La Escafandra, grupo de teatro de la Universidad Tecnológica de Pereira, nos muestra historias de seres marginados y nos invita a dialogar con esas personas que dejan de ser ellas mismas por convertirse en otros que nos llevan a nuevas vidas, a nuevas cotidianidades que quizá nunca viviremos.

Por Jennifer Restrepo Monsalve

Fotografías de Diego Valencia

Todavía conservo en mi memoria la imagen de la primera vez que asistí al teatro, creo que tenía diez años. En ese entonces no era lo suficientemente mayor para comprender la complejidad de la obra: un drama en el que los personajes experimentaban una serie de eventos desafortunados que unidos se convertían en la cotidianidad, su cotidianidad. Mas sí recuerdo cómo me impactaron las actuaciones, ese momento en el que un grupo de personas le prestaban su cuerpo, voz y emoción a seres ajenos y cercanos al mismo tiempo, expuestos a la suerte de lo que el espectador percibiera; y también recuerdo las atmósferas que causaban las luces de la mano de la música. Ahora me veo aquel día sentada en una silla, absorta ante tal espectáculo.

Mi madre, quien en su juventud se dejó seducir por las tablas y el juego escenográfico, me relataba siempre con entusiasmo aquellos años—aunque pocos—en los que actuaba; en sus conversaciones solía rememorar detalle a detalle los ensayos, a los compañeros más cercanos y hasta al maestro que los orientó, por desgracia, un mal día se enfermó y tuvo que postergar su sueño. Ella, a menudo finalizaba sus discursos alentándome a seguir sus pasos. Con sus historias y anécdotas, se convirtió en mi primera provocación hacia las artes escénicas.

Tiempo después de haber presenciado aquella obra, ingresé a La Escafandra, el grupo oficial de la Universidad Tecnológica de Pereira. Era abril del año 2012 y yo iniciaba la vida universitaria. Cinco años han transcurrido desde eso, cinco años de triunfos, de tropiezos, de idas y venidas, de aprendizaje constante, porque al teatro, como a la vida, se le enfrenta con coraje, se le exprime con intensidad, se le entrega eso que muchas veces no podemos definir en palabras, ¿magia quizá? Como dicen la práctica hace al maestro, y en el caso de las artes, el talento que se esculpe con disciplina hace al actor, hace al director, hace al dramaturgo, hace incluso al luminotécnico. Siempre me lo recalco.

Hoy, es el último jueves del mes de abril y al fin llego al auditorio Jorge Roa Martínez. Toco la puerta de madera oscura un par de veces y pasados unos minutos, me recibe Melissa, una de las nuevas integrantes del grupo. Al entrar en el lugar, el aire se siente particularmente frío. La luz es apenas suficiente, de un tono pálido similar al de los hospitales, es decir, distante, es decir, rígida. Sobre el escenario está dispuesta toda la escenografía: en el extremo izquierdo una cama vieja que amenaza con desplomarse en cualquier momento; a su lado derecho, una mesa de noche tallada en madera sobre la cual reposa un viejo radio; en el centro, una jaula mediana cuelga desde el techo; mientras en el extremo derecho del escenario, un marco de madera suspendido por hilos de nylon da la impresión de ser un espejo, y justo debajo de este, una mesa de madera no muy grande contiene aquellos accesorios más representativos de cada personaje: labial, pulseras y aretes de gran tamaño. Lo cierto es que no hay tantos objetos en escena como para encantar a los amantes del teatro naturalista, ni tan pocos como para complacer a Grotowski; apenas los necesarios para enriquecer la obra, lo demás proviene de la entrega de los y las estudiantes que a la vez son actores y actrices. ¿O al revés?

Soledades es el nombre de la obra, un drama que nos muestra cuatro monólogos atravesados por las trágicas circunstancias de su existencia: Martín, paciente psiquiátrico envuelto en la locura; Guillermo, hombre víctima del secuestro; Nicole, una mujer transexual quien ha tenido que arrojarse a las calles para hacer algo de dinero y así poder sobrevivir; y finalmente, Mariela, una anciana abandonada en el asilo por su familia.

Pese a tratarse de un montaje con solo cuatro actores en escena y dos músicos, Daniel- quien personifica a Guillermo-no ha parado de moverse de un lado a otro, da instrucciones a uno de los monitores de la cabina sobre algo relacionado con la iluminación. Revisa con cuidado cada una de las luces para luego enumerarlas de acuerdo a su color y ubicación. Él se ha interesado por esta labor casi desde el momento en que se unió al grupo, empezamos el mismo año junto con otras personas que, o bien permanecen como es el caso de Alba-quien también actuará esta noche- o bien, se arrepintieron en el proceso. Esa es la lógica del teatro universitario, cambiante, en movimiento constante, caótico.

Ahora me siento en primera fila y vuelven a mi cabeza vertiginosos recuerdos de otros montajes en los que han cobrado vida diversos seres, seres cotidianos, o no tan cotidianos, seres contrarios a lo que somos, o afines a nuestras creencias, seres que hablan con voz propia, que se elevan por encima de sus desgracias o al menos así lo intentan, cuyo único propósito es ser, simplemente ser. Mientras tanto, el auditorio ha quedado a oscuras y solo una luz roja apunta hacia la jaula, los actores entran en el escenario y practican sus movimientos, sin hacer demasiado ruido, nadie se atreve a irrumpir en ese clima de tensión que complementa la voz ronca de una mujer acompañada por los acordes de una melodía dulce en guitarra. Puedo percibir el inicio del ritual teatral, poco a poco lo que antes pudo ser lugar de encuentro para alguna conferencia, se convertirá en la habitación, el encierro y la desidia de los protagonistas.

Unos minutos después, llega el maestro, Julio César Sánchez, médico de profesión enamorado de esta expresión artística quien ha dedicado casi media vida al oficio y cuyos esfuerzos han estado enfocados a consolidar esta familia teatral. Él se formó en el grupo Escuela de la ciudad, también conoció a María Antonieta Mercuri, aquella precursora del teatro pereirano quien perdura en el legado de sus pupilos, actores y actrices surgidos en esta zona del Eje cafetero. El ‘maestro’ o el ‘profe’ como algunos lo llamamos, es la voz, el corazón y el motor del grupo, en cada una de las doce obras llevadas a las tablas a lo largo de trece años de trayectoria, pone su esfuerzo y pasión en lograr transmitir al público la emocionalidad de la historia. A través de los años, ha sido testigo y mentor de una cantidad considerable de jóvenes universitarios decididos a dejarse encantar por el teatro y todo lo que ello implica, al tiempo que cursan sus estudios.

Falta alrededor de una hora para que inicie la función. Ahora el escenario se encuentra ocupado únicamente por los objetos; todos se han ido al camerino y es allí donde ocurre la acción; los actores se maquillan. De repente, aparecen arrugas, canas, rostros demacrados y ajados por la tristeza. Alguien cose un poco, mientras otra persona prueba que el vestuario esté completo y pese a ser un espacio pequeño, los veo a todos revolotear de aquí para allá. Se apretujan por lograr algo de espacio en el espejo.

Cada vez falta menos para dar apertura a las puertas; los actores y las actrices realizan ejercicios de calentamiento, exageran los gestos, proyectan voz y permiten que la emoción se apodere de sí mismos. Ya no reconozco a las personas que están detrás del vestuario y maquillaje, en cambio, veo a los protagonistas de unas historias que probablemente nunca viviré.

Son las 7:30. La noche está tranquila. El público espera paciente a que se le permita ingresar, el encargado de hacerlo es el ‘profe’ Santacruz, quien da la bienvenida en cada función y bromeando nos recuerda que hace parte del “personal de planta” de La Escafandra, por lo cual será su cargo hasta que decida jubilarse. Él, junto con otros amigos, colegas y personas cercanas, contribuyen desde la periferia a que cada obra marche en orden.

Se abren las puertas. Transcurren pocos minutos para que los asistentes encuentren su silla, se escucha un barullo generalizado, una que otra risa, alguien que agita el brazo al viento con la esperanza de ser encontrado por alguien más. Cuando se apagan las luces vuelve nuevamente el silencio. Sólo se enciende una luz que ilumina apenas a los músicos, son ellos quienes inician el ritual, quienes invitan al espectador cómplice a dialogar con la historia. Diálogo similar -mas no idéntico- al que tuve de niña cuando pisé por primera vez un teatro.