Cine sin pantalla

…Y ustedes seguramente se preguntarán, desde hace tiempo, cómo putas existe un lugar que no contaba con el motor, la esencia, las tripas para permitir el funcionamiento del cineclub: el video beam. No teníamos…

 

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Por: Kevin Marìn

Cuando descubrí que existía un cineclub en la ciudad y que, particularmente, era el mismo al que solía concurrir mi hermano, fui, recuerdo, con un amigo a ver la primera película en la que participaría de una discusión hecha por jóvenes bajo su propia iniciativa. Recuerdo muy bien que ese día, un sábado como de costumbre, no se presentó ninguna película porque todos estaban listos para bailar y tomar cervezas. Hace ya dos años. Hace ya dos años que no bailé y me decepcioné porque sólo iba con la intención de ver cine y no de hacer amigos pero eso, justamente, fue lo que pasó: hice amigos porque había cine. Y ellos seguramente sabrán perdonar este asunto tan personal, crónica privada sobre lo que todos hemos ido construyendo cada semana, casi sin falta, entre las incomodidades y los dramas que se nos presentaron, el hecho épico y particular: un cineclub que no contaba con un vídeo beam ni el espacio para acoger una cantidad considerable de personas -que no se contará solamente el mismo grupo de amigos-. Pero seguí yendo, porque era inseparable el hecho de acudir a ver y discutir sobre cine de la alegría de estar rodeado de ellos.

Recuerdo que fue un hecho casi de último momento, estábamos caminando la ciudad, atravesándola desde la zona de la Universidad Tecnológica y Pinares con destino al centro. Camilo, ahora auto rebautizado como Juan Camilo, recordó que había un cineclub en pleno centro de la ciudad que también era planeado por sus amigos del Zoológico Matecaña: Viviana Franco, Juliana Díaz, Choco, Daniela Benjumea y otros ya retirados.

Yo conocía a uno de sus integrantes, Jorge Betancourt, porque a su vez lo conocía mi hermano, Edwin. Y me acuerdo con precisión de cuervo que fue el primero en saludarme cuando llegué a resistirme a bailar y tomar cerveza con ellos. Después seguí yendo, sin falta, sin excepción, porque me agradan los bailarines (y los borrachos). Justamente era una fiesta de lo que denominamos “interciclo” o sea, una actividad (generalmente es una película que no pertenece al ciclo temático que termina la semana anterior) que da origen al nuevo ciclo de películas que se elige democráticamente, como debe ser, en la que cualquier integrante –viejo, nuevo- puede plantear una serie de cintas que considera adecuadas para comenzar la semana inmediatamente posterior al interciclo.

Es así como, entre todos, hemos decidido películas (en mi caso, pues, porque la lista desde su fundación es increíblemente abrumadora) tan extrañamente inconexas como las del idiota de Ed Wood y el gran Tarantino, pasando por Fellini, Allen, Kubrick y Pollanski hasta los directores que no existen pero sus películas sí como La guerre du feu de Jean-Jacques Annaud, Pink Flamingos con la espectacular (¿o el espectacular?) Divine de John Waters y películas que existen por sus personajes más que por el reconocimiento de la cinta: Artemisa Gentileschi o porque son sacadas de otra ficción, como la literatura de Álvarez Gardeazábal : “el Cóndor” azul de Cóndores no entierran todos los días o bien porque sus directores son la cara de presentación de sus producciones (como los mencionados arriba): Amenábar, Hitchcock y Werner Herzog. Y nada es aislado, todos esos directores, acompañados de sus películas están enmarcados en temáticas que también son escogidas por votación: cine histórico, cine político, cine religioso (una maldición no haber estado allí; pasaron el documental del genial Dawkins “El virus de la fe”) incluso, creo, cine ambiental.

Y ustedes seguramente se preguntarán, desde hace tiempo, cómo putas existe un lugar que no contaba con el motor, la esencia, las tripas para permitir el funcionamiento del cineclub: el video beam. No teníamos. Y sin embargo, echen cuentas: alrededor de cuarenta películas se han presentado en una ruin y divina pantalla de computador en una oficina donde han estado sentados todos los continentes. Y todo este orgullo para finalmente decir, con más orgullo, que una mente de economista llegó a proponer lo que ya concluyó: un video beam propio. Además, por supuesto, del nuevo sitio instalado para la proyección de las películas. Y no me explayó más en el asunto porque no soy bueno para las odiseas de la felicidad.

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Integrantes del Cineclub La Caja en el evento de recibimiento de un nuevo video-beam de parte de Sayonara y CelulaFilms.

Dejo así, entonces, la crónica privada de todos: mi texto personal sobre esos amigos que se hacen llamar Cineclub La Caja.
Postdata: el cineclub cumplirá este mes cinco años de haberse fundando. Por lo tanto, se hará una celebración para que, por supuesto, me inviten a cerveza y me saquen a bailar. Después mucho cine.