Salió por el Caribe en una goleta, como conquistador en su odisea, cantando en todas las islas que encontraba, hasta terminar en Uruguay. El destino lo llevó a coincidir con Dámaso Pérez Prado. Grabó con él, pero no salió al mercado ningún disco.

 

Por: Jorman Lugo

La muerte lo sorprendió en el Bronx. Afuera, en las calles, las hojas se desprendían de los árboles y el tiempo se hacía más frío. La televisión quedó encendida. En ese momento, ingresó a la orquesta en la que estaban, hace algunos meses, Lavoe, Charlie Palmieri, Barry Rogers, Louie Ramírez y otros cuantos más. Murió sin el reconocimiento que tuvieron algunos, sin el lamento del público, sin que lo homenajearan. Al final, volvió a su tierra en un ataúd sellado y en silencio.

El último show en el que participó fue una gira con Orlando Marín y sus cuatro trompetas. Hizo un recorrido parecido al que emprendió cuando empezaba a cautivar masas. El Caribe y Suramérica. En su primera aventura, fue pasando de países y cambiando de orquestas. Se dio el lujo de ser un nómada viviendo de lo que amaba. Su voz se lo permitió. Las grandes orquestas lo querían en sus nóminas, los hoteles le ofrecían contratos, las mujeres lo preferían. Era tan famoso como la mermelada cubana. Cuando volvió al Bronx, la nueva onda lo denominó el papá de los pollitos.

Portada con el notorio error en el nombre. De colección. Foto / Cortesía

Esta es la historia de Chivirico Dávila, cantante de la música afroantillana. Puertorriqueño en el Bronx, mulato, trotamundos, maestro, voz de terciopelo. Bolerista, guarachero, sonero, compositor, interprete. Estrella de la Alegre. Cantante de Fania. Ídolo latino.

Empezó en su natal Puerto Rico como Rafael Dávila. En Santurce dio sus primeros pasos. Allí fue donde afinó su voz al compás de la clave. Integró cuartetos y tríos para pasar a las grandes orquestas. Con 15 años ya se hablaba de él en media isla. De esa popularidad vino su nombre artístico. Era tan famoso como la mermelada cubana. Dijo Cascarita “Si este es más popular que un chivirico en La Habana, pues ponle Chivirico”. Chivirico con pan. Luego emprendió su éxodo por el mundo.

Salió por el Caribe en una goleta, como conquistador en su odisea, cantando en todas las islas que encontraba, hasta que terminó en Uruguay. El destino lo llevó a coincidir con Dámaso Pérez Prado. Grabó con él, pero no salió al mercado ningún disco. Después se radicó en Ecuador y Chile, turnando el canto con la vida agrícola.

A principios de la década del 60 vuelve a radicarse en la Gran Manzana y sus dotes lo llevaron a ser una de las voces más deseados en el efervescente ambiente neoyorquino. El boom antes del boom. Al Santiago lo invita para que cante con la orquesta de Orlando Marín. Con este  empieza a regar éxitos por todo el mundo latino. Escribe sus canciones e interpreta como los dioses. En Se te quemó la casa, del 61, escribe varias canciones y pega en todas las emisoras La casa. Luego graba con Kako, Pacheco, Barreto, Joe Cuba, Joe Cotto, Pete “Boogaloo” Rodríguez y muchos más.

Un paseo por otra fama

En esa época deja huellas de animal grande. Graba su nombre con letras doradas en la historia musical latina. Con la Alegre All Star, en compañía de los más innovadores músicos del momento (Charlie Palmieri, “Yayo el Indio”, Bobby Rodríguez, Cheo, Monguito, Santos Colón y un largo etcétera) deja la canción El manisero, una descarga imposible de interpretar para cualquier cantante, menos para él.

A mitad de la década, Fonseca, productor del sello del mismo nombre, lo contrata como profesor. Le asigna a los jóvenes Ricardo Ray y Bobby Cruz para afinarlos en la clave y el soneo. De su trabajo con ellos salieron publicados dos álbumes en el 66, ‘Ricardo Ray Arrives/Comejen’ Y ‘Ricardo Ray se soltó – On the Loose’. En varios números aparece en los coros y otros como vocalista. En Mírame (fusión entre la guajira y el mambo) da cátedra de cómo se canta una guajira y cómo se ataca el mambo, con frases claras, vigorosas y bien entonadas.

La década del 70 llega con nuevos retos. El monopolio comercial impuso pautas que lo desfavorecieron. La promoción de los nuevos pollitos y la manipulación de las radios trataron de hacerlo a un lado. También estuvieron en su contra los cánones estéticos que fomentó el imperio, donde vendían portadas con gente blanca. Pero su voz fue más allá de cualquier tendencia.

En la orquesta de Joey Pastrana llegó a niveles interpretativos solo comparables con nombres de la talla de Daniel Santos y Benny Moré. Entró al panteón de los más grandes cantantes latinos. Se recibió con honores y sus colegas se lo reconocieron. En un debate de soneros en Panamá entre Chivirico y “Monguito el único”, este, en un momento del show, se detuvo a aplaudir a Dávila en frente de todo el público.

Con Pastrana, hizo su mejor “batazo”. En el disco The Real Thing (El verdadero), pegó un bolero de María Grever llamado Así, donde hace una deliciosa interpretación, llena de giros vocales y recursos propios del “Cangrejero”. Además, en esa misma producción se destaca la canción Noche de ronda, otro bolero producido con la vigorosa orquestación de Pastrana.

Sin embargo, sus recursos vocales siguieron rompiendo paradigmas. Lo mismo daba un bolero que una bomba. Ritmos disímiles, él los unía. Con Kako y Cortijo grabó un álbum,  Ritmos y cantos callejeros, que iba hasta lo más profundo de las raíces musicales puertorriqueñas: la bomba y la plena. Su versatilidad hizo de la producción un éxito. Aunque fue demasiado para la época. Las tendencias y la pauta comercial impidieron el verdadero reconocimiento de esa obra rica en herencia e interpretación. Ya es sabido que, en pleno auge salsero, la Fania decidía qué sonaba en las emisoras y muchos discos quedaron en la sombra. Pero el tiempo le dio la razón a la apuesta de Kako y Cortijo. Una muestra de ello es Chiviriquiton, escrita por Ismael Rivera.

Solista de Fania

Luego la Fania lo contrata y lo saca al mercado como solista. En “Chivirico” —como se denominó esa producción—, sigue destacando como bolerista pero la rompe, especialmente, en un guaguancó intenso que tuvo los coros del mejor corista de todo el movimiento, Yayo El Indio, y de Adalberto Santiago. Una verdadera canción para los bailadores llamada Por eso me pica aquí. También hay otra canción que expone lo que es el mundo latino, El babalao. Un número repleto de guiños a las religiones africanas que viajaron hasta el Caribe y se afincaron en nuestras tradiciones, interpretado con la picardía propia y el sabor característico del latino.

En el 75 el destino lo une al genial y exquisito Mark Dimond. Un pianista reconocido por su técnica y por sus abusos de las drogas. Ese año grabaron Beethoven’s V, un álbum hito en la salsa. Allí canta una canción escrita por Tite Curet llamada Por qué adoré. Ese disco ha sido reseñado como la muestra de lo que es la salsa de barrio, aguerrida y sabrosa. En esa producción, Chivirico demostró que para un cantante de su categoría no había reto que lo achicara.

Con Fania publicó varios discos más hasta que decidió dar un paso al costado. Su relación con esta disquera no fue la mejor y en muchos casos le brindaron un papel secundario que, obviamente, no era para él. Después se reunió con Joe Cuba, que volvía a la movida musical y estuvo presente en El pirata del Caribe.  El último disco en el que aparece Chivirico es en Onda típica de la orquesta Guararé, donde interpreta varias canciones.

 

En la década del 80 no recibió ningún homenaje. La salsa tomó el rumbo de lo rosa. Las disqueras olvidaron a Dávila y prefirieron a otras voces con otros estilos. Su fama fue efímera. El público lo fue olvidando. Sobrevivió sus últimos años trabajando en una empresa, viviendo en la ciudad de la que siempre quiso huir. Alimentando su sueño de regresar a Puerto Rico como la leyenda que era. Su corazón se detuvo abruptamente mientras miraba la televisión y, tal vez, por las calles del Bronx un borracho tarareando una canción doblaba por algún callejón.