Juan Osorio - José Ramón Ripoll

Por: Miguel Ángel Rubio

Fotografías: Juan Esteban Jaramillo O.

Leer a José Ramón Ripoll es un privilegio de la inteligencia. Su poesía calma, tranquila, casi imposible, nos invita a un viaje extenso a su mar interior. José Ramón es consciente de ello y conoce la niebla que permite a su vez la paradoja de la claridad.

Sus poemas están a medio camino entre la metafísica y el relato; entre una forma de búsqueda y una belleza inmanente que deja perplejo. Después de su lectura, solo sigue el silencio, aquel que, por supuesto, es consecuencia del asombro.

Es un hombre en apariencia frágil. Su voz, ese hilillo delgado, parece salirle a tientas de su figura sencilla, sin las pretensiones del poeta; solo él, cabello blanco, y una sonrisa que otorga sin ambages. José Ramón no dice nada que no sea preciso y adecuado. Para quien no tiene el espíritu de la poesía en sí, no entiende que su voz, su claridad, solo es posible escucharla entre la niebla.

¿Quién amarró mi cuerpo a este madero

que en la playa se pudre lentamente

tras los inviernos solitarios?

¿De quién soy prisionero

y quién vigila la eternidad de esta condena?

Ciego de tiempo están mis ojos,

anclado ya en el mar mi pensamiento

y todo lo que queda entre las cuerdas

es nombre y voz vacía,

hueco del ser y la costumbre

de alcanzar en la espera

la clemencia de la disolución.

¿Quién borrará los signos

de haber sido palabra

y el monótono ritmo de esta herida?

 

Nuestro encuentro fue accidentado. Concertamos una hora para la entrevista, pero mis múltiples ocupaciones en el festival, el agite, y la rapidez con que debían materializarse todas las cosas, no permitieron un diálogo extenso y fluido. Lo que resultó fue un encuentro más de amigos, que de entrevistador a entrevistado.

Logramos sentarnos casi 20 minutos, donde pude formular apenas unas pocas preguntas. En ese tiempo, Juan logra tomar algunas fotos para configurar el reportaje gráfico al poeta español.

Miguel Ángel Rubio: Hoy es Niebla, tríptico de poesía conformado por El humo de los barcos, Las silabas ocultas, y Niebla y confín, es quizá uno de tus libros más comentados y reseñados en portales de internet y en revistas especializadas. Me deja una grata percepción de una poética de la imposibilidad. Logras construir en tu poesía lo inenarrable, lo inalcanzable. ¿Cómo te construyes y entiendes esa imposibilidad desde el oficio poético?

José Ramón Ripoll: Yo creo, como bien lo ha reseñado el poeta colombiano Jorge Cadavid –en una reciente antología que acaba de salir precisamente en Bogotá, una selección personal–, que mi propuesta metafísica consiste en ver lo invisible, oír lo inaudible y palpar lo intangible. Creo que desde que yo comencé a escribir me ha interesado la realidad desde todos los puntos de vista, la realidad en su sentido más profundo. No creo que la poesía tenga como misión retratar la realidad desde la superficie, o desde lo que aparentemente vemos, sino profundizar en ella. Para esa profundización es menester contemplarla desde diferentes ángulos. Algo así como contemplar la luna desde el otro lado, desde aquel que no vemos; puede ser que nos equivoquemos, pero estamos imaginando, estamos averiguando, estamos posibilitando. Es una manera también de conocer la realidad interior de nosotros. No creo que la poesía sea un arte para subrayar lo que aparente y cotidianamente vemos, sino, todo lo contrario, para vislumbrar aquello que está en nuestro ser y por muchísimas circunstancias que no controlamos, no sale a la superficie. Hoy es niebla reúne tres poemarios escritos desde una misma intención, por eso los he corregido, los he revisado y los he publicado en un volumen, bajo este título pessoano: “Hoy es niebla”. Este es un verso del poema Mensaje; él dice: Hoy es niebla pero mañana es sol. Yo me quedo con la niebla, no sé si mañana habrá sol, espero que sí, ojale que sí.

El tiempo, mi tiempo, era una máquina sin pausa. Giovanny me mostraba desesperado el reloj, con una mueca exagerada de necesidad, como indicándome que me apurara, que dejara eso para después, que alguien más podría hacerlo. Sin embargo, ignoré el acoso y continué casi incólume mi diálogo.

Juan Osorio - José Ramón Ripoll 3

Hermias salvó a Aristóteles del juego

Que su propia palabra enardecía

Lo salvó de su tiempo y de la plebe

De su razón primera y de su signo

Fue número y cristal para el poema…

M.R.: Eso me hace recordar el personaje sanchoquijotesco, como le llamas, que evocas en la introducción de Hoy es niebla. Aquél que busca la llave donde hay más luz, cuando esta se le ha perdido en su casa que es solo penumbras. Pero quiero referirme ahora a algo que tiene que ver con un poema tuyo en específico. Aquel poema Protección  de Aristóteles, donde un personaje secundario resuelve finalmente todo el asunto del poema. ¿Es, de algún modo, una apuesta por tu poesía, acudir a lo marginal, digo, desde la óptica que cualquiera quisiera volver a Aristóteles protagonista de su poema?

J. R.: En este poema me refiero al viejo Hermias, que protege a Aristóteles, puesto que van persiguiéndolo en busca la muerte de este, encarcelarlo para siempre; por esa pretensión de él, de abrazar todo desde el lado matemático. Sin embargo, más allá de la experiencia platónica, él está descubriendo una verdad, y es Hermias, espía, quien lo protege. Esos personajes secundarios de los que tú hablas, efectivamente, suelen ser los rompedores en el arte, de la pintura, de la literatura, de la vida en general. Y, a veces, como tú señalas bien, se quedan en el margen de la historia, y nadie los toma en cuenta. Esto es, más que una reivindicación de Hermias.  Es un viejo poema que escribí en el año 84, donde es una especie de unión entre la razón y la inconsciencia.

Era inevitable dejar cortado este diálogo. Juan tomaba las fotos con la vehemencia que su oficio y pasión le exigían. José Ramón, paciente, espera y asume que esto no va terminar pronto, es más, que es posible que la entrevista jamás sea concluida. Ripoll no solo narra y revive a Grecia y  a Hermias entre su niebla, sabe de la imposibilidad, y de la hondura del mar, y presiente en él un ritmo, una melodía, una danza que también es posibilidad del poema.

Juan Osorio - José Ramón Ripoll 2

 

Deja  el mar en la orilla el desdén de su rito

y en su perenne gesto cumple así la condena

de ser siempre el espejo y repetir la escena

Que refleja la vida en un hombre proscrito.

Así se quiebra el canto como el agua en la arena

y así desaparece la tinta del escrito,

la juventud se rompe mientras resurge el mito

de todo lo que es libre y engarza la cadena.

La lengua de los mares ya no sirve de nada

porque un silencio frío bordeará los labios.

De quien sabiendo el tiempo lo esconde y se lo calla

Permanecen los rostros con la boca tapada

y allí está dicho todo, el silencio del sabio

Pasión de la escritura perdida por la playa

 

M.R.: La música es algo fundamental en tu quehacer cotidiano. Sé que eres comentarista de música en radio y, supongo que de algún modo, el saber tanto de ella, el escucharla tanto, el dominar el tema, te construirá también como poeta.  ¿De qué modo esa presencia de la música está latente en  tu obra?

J.R.: Influye de lleno. No voy a decir al cien por cien, pero si un noventa por ciento. Siempre he dicho que la poesía está más cercana a la música que la literatura. En mi caso, yo llegué a la poesía por la música. Yo empecé a estudiar música desde pequeño y, lo que empecé a leer no fueron versos de Alberti, ni de Lope de Vega, pues comencé a leer –aunque suene pedante–, a Goethe y a Novalis, porque yo los escuchaba en los conciertos. Escuchaba los cantantes, que interpretaban unas canciones preciosas en una lengua que yo no entendía, (que es el alemán), eran los textos de Schubert,  de Schumann, de Beethoven. Entonces yo buscaba, anhelaba saber qué decían esos versos, y empecé a conocer a los poetas alemanes por medio de la música…

En ese instante tuve que interrumpir. La dinámica del festival pedía esfuerzos en otros campos. Sin embargo, el resto de la respuesta, que pudo haber llevado a un diálogo más profundo sobre música y poesía, me dejó intrigado y pensativo. Con José Ramón pude verme los otros días y siempre preguntaba con complicidad sobre lo de nosotros, es decir, sobre la entrevista entre la niebla que hoy intento presentar a los lectores.