A propósito de la presentación de Yuyos de paso, de Carolina Hidalgo, compartimos este texto donde se comenta esta obra poética. Este miércoles 15 de agosto, a las 8 p.m., se realizará el evento en el café bar El Parnaso. Entrada libre y gratuita.

 

Por: Patricio Guerrero Arias[1]

A Carolina Hidalgo siempre le ha habitado la palabra, ella está en su corazón, en su cabeza, en su útero, pues sus “raíces profundas como el tubérculo se alimenta de poesía” .
Aprendió el arte de la palabra quizá de su abuelo, ese pirata de barcos imaginarios, definidor de palabras y pintor de sueños que “vino del mar, y de ninguna parte”, que tuvo tres nacimientos a la vez, que le entregó sus historias en sus canciones, sus trabajos y en sus cuadernos, los que guarda como su mayor tesoro, y los lee muy seguidito como para no perder el horizonte que el sabio abuelo amante de Verne le dejara, para que sea una caminante del “flujo de la palabra”, con el fin de que vaya por los cuatro puntos cardinales del mundo haciendo que vuelen libres esos “vocablos en estampida”, para que siga aprendiendo de la sabiduría y la fuerza espiritual del corazón, que es la que le ha permitido descubrir que en todo el Bioverso habita la poesía.
Porque la palabra es luz de estrellas, por eso ha acompañado al ser humano a lo largo de su historia, iluminando sus sueños, sus caminos y sus luchas por cambiar la vida; y así, como su abuelo sanaba cuerpos, ahora ella, como tejedora de palabras, sana espíritus, pues muy temprano descubrió, el poder sanador de la poesía.
Que bello que Carolina nos muestre la necesidad de la palabra como ese puente que permite que los humanos hablemos con los cielos, con el Bioverso. La poesía de Carolina es un acto de insurgencia de la ternura, es la muestra como el poder de la palabra será siempre un arma frente a las palabras del poder, por eso ella y su poética son “rebeldes, femeninas, inmateriales”, terapéuticas, por ello hay que llamarla a que nos habiten en lo profundo del corazón y el espíritu
Carolina, ha sido capaz de “plegar las sombras de los árboles en sus poemas”. Poesía que tiene la virtud y la fuerza insurgente de “incendiar flores” en los parques, para que su fuego nos alumbre y abrigue esta soledad que estos tiempos nos impone
La poesía de Carolina nos muestra la fuerza matrística de la palabra, de la poesía, su energía sanadora como de las mujeres medicina de las que nos habla, esa fuerza que viene desde muy atrás del tiempo; poesía que teniendo la fuerza de los ancestros, nos permite comprender los tiempos nuevos, para que sanemos la memoria, para que no nos gane el olvido, para que sintamos que las cosas que ahora gozamos son el resultado de la luchas de seres libertarios que nos muestran la necesidad de “transparentar los ojos del vidente”, para que podamos tener la sabiduría como la mujer árbol, de regresar, de escuchar y guardar silencio.

Una política de la poética

La palabra sabia de Carolina Hidalgo nos muestra además la dimensión política de la poética y la dimensión poética de la política cuando nos lleva en “Del exilio a última hora” por ese viaje desde su primer Big Bang cuando apenas era una pequeña estrella alumbrando el vientre de su madre; ella, como todo lo que vive fue un milagro fecundado en el encuentro de la sagrada paridad que hace posible la existencia; y con la sencillez de su palabra transparente como el agua, nos hace sentir la belleza de ese milagro que es nacer y que nada cuesta; nos habla de ese bello proceso en donde la vida no estaba marcada por las reglas del capital y del mercado, pues nos dice: Nada me costó nacer… / Un grito de espanto ante tal mundo invitro… y ahí, fui creciendo como aguacate, cebolla, yerba; tiempos en donde nada nos costa soñar, simplemente “cerraba los ojos e iban apareciendo las formas, los espantos, las odiseas, los unicornios”, ese tiempo en que nada nos costaba jugar, ir detrás de la magia de pelotas de colores, tener amigos para dejar volar en bandada la alegría.
Nada costaba cantar, compartiendo el encuentro con el misterio, “Nada me costó vivir en el arte… / sólo acompañaba a mi abuelo a pintar las grandes cúpulas de las iglesias, sus vírgenes y paisajes montañeros”; por ello Carolina caminó hacia la poesía de la mano prodigiosa de su abuelo, por eso sueña que sus cuadernos, esos tejidos de palabras que le heredó, un día vuelen libres como pájaros cantores para que otros corazones los escuchen; “Nada me costó disfrutar la música… / sólo escuchaba a mi madre cantar sus amores, /a mi tío replicar a Gardel”; tiempos en los que nada nos costaba garrapatear dibujos y palabras para enamorar a los que amamos.
Nada nos costaba sentir, reír, llorar, “hasta que vinieron algunos otros y a todo le pusieron un precio, / o un valor de diferencia. / La enfermedad del Neoliberalismo trajo / los estratos sociales, las escuelas privadas, / las calificaciones de uno a diez, y de esa manera en forma perversa se estratifico la sociedad y la vida, se fracturo la trama de una alteridad que estaba tejida con afectos; y así, en nombre de la cordura y la lógica, fuimos perdiendo la posibilidad de ser felices, la capacidad de asombro y de maravillarnos con la belleza y el misterio, nos dijeron que debíamos estudiar para ser alguien en la vida, pues negaron el milagro de que siempre fuimos desde que estuvimos en el Bioverso de ternura del vientre de nuestra madre, y ahí en la escuela, nos alfabetizaron en la letra, pero nos volvieron analfabetos de corazón, perdimos tiempo para soñar, para sentir, para amar, para corazonar y nos fuimos volviendo seres que solo escuchábamos una razón sin alma, que iba matando la poética de la vida, nuestra imaginación fue sustituida por las imágenes de un televisor; de esta forma nos fuimos sometiendo al sistema y colonizando el ser, el fuimos volviendo náufragos en el río de la vida.
Por eso la poesía de Carolina nos advierte de la necesidad de empezar a sanar la memoria, esa “extendida liana del corazón”, para que seamos capaces de no dejar de escuchar las voces telúricas de las abuelas y abuelos, cuya “¡Sabiduría! ¡lumbre de esperanza!” pues ha sido vivida, sufrida, caminada, luchada, y por ello mismo sigue siendo horizonte para regresar a los caminos del corazón y la espiritualidad que el capitalismo asesino de la vida busca extinguir, pues bien sabe que la espiritualidad, la afectividad, la sabiduría, la dimensión femenina del vivir, son fuerza insurgentes para que la humanidad no renuncie a la intransigente lucha por corazonar una distinta vida.
La poesía de Carolina Hidalgo, esta “niña salvaje de Whitman”, ha tenido la virtud de salir de los foros intelectuales y los recitales de salón, para ir modelando su palabra con la arcilla de los caminos de la vida, que se ha ido transparentando con los años, ahora podemos sentir que en “la palabra preñada de americanidades” de esta guerrera de la poesía, que nos trae la sabiduría de los antiguos y los anuncios de nuevos amaneceres; habitan las fuerzas de esos poderes con los que la Pacha Mama y Pacha Taita tejieron la sagrada trama de la vida, pues su poesía es transparente como el agua, fecunda y generosa como la tierra, tiene la pasión del fuego y la libertad del aire.

Antesala de la alquimia

La poesía de Carolina Hidalgo la sentimos como otra forma de corazonar, es decir de una belleza poética que tiene la capacidad de sentir con el pensamiento y pensar con el corazón, de mostrar una sensibilidad reflexiva y una reflexibilidad sensitiva, desde las que “las onomatopeyas saltaron sobre las brechas del juicio racional”, lo que le ha permito escuchar desde el corazón el nombre de la tierra, pero sobre todo sentir su sufrimiento, por eso sabe que “otro canto espera” para aliviar su sufrimiento, para que florezcan guayacanes de colores, milagros de colibríes, y tejamos una alteridad biocósmica que nos permitan sentir la “alegría del aguacate”, la “tranquilidad del manzano”, la “niñez del guayabo”, como la que siempre vivimos “Antes del ecocidio del espíritu,”, y podamos plantar desde el corazón y la espiritualidad nuevas semillas, para regresar a la tierra.
La poesía de Carolina nos lleva a “la antesala de la alquimia”, con ella recoge la poética que habita en la propia vida, en los territorios cotidianos del vivir, en donde podemos dejar andar la palabra desde el corazón con las amigas y los amigos mientras hablamos de futbol, de política o amores y comemos hamburguesa y chupamos helados, pero sin dejar la poesía por eso también se invita a Whitman, a Lezama Lima, a Neruda, a Lorca, a Alfonsina Storni, para que con su poesía nos alimenten el alma, poesía que siempre nos salva y permite que podamos de igual manera, escuchar el Churo cósmico en el Cabildo de los Pastos y sintamos los latidos de la Pachamama y miremos las “estrellas de agua en el Manto de la Vida”, mientras cuentan antiguas historias sobre el poder cíclico y la sabiduría de la luna llena.
Pero su poesía nos habla además, de la magia que camina por los parques que están colmados de “cuentos de maíz”, de la belleza mística de los cuerpos femeninos atravesados por la luz danzando a Shiva; o del dolor de la ausencia de la memoria de las ancianas y ancianos, que “bailan el olvido”, y esperan la llegada de su inevitable encuentro con la muerte; o para que su poesía rinda un homenaje a otras alquimistas de la palabra, como Alfonsina Storni, por ello Carolina “Suelta las amarras del barco” de la palabra para mirar como esta florece entre orillas del inconsciente /alivia las cicatrices del pecho, y podamos sentir como “la luna te recibe en bondad luminosa”, mientras se va a caminar por las estrellas acompañada de caracolas y caballos marinos.
Carolina, recoge también la magia de la erótica de la vida, que el racionalismo y la religión la convirtió en pecado, en vergüenza, Carolina nos muestra como la pasión, la danza sagrada de los espíritus y los cuerpos, cual volcanes primigenios, reproducen en la belleza de esa mágica erupción de las pieles, el milagro del primer Big Bang generatriz de la vida, cuya música se hace estrellas para iluminar nuestras existencias.
Carolina no puede dejar a un lado la sabiduría de la poética femenina Mapuche, que nos hace recordar la inutilidad de las guerras, el poder sanador de la palabra y la urgencia de limpiar el corazón, por eso desde la espiritualidad de “María Huenuñir en su abrazo mapudungun / Sabia niña, madre, 500 años / corteza de esperanza”, nos advierte que: “No vale la pena la guerra es tiempo de sanación, / ¡Desarma tu corazón!”.

Una poética del desamparo

Pero su palabra tierna es también rebelde, para cantarle a aquellas jóvenes vidas que tempranamente fueron “taladas por la violencia”, su poesía hace suyo el dolor de esas madres y padres que “se asoman por la orillas de su fantasía”; poesía para madres como Aleida Tabares que tienen el bello coraje de hacer que la poesía parida por su hijo muerto tempranamente, siga renaciendo más allá de la muerte; poesía para mostramos la dimensión política del dolor; por ello, otros poetas como Lorca, sembraron una poesía, no alejada de la vida, sino comprometida con ella: “Lorca buscaría los ghettos negros/ dónde los humanos pasan, de ser alguien con raíces, / a ningún lugar de América”. Poesía insurgente para denunciar la perversidad de una civilización de muerte en la que con cínica indiferencia “se corta una begonia, / se corta una vida…”, una civilización ecocida que no solo deforesta suelos, sino también sueños, que no solo contamina el aire y los océanos, sino también los corazones, que hace que mientras el calentamiento global quema al planeta, el corazón humano se congele.
Carolina “respira y sueña a través de la palabra”, desde ahí nace y renace, nos dice que las madres de Abya-Yala “Son los pechos de América, sabia luminosa / por siglos, amamantando la vida / por siglos, morando al Sur”; pero además nos muestra como en cada nacimiento “Crecen en el bosque de la memoria / raíces oblicuas, sombrillas alucinantes / hasta la ingravidez de la Luna”, y desde una poética luminosa como sus sueños, nos recuerda que: “todo en el recuerdo es Tierra. / No existen orillas del río / si no hay cauce del tiempo que las recorra”, por eso nos muestra como el paso inexorable del tiempo hizo que “De niña el mundo fue Todo la espalda de mi madre / Ahora, la espalda de mi madre es Todo mi mundo de niña”
Carolina tiene la cualidad de poetizar el dolor para exorcizarlo, “Porque la gota rebosó el cántaro de la memoria”: le duele la muerte temprana de su padre, eran tiempos en los que “La vida era arrancada de las manos de los padres campesinos, las cartas de defunción enlistaba los números de la fiscalía. / Mi madre, y tras ella cientos de madres desfilaban con sus críos por la ciudad. / Viudas ausentes de Justicia, / cobraban el pan de cada día con el desgaste de sus manos en ropas ajenas.”.
Tiempos en los que la violencia y la muerte anunciaron su nacimiento, tiempo para preguntas dolorosas: “¿Por qué lamentar el sino de La Muerte sobre la tinta de La Vida?/ Porque regresé por el camino de la liana hacia los pasos quebrantados”, tiempos que generaron “memoria y llanto”; pero quizá por eso mismo se hizo tejedora de palabras, para desde la fuerza de su espíritu sanar las cicatrices de la memoria, pues ha comprendido la inevitable certeza de que “no hay tiempo que ocupe el espacio del olvido, /ni vuelta que siembre la vida en su forma única, / ni hechos que borren del útero del universo, / lo acontecido,” comprender con dolor esa verdad, que le permite “alegrase de que su voz madura sea hoy poema, Porque estos pasos ya no son pasos retorcidos, / sino zancadas para ganar caminos vivos, Senderos de Libertad,” para reafirmar su espíritu de guerrera de la palabra y pueda desde su poder alquímico, sanar la memoria, salvarla de la indiferencia a fin de sanar también de ese modo la vida.

 

Un dolor llamado Colombia

Desde una perspectiva no feminista, sino matrística, pues como su palabra emerge de la matriz de la vida, Carolina grita “Ni una menos”, denuncia la perversidad de un orden patriarcal y falocéntrico que hace que “En este país no hay ley que proteja a las niñas y las mujeres, / hoy siguen a su olvido.”. Orden patriarcal que ha construido una sociedad que conduce a las mujeres al silenciamiento, a ser simples reproductoras de seres para que sean mano de obra barata del capital, una sociedad que genera violencias cotidianas invisibles que mira indiferentes asesinatos de mujeres que se vuelven “fantasma en la esquina / Luna sin rumbo,” mientras en forma rimbombante “Colombia firma la paz”.
Desde su poesía nos dice cómo se colonizó el alma, pues entre otras cosas sagradas debíamos aprender en nombre de la razón y la lógica que nos impusieron que: “de la costilla de Adán nacieron miedos, en vez de una mujer”. Por eso siguiendo el ejemplo insurgente de su abuelo, de ese “hacedor de mundos”, recuperó la fuerza poética de la palabra como un acto de libertad, pues cuando entró siendo muy niña a aprender el secreto poder de la escritura, en grado primero constata con dolor que: “heredé la escuela retrógrada de la educación católica, / si las sílabas no rimaban / con la regla la profe me oprimía. / Estado de criatura son las palabras sordas, / las que se tragan para adentro porque no hay saliva / para escupirlas, / ni hay afuera para escucharlas”.
Por eso ahora Carolina, desde los adentros del taller de su espíritu, sigue tejiendo palabras para iluminar las afueras de una sociedad que necesita menos políticos que ensucian la vida con la corrupción que emana de sus actos, cuando lo que se requiere son más poetas que den luz y color a la memoria y a la vida, por eso su mano sigue escribiendo e iluminando “como el sol al medio día”.
A Carolina no deja de dolerle el dolor de su Colombia, esos sufrimientos que han dejado tantas décadas de violencia y muerte, por ello nos advierte con dolor e indignación que “Vivimos una sociedad autista sobre la cicatriz / de hijos e hijas que arrebató la gloria de un narco. / Todos los días se trafica la vida para estimulación de otros. / La periferia, el centro, la vértebra de la conciencia enardecida / por una fiebre de desamparo, egoísmo y competencia.” Le duele su realidad en donde “La droga no tiene edad, / asalta molares, neuronas, corazones bombardean adrenalina / donde las alas no alcanzan a conocer su vuelo.”.
Nos advierte sobre esos dolores que matan el cuerpo y el espíritu, para que no caigamos en esa soledad destructiva en la que ya no hay camino de regreso, pues la muerte es la respuesta que genera la voracidad del capital, pues: “Una noche tomé un tiquete a los mundos que en el catálogo me ofrecían. / Tardé dos años para recuperar el mapa de camino a casa. / Algunos deciden no regresar, dicen: ¡Nadie les espera!”
Por eso, frente a un sistema que: “Es el panóptico de un poder que exhibió su cinismo… / Hurta los surcos del trabajador honesto, convierte la herencia cósmica de las familias por globalizadas oportunidades de explotación humana.”, a Carolina solo le queda la tarea de continuar tejiendo palabras y desde la fuerza insurgente y sanadora de la poesía seguir siendo sembradora de conciencia, de que seguirá intransigentemente “honrando la semilla sembrada por manos limpias”, que está “militando valores de libertad,” y que en una sociedad que oscurece los sueños y la vida, desde la poesía ella continuara “segura amando lo heredado de la luz”; por eso con la fuerza espiritual de sus orígenes indígenas y afrodescendientes, ella nos dice que seguirá “caminando por elevar mi poesía”.
Carolina como mujer habitada por la palabra, en “Yuyos de paso”, está corazonando, es decir, dejando hablar su sensibilidad e inteligencia, pues este no es sino un nuevo hijo del corazón y la razón, desde el cual nos hace una invitación para que recuperemos la fuerza sanadora de la poesía, pues necesitamos de ella para sanar los corazones y la vida. La sabiduría de las abuelas y abuelos nos han enseñado, que agradecer es un deber de ética cósmica, por ello, debemos dar gracias a Carolina Hidalgo, por parir este nuevo trabajo que ahora alza el vuelo, en el que con sencilla y profunda belleza poética nos muestra, que transitar por la poesía, siempre será un “llamando a un lenguaje de amor indestructible”.

Desde Kitwa, La tierra del sol recto,

en el equinoccio de marzo

del décimo Pachakutik de la era andina.

 

[1] Para tener razones por qué vivir, es músico, cantautor, poeta, cantacuentos. Para tener porque vivir es antropólogo y docente de la Universidad Politécnica Salesiana y profesor invitado de la Universidad Andina Simón Bolívar de Quito Ecuador.

[2] Los textos entre comillas son parte de la poesía de Yuyos de paso de Carolina Hidalgo, lo que buscamos en este texto es hermanar un diálogo con su palabra, de corazón a corazón.