ni la cenicera. Y salió pirueteando feminidades.

En un acto sinceramente amoroso, en un papelito, Yepes anotaba el teléfono y se lo entregaba a su compañía; sin ningún escrúpulo, apoyándose en un gesto maternal, ella se lo metió en el seno. La de Vallejo le atusaba la cabeza y las cejas como si lo estuviera arreglando para mandarlo a la escuela. Ellas y nosotros, en un lapso empobrecido por una tonta ridiculez que parecía desvirtuar los fragores de la noche, comenzamos a abotonar botones, cerrar cierres, desarremangar mangas, sacudir camisas. Con los dedos y de pie, nos compusimos el pelo y nos alisamos los pantalones. En vista de la demora de las devueltas, entre ellas, preocupadas, comenzaron a cavilar problemas. Los restos de cariños nos los dieron, y se los dimos, en medio de un mutismo triste y desconcertado.

El desconcierto subió de nivel cuando, intempestivamente y de un modo misterioso, nuestro cuarto se llenó de luz: tanta, tan de repente y tan infame, que fue como si nos hubieran descubierto desnudos. Con el asombro en la cara, ellas no se explicaban el porqué; menos, muchísimo menos nosotros. La oscuridad siguió siendo condición de los otros cuartos y pasillos; la música y el bullicio no: a la casa, a toda la casa, la angustió un repentino silencio. Ese silencio, doloroso como una condena, nos permitió oír, creciendo como una tromba incontenible, firme, resuelto y fuerte, el retumbar de unos tacones.

Las mujeres se soltaron de nosotros y se estrecharon contra la pared. Lo que pasaba no tenía acomodo ni en nuestra razón ni en nuestra imaginación. Pero nos horrorizaba, y nos horrorizaban los pasos y nos horrorizaba el desamparo en el que ellas, contra toda explicación, nos acababan de dejar. Al pasillo, de pronto, lo ocupó, y lo ocupaba más a medida que avanzaba, la presencia avasallante de una mujer. Gorda desafiante, alta, altanera, de manos largas apartadas del cuerpo al modo de la furia; envuelta en un chal que más parecía una colcha granate con flecos rosados; mona teñida; el pelo: un bollo alzado y grueso que le dilataba su altitud y le ampliaba su corpulencia; de uñas salidas y rojas como garras ensangrentadas; pestañas postizas y cejas azabaches remarcadas con sevicia en su piel de cera; empacada en una bata amarilla de visos brillantes; sin medias y parada en dos estacas pálidas metidas en dos tacones altos, altísimos y cargados de rutilantes iridiscencias.

Eso era cuando, ocupándolo todo, se paró en el marco de la puerta. La cabeza del que nos atendió, sin la pava, como un apéndice de esa extravagancia, le apareció por la izquierda, con ambas manos se cubría un miedo a punto de estallar. Con la derecha la mujer levantó el billete; la izquierda, desafiante, la reposó en la cintura. Me pareció ver que salía de una película de horror. Arrugó furiosa la frente y batiendo el billete, a gritos nos empavonó de insultos ensartados en denuestos y vulgaridades. Nos lo dijo todo apoyada en diminutivos que buscaban agraviar nuestra condición: mariconcitos, hijueputicas, malpariditos, guevoncitos. Interrumpirla habría sido entregarle el pasaporte para sucumbir ante su fuerza demoledora. Pero los insultos carecían de un reclamo claro. No me acusaba ninguna culpa, ninguna. Pensé, por un momento, que hacía falta dinero.

Yepes y Vallejo me miraban y la miraban a ella no como a una presencia real sino como la encarnación de la furia al mismo tiempo ficticia e infernal en la estancia neblinosa de una pesadilla. Solo al final, cuando se nos acercó y casi nos metió el billete en los ojos, chilló iracunda que el billete era falso. El mismo asombro mío lo vi puesto en los rostros de Yepes y Vallejo: perplejos y, menos mal, sin trazas de acusaciones o de sospechas frente a mí.

Quería proponerle dejarle en prenda mis botas y la chaqueta de Vallejo, pero cada vez que intentaba hablar me apabullaba con sus gruesas maledicencias. Fotografía / Archivo

Apenas tomando aire para rebajar los accesos de la furia, con peores palabras acometió contra las muchachas que, aplastadas contra la pared pasmadas de miedo, se juntaron en un abrazo trémulo. Pendejas, solapadas, ¿es que no saben lo que va de un cachuchón a un macho?, les gritó como poseída por el demonio. La emprendió contra el que nos atendió, por ser tan bruto, tan guevón y tan marica de no distinguir entre lo que es un hombre y un culicagao. Si no le pagábamos ya, amenazó con mandarnos al foso de los pervertidos: Ellos si sabrán cómo sacarles mi plata del culo, chilló entre espumarajos y energúmena.

Quería proponerle dejarle en prenda mis botas y la chaqueta de Vallejo, pero cada vez que intentaba hablar me apabullaba con sus gruesas maledicencias. Para reposar su corpulencia y recuperar la respiración que la abandonaba por momentos, exigió que le arrastraran una de las sillas. Lo hizo, humillado, el pálido que nos atendió. La puso y se sentó, como una verduga, frente a nosotros. Y dijo rotundamente: De aquí no me muevo hasta que ustedes, güevoncitos de mierda, no me paguen.

Muchas y muchos de las otras piezas, removidos por el escándalo, llegaron hasta la nuestra. Uno, por entre el racimo de cabezas que se asomaban con inquietada curiosidad, llegó mandado por un milagro, lo reconocí y me reconoció. Entendió mi seña. Era el presuntuoso e implacable profesor de química. El sitio, deduje, disipaba cualquier diferencia, nos igualaba. Alentado por esa deducción y esa presencia, con arrestada temeridad, me paré.

La mujer, luchando contra el cansancio, la furia y la desesperación, entrapándose el sudor con los flecos de su chal, permitió que me le acercara. Ante mi actitud, se reacomodó desafiante en la silla. Con un tono alterado por el miedo le propuse que me dejara hacer una llamada. Eso es lo que voy a hacer, dijo, llamar a la policía, lo dijo y le noté en la voz que era mejor entrar a negociar. Aceptó, pero tronante le ordenó a otro mesero, de talante más corpulento pero más femenino que el nuestro, que me vigilara.

Las huellas del trago en el profesor eran más notables que las mías: estaba borracho. Las mías, el escándalo las había borrado o escondido o aplazado para otro momento menos aciago. El profesor, cuando estuve cerca, como a un valiente me tomó de la mano, después, tartamudeándome elogios me abrazó y abrazado me llevó a su mesa. Miren a quién me encontré, jolgorioso y sin dejarme de abrazar me mostró a la mesa, me mostró como un trofeo.

Para reconocerme y saludarme, apoyado en el hombro de una mujer acongojadamente ebria, la corbata como una vergüenza, sin el saco que descuadernado reposaba en las piernas de la mujer, se levantó el señor rector; un rebujado mechón en la cabeza le anulaba la dignidad, le empantanaba su artificial decoro; la camisa, desabotonada y por fuera del pantalón, lo alinderaba con lo miserable. Me tomó por los hombros, con tambaleante fijeza me miró a los ojos y, casi perdido, pronunciando alargadamente mi apellido, me estrechó en un abrazo que no concluyó porque lo retuve. Qué hubo Echeverri, le dije, igualado, cuando me soltó. Al de filosofía sí lo saludé de profesor, se lo merecía: no tenía dobleces. Aunque no era para tanto, un peso de vergüenza y de dignidad menoscabada le hizo agachar la mirada.

Lo que debía contarles para salvar el inconveniente, con machistas epítetos y empedradas palabras, entre elogios y socarronerías, se los contó el susodicho de química. El señor rector le ordenó a su compañía, en mi honor, que me sirviera un trago. Lo sirvió y, doblegada por el whisky, prácticamente me lo derramó en la camisa. Fue el señor rector quien, con falsa dignidad, hundido en el trago, me entregó un billete. Y tenga este otro, perdido en la largueza de su amabilidad borracha, me dijo el profesor de química. Como con cualquiera de los dos billetes era suficiente, el que me entregó el señor rector se lo metí en el bolsillo de la camisa, y le dije: Por ahora, Echeverri, su plata no la necesito, muchas gracias.

Después, con intencionada fuerza, para que se diera cuenta lo que vale la entereza, duro, lo palmoteé en el hombro. Con palabras de muchacho le agradecí al de química. Del de filosofía sí me despedí de alumno a profesor.

Con las devueltas salimos a comer empanadas.