Con una barba que en ocasiones le dura meses, tupida de canas, y con los años que tiene a cuestas, camina metido en unas botas de caucho por las laderas y lotes abandonados en busca de sidras que logra cambiar por comida o vender por unos pesos.

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Texto y fotografías: Edison Cano

“Cambalache”, así es conocido Uriel Vargas Osorio en la comuna 9 de Dosquebradas. A sus 68 años vivió 18 en una cueva, en el mismo lugar donde hoy se construirá una urbanización y meses atrás encontraron los cuerpos descuartizados en estado de descomposición de jóvenes que -vinculados o no- sucumbieron en las dinámicas de la delincuencia.

Cerca de 200 metros caminaba Cambalache por un terreno deshabitado para llegar a su cueva, que lo acogió de la lluvia y el sol durante años. Con la espalda claramente desviada a la vista, carga el peso de sobrevivir cambiando una sidra, unos plátanos o unas plantas medicinales por comida, pero sintiendo que vale la pena vivir libremente y escuchando el cantar de las aves. Uriel o “Cambalache” llegaba a su cambuche a la hora que el sueño le invadía los ojos, que han visto las horas más oscuras y por supuesto amaneceres más cálidos, cargados de música natural, tal y como la interpretan los canarios silvestres que para él son el nuevo día.

Uriel es de contextura baja y tiene unos ojos color miel que bailan y saltan cuando habla de la tierra, de lo hermoso que es vivir libre. Con una barba que en ocasiones le dura meses, tupida de canas, y con los años que tiene a cuestas, camina metido en unas botas de caucho por las laderas y lotes abandonados en busca de sidras que logra cambiar por comida o vender por unos pesos. Su cara está un poco desviada debido a una parálisis facial, sus labios asaltan las palabras antes de hablar a las amas de casa que necesitan conseguir algo de tierra para echarle a las materas, o algunas espinacas con qué hacer sopa. Así visita los callejones de esquina a esquina todos los días. En la tarde le gusta detenerse en el parque de La Mariana, en especial cuando el día se torna caluroso, y hacer la siesta debajo de un pino que lo acoge siempre con la misma sombra, antes de continuar transitando los barrios.   

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El día que se conoció su historia los políticos locales acudieron hasta la cueva para invitarlo a vivir en “sociedad”, de esta manera Uriel llegó a un ancianato donde le brindaban tres comidas al día, televisión, techo y por supuesto una cama. Lo paradójico es que sólo aguanto una semana aquella rutina, que le exigía manejar horarios puntuales de entrada o salida. “Es difícil mantenerme encerrado después de vivir con tanta libertad”, manifiesta, “y es que al fin y al cabo no le debo nada a nadie para vivir el resto de mis días encerrado”.

A su cueva, en cambio, llegaba a la hora que quería, aunque sus acompañantes más fieles fueran los mosquitos, las hormigas que nunca faltan y la luna: encargada de  trazar el camino de sus pasos, con el sonar de los grillos para llegar al fin a descansar en ese espacio de 2 metros de profundidad  por 70 de ancho y de alto. Es el costo de vivir en libertad, enterrado con plásticos que aíslan las gotas de lluvia y el frio, sus peores compañeros en épocas invernales. Lo fatídico es que tanta promesa de políticos terminará convirtiéndose en una desgracia para Cambalache: cuando dejó su cueva por una semana fue invadida, ya no por animales, sino por pirómanos que hicieron arder posesiones valiosas. No contentos con ello, se ensañaron a pala y pica sobre la cueva, buscando un derrumbe que se negaba a caer, como si el pequeño terruño sintiera suyo a quién lo habitó noches enteras.

Uriel trabajó la tierra desde su juventud en su natal Santa Rosa,  cuenta que un día se quedo sin trabajo y se vio obligado a buscar un sitio donde vivir. Teniendo la posibilidad de sembrar matas medicinales, con un conocido llegó a Villamaría, un pequeño barrio de la comuna 9 que ha vivido los golpes de las drogas y la violencia recurrente que caracteriza a nuestra sociedad. Cambalache, al igual que cientos de campesinos que se han visto obligados a dejar sus parcelas, desea tener una hectárea para vivir y cultivar alimentos por el tiempo que le queda de vida, sin hacer daño a nadie.

Quizás él no necesitaba alimentos, porque como dice “la comida la consigo en la calle”; al igual que los demás seres humanos necesita sentirse útil, sirviendo a sus semejantes. Quizás la libertad vale mucho más que un plato de lentejas, y caminar, sentir el placer de una noche estrellada con el viento o la inmensidad que lo rodea y la luna de testigo, son las sensaciones que nos hacen humanos. Hoy Uriel paga dos mil pesos diarios por dormir en una casa de Villamaría, en una calle -la bis- a la que le sobran historias de muertes y violencia.

En esa casa deteriorada al rincón de esta calle con agites que van y vienen, el sudor como aroma cotidiano acoge a sus huéspedes. Aquí Uriel continuará pasando sus noches, para levantarse a seguir caminando por los barrios de la comuna 9 en Dosquebradas, donde todos los conocen por Cambalache.