Cuando el cine está lejos de su casa

La idea del clásico, ese animal del arte que puede leerse y alimentarse desde cualquier punto del orbe sin perder el asombro o la maravilla, es una imagen moldeada por el tiempo y la experiencia, y apenas hemos lanzado a otras dimensiones la voz de esas figuras tan íntimas para pocos, construidas dentro de un mito dialogado en mi generación…

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Por: Gustavo Vargas
En los calendarios mexicanos el veinte de noviembre significa la celebración del inicio de la Revolución Mexicana, de 1910. En cualquier lugar de América esa fecha cayó el domingo pasado. En el centro de Tijuana poca actividad festiva hubo por la coyuntura conmemorativa, llena de escopetas de madera, bigotes y sombreros zapatistas y villistas, es lo común, es la indumentaria creada para sostener una identidad nacional, la “historia patria”. En realidad, la vida nocturna de la ciudad fronteriza no tuvo el bullicio característico de un fin de semana. Tal vez la lluvia y el frío opacaron los ánimos parranderos.

Un día así es una excusa para entregarse al cine. A las dos de la tarde, en el Cine Tonalá, presentaron ´Todo comenzó por el fin´, de Luis Ospina. No haré una crítica o reseña del documental, sólo diré que trata sobre el movimiento artístico del Grupo de Cali y su ´Caliwood´, desatado en los años setenta, donde el celuloide, las tablas, la música, el papel y el lápiz sostenían una vida impetuosa y llena de romances con las posturas de la contracultura, el movimiento del 68, el rock, la salsa, las drogas y la urgencia por crear y acercarse a las realidades y narrativas de un país tan convulsionado como Colombia desde una mirada caleña.

Yo vi el largometraje en un teatro de un colectivo de cine independiente con tres sedes por ahora: Bogotá, Ciudad de México y Tijuana. Yo la vi en la más norteña de esas sedes. Luis Ospina podrá ser un cineasta conocido en América Latina y en otras latitudes por su filmografía. Sin embargo, su obra, como la de la mayoría de los creadores latinoamericanos, no es de consumo comercial, no incita la conglomeración de espectadores ajenos a la cinefilia, el culto, el territorio o la historia del cine, no tiene un Optimus Prime o un War Machine en sus planos. Aunque allí están Andrés Caicedo y Carlos Mayolo, la Ciudad Solar y la revista Ojo al Cine, visiones rebeldes al olvido y el polvo.

andresNo estoy en Cali, estoy en Tijuana, y en el teatro donde proyectaron Todo comenzó por el fin entraron conmigo ocho personas. Llevaba poco tiempo de inicio la película cuando una pareja nos abandonó. Una hora después, un señor con crispeta y bastón en mano declinó. Luego, otra pareja. No pasaron diez minutos y dos chicas de lentes gruesos y abrigos amplios se levantaron de sus sillas y salieron raptadas por la urgencia. Yo no comprendía las razones de tales renuncias, pero hay ciertas historias contadas en la nostalgia, en la memoria de un espacio, hechas de recocorridos y charlas. La idea del clásico, ese animal del arte que puede leerse y alimentarse desde cualquier punto del orbe sin perder el asombro o la maravilla, es una imagen moldeada por el tiempo y la experiencia, y apenas hemos lanzado a otras dimensiones la voz de esas figuras tan íntimas para pocos, construidas dentro de un mito dialogado en mi generación, la nacida entre los pulsos de la tragedia de Armero y el asesinato de Pablo Escobar, alimentadas a través un lenguaje y una juventud de fin de siglo.

Quizá por ello los tijuanenses olvidaron el cine ese día. No conocían la estética, la narrativa y lo representado en el documental de Ospina. A mi me pareció entrañable, y a la única persona que me acompañó en la sala hasta el final, así lo sentí, un acompañamiento, una señora cincuentona, la escuché reír dos o tres veces con los comentarios de Carlos Mayolo y con una escena de ‘Agarrando pueblo’.