La Madame

Por un lado está la vanidad de ver mi nombre en grandes letras presidiendo un edificio en el que no dejan de entrar y salir políticos, empresarios. Por otro, pienso en las bromas de familiares y amigos.

 

Por / Camilo Villegas

Ayer me llamó una Madame que maneja unas 70 niñas. Una admiradora, dice y se ríe, me cuenta que pretende dar mi nombre a un nuevo club de strippers que piensa poner, pronuncia con énfasis. Pregunto si se trata de una broma y se precipita a negarlo.

Yo, al otro lado, callo. Transcurridos unos segundos, en tono cortés, pero de censura, la madame señala que no habría dicho lo mismo si me hubieran propuesto llamar con mi nombre a una calle. Es que no es lo mismo, me defiendo.

Claro que no es lo mismo, arguye, una calle la tiene cualquiera, estoy en disposición de demostrárselo, pero usted sería el primero en honrar con su nombre a un club de entretenimiento para adultos. ¿Qué de malo encuentra en ello? No sé, digo, tratando de dilatar la respuesta mientras pienso qué opinarían mis padres sobre el tema. Se me ocurre que dirían irónicamente que por fin habría llegado a algo en la vida y suelto una risa algo siniestra.

¿Está usted riéndose?, pregunta, ofendida. No, no, tosía, estoy un poco resfriado.

Finalmente le digo que lo pensaré, cuelgo la llamada e intento seguir trabajando inútilmente. El club nocturno ha sembrado en mi cabeza un veneno que crece y crece hacia lo más profundo del cerebro. Por un lado está la vanidad de ver mi nombre en grandes letras presidiendo un edificio en el que no dejan de entrar y salir políticos, empresarios. Por otro, pienso en las bromas de familiares y amigos. Pero también pienso que, con suerte, algunos de esos conocidos serían muy felices en mi club.

Yo mismo acudiría a darles la bienvenida con aires de ser el dueño del antro. Finalmente, decido dejarle las cosas a Dios. Si me vuelven a llamar, diré que sí. Si no, me olvidaré del asunto. Pero no me olvido. Y tampoco me llaman.