Entonces no veo cuando la mesera se ubica delante de nosotros con la risita cándida próxima a un favor: quiere una foto con el actor. Varios comensales del sitio se dan cuenta de que no estaban viendo uno de esos dobles de artistas que siempre andan por ahí.

Desde El Pavo. Foto por Minotoro (Flickr)

Desde El Pavo. Foto por Minotoro (Flickr)

Por Deyvi Gutiérrez

La mesera se secretea con una compañera detrás del mostrador mientras miran la mesa donde estamos. Frente a mí está José Hoyos y al lado de él se encuentra Álvaro Rodríguez, el actor. Trato de dejarlo de ver como aquel detective de «La gente de la Universal» o como al famoso “Tribilín”: dos de sus personajes que se turnan frente a mí. Entonces no veo cuando la mesera se ubica delante de nosotros con la risita cándida próxima a un favor: quiere una foto con el actor. Varios comensales del sitio se dan cuenta de que no estaban viendo uno de esos dobles de artistas que siempre andan por ahí. Se enfilan, con celular en mano, hacia Álvaro, mientras este come un patacón de esos que se salen del plato.

Salimos a caminar por la sexta y me doy cuenta de la gratitud que tiene la pantalla con sus artistas. Después de tomarnos un café mientras Álvaro atendía a unos jóvenes cineastas, nos despedimos con la promesa de volver a vernos finalizando la tarde para unos tragos. Álvaro se dirige con José a la presentación de su más reciente película en el marco del foro «Colombia de Película» en la Universidad Tecnológica de Pereira.

Sobre las 7:00 p.m. nos volvemos a encontrar. Luego de entrar en algunos lugares buscando algo de comer llegamos al Pavo, bar que cada vez es más atractivo para los visitantes y que Álvaro recuerda con mucho cariño. Nos acompaña una actriz, amiga de Álvaro, que hacía poco había llegado de Nueva York. Nos sentamos en una mesa del centro, y como era entre semana, el lugar no estaba a reventar.

En la barra un sujeto mira a Álvaro con esa sonrisa melosa que se va puliendo con vasos de licor. Al cabo de un rato de buena música y del saludo de algunos personajes ilustres que pasan por el bar, llega a la mesa un hombre afrodescendiente ofreciendo algunos productos en una chaza (chicles y pasabocas). Se hace al lado mío. Mirando su gorra, sus lentes oscuros y su bastón, que de cierto modo tiene un aire de instrumento musical en sus manos venosas, se me figura un salsero. «¿Usted es salsero?», pregunto con tono de afirmación. El hombre descubre mi ubicación con el oído. Una nueva expresión se dibuja en su rostro y empieza a hablar para todos: «Sí, sí… soy salsero»

 

Generated by IJG JPEG Library

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En un breve momento nos relata que jugó en el América de Cali, que integró una orquesta de salsa también en Cali y que con algo de mala suerte, empezó a quedarse ciego a raíz de un accidente. En el silencio de voces, tras la confesión penosa, se hizo evidente la música de fondo. Empezaba a sonar una canción, que como una gran coincidencia era una salsa. El sitio se llenaba con ese famoso sonido de piano que preludia la voz de Cheo Feliciano antes de empezar a dar rienda suelta a su desparpajo de talento. Era “El ratón”, canción que sonaría una vez en el mítico concierto en Zaire, África, de la Fania All Stars en el 74 y que seguiría sonando para siempre. Concierto que abrió con una Celia Cruz brillante y en el que aparecería una de las mejores versiones de Héctor Lavoe en vivo, antes de sus cambios dramáticos. El espíritu de la salsa fluía a través de Feliciano, el hombre que habría de morir el mismo día que nuestro premio Nobel, García Márquez, solo que horas antes.

Cuando salgo del embeleso por un momento, noto que Franklin (como nos dijo que se llama) saca un pequeño güiro artesanal del bolso. Y siguiendo la canción con su instrumento, alza una voz que resuena en todo el sitio con la magia y el toque caleño. En ese momento estalla el entusiasmo y todos procedemos a seguir la música de Cheo y a tomarnos unas fotos con Franklin. Ya se habían ocupado varias mesas. Nuevas personas llegan a la nuestra buscando tener una foto con el artista y ninguno parece fijarse en que en ella se encuentra el actor Álvaro Rodríguez, que siempre tenía una sonrisa dibujada. Había dejado de ser “Tribilín” o «La gente de la Universal» en mi mente y aparecía ese nuevo personaje llamado Álvaro. El salsero revive en la mesa de actores un momento en el que había sido protagonista. La magia siguió durante otra canción de salsa, como si el de la música quisiera estampar el instante. Era El gran combo con sus “Ojitos chinos”. Parecíamos alejados lo suficiente de ese mundo externo donde la claque siempre nos está persuadiendo sobre cuando reír y cuando llorar.

Rodamos por varios lugares del centro y fuimos a rematar con caldos y unos buñuelos duros a las 4:00 a.m. antes de separamos de Álvaro. Me dirijo a casa. Le menciono al taxista vagamente lo sucedido en el bar para corresponder su sociabilidad. Sonríe y me dice que en alguna ocasión trabajó con Nelson y sus estrellas, famosa agrupación salsera: primero como ayudante en logística y luego con algún instrumento. Sonrío y asiento con la cabeza. Lo miro y me doy cuenta que estamos rodeados de artistas. Músicos que actúan de conductores de servicio público o vendedores de chicles en bares nocturnos. Actores que atesoran el momento en el que protagonizaron  un momento de la vida. Y el resto del mundo, artistas a los que les empezaron a poner un disfraz para un juego serio, que perdieron la memoria y a veces tratan de recordar mirándose al espejo.