Los habitantes de Villa Pava le han dado un curioso nombre a este sitio -lo llaman “entre la vida y la muerte”- ya que se encuentran en medio del cementerio del pueblo y el hospital San Jorge, pero esta misma analogía se puede utilizar para el caso de estas dos caras de los damnificados de La Virginia.

Damnificados por inundaciones en la virginia risaralda (2)

Arley, ex bombero y damnificado por las inundaciones en La Virginia.

Por: Daniela Machado

A esta hora el sol le da una bofetada a La Virginia Risaralda. Calienta como en el mismísimo infierno, las calles lucen un poco solas, pues la gente empieza a salir de sus casas después de las 3 o 4 de la tarde, cuando el “mono” deja de calentar tanto.

Hoy es un día en que los mismos habitantes aseguran que hace más calor de lo normal, la señora que atiende en almacén El adorno dice que “hoy está haciendo un calor horrible”, a lo que su esposo responde: “es cosa que a las siete de la mañana ya estaba haciendo calor”. Pero entre el calor, entre las bicicletas, las motos, vendedores de aguacates y verduras para el almuerzo, Don Arley, una persona muy conocida en La Virginia ya que fue bombero, deja a un lado su taza de mazamorra y llama a su esposa Luz Marina, quien estaba lavando la loza, para juntos contar las secuelas y las injusticias que se habían cometido con ellos y su familia, después de las inundaciones que se presentaron a finales del año pasado en el pueblo, las cuales dejaron 3.571 familias afectadas.

La casa del ex bombero está ubicada en el barrio La Playa, uno de los más afectados por las inundaciones pues el nivel del agua llegó a superar la altura promedio de las personas, no quedándole más remedio a Don Arley que construir un andamio en guadua para encaramar lo que quepa y así salvar los enseres de las inclementes aguas de los ríos Cauca y Risaralda. Su esposa Luz cuenta con jocosidad que él se encarama en el andamio y abría campito a un ladito y se queda ahí a dormir, y que en cambio ella siempre se va donde sus familiares o amigos que no estén inundados a que le den posada porque ella es muy miedosa, y sale corriendo apenas ve subir el nivel de agua, pero su esposo sí se queda a dormir. Don Arley así lo explica: “en esas inundaciones, consiguen botes para robar, esto por acá se pone horrible”.

A Don Arley se le realizó un proceso quirúrgico llamado colostomía, es decir que extraen una parte de su intestino grueso lo ubican a través de la pared abdominal, y las heces que se movilizan por el intestino van a parar a una bolsa que tiene adherida al lado izquierdo de su abdomen. Aun así él hizo todo lo posible por salvar algunas de cosas, por trasportar a su familia en canoas, o en ocasiones en colchones inflables, así como también buscó ayudas que le prometieron y nunca llegaron.

Doña Luz afirma que “por acá en la cuadra la gente se entristece mucho, porque saben todo lo que hemos sufrido, y con él enfermo y a nosotros casi no nos han dado ayudas”. Aparte de recibir dos mercados, que fueron las primeras ayudas que dieron el año pasado, ellos no han recibido nada más. Muchos damnificados recibieron un auxilio de 1.500.000 pesos; la Defensa Civil pasaba por las casas afectadas realizando una encuesta, pero Don Arley y su esposa dicen que ellos fueron, les tomaron los datos pero que extrañamente el señor que les realizó la encuesta no les pidió numero de cédula y aunque no saben si fue por eso, ellos se quedaron sin esa ayuda.

Muchas personas que no necesitaban esa ayuda la recibieron y para Don Arley es muy injusto, pues hubo personas que recibieron de dos a tres subsidios. Él lo explica de la siguiente forma: los miembros de una sola familia se hacían anotar como cabeza del hogar por separado y así recibían cada uno su subsidio. Don Arley y su esposa buscaron respuestas de porqué no recibían ayudas, hicieron un derecho de petición y después una tutela, pero en la Alcaldía solo les dijeron: “ya no salieron en el sistema y ya no insistan más”. Es una tristeza para ellos hablar de esto, se les nota la impotencia, comentan con nostalgia que se les perdieron las camas y la nevera, y que a pesar de la condición de Don Arley, ellos no han recibido nada.

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Al preguntarles a Don Arley y su esposa Luz por los albergues que construyeron entre el hospital y el cementerio, este lugar tomó el nombre de Villa Pava. Don Arley de una dijo que las personas que están en los albergues lo estaban pasando bueno, que a ellos constantemente les daban ayudas, mercados, que los tenían viviendo sin pagar luz, agua, o arriendo, y que hasta muchas personas que estaban en los albergues de Villa Pava, tenían su casa, la habían arrendado, y estaban viviendo allá. Al despedirse la cronista de Don Arley y su esposa, responden con  buen sentido del humor: “tranquila que tiempo es lo que sobra aquí”.

Villa Pava

La siguiente estación eran los albergues de Villa Pava. El “mono” ya había dejado de calentar tanto,  los niños jugueteaban en las calles, las señoras que salen a andar también se veía charlando alegres con su sombrilla, los vendedores con sus particulares voces se hacían notar.

Los albergues de Villa Pava están construidos en madera, cartón y lona verde que recubre las paredes. Algunas casas tenían el toque personal de cada familia, había frentes de los albergues adornados con plantas muy coloridas, algunas cortinas con muchas flores, o colores, que le ponen a las improvisadas ventanas, así como también en algunos albergues hay tienditas, venta de cosas sencillas como huevos, arroz, plátanos, papa, en definitiva, el aire que se respira en Villa Pava no es de un albergue lleno de desolación, por el contrario, las personas le han dado su toque hogareño y es algo que se percibe en el aire. Por cada cinco familias corresponde un baño y una cocina, así que a esas horas ya entrada la tarde había personas, especialmente niños, haciendo fila para entrar a darse su baño, entre risas y juegos con las toallas.

Me encontré a Teresa sentada en una banquita afuera de su casita, como la llama ella. Doña Teresa es una madre cabeza de hogar, tiene dos hijos, uno de once años y otro de tres. Ronda los 35 años y aunque no me lo confirmó, ella está en condición de arrendataria en los albergues, ya que allí están ubicadas las personas tanto los que tenían casa propia y la perdieron, como los que estaban pagando arriendo.

Ella viene de la segunda condición, y además perdió muchos objetos de la inundación. Con lo poco que le queda amobló el albergue y lo dividió con cortinas para darle un ambiente más hogareño; todo para que sus hijos se sientan lo mejor posible. Doña Teresa, al contrario de Arley y su familia, sí ha recibido todas las ayudas, desde mercados, subsidios, hasta la Alcaldía trae gente de la secretaría de la Cultura para que les hagan actividades a ellos y a los niños. Mientras Doña Teresa habla, una vecina intrigada por la visita se acerca y empieza a participar de la conversación. Su nombre es Flor, una mujer de unos 60 años, ella afirma que “nosotros tenemos mucho que agradecerle a esta alcalde Palacios y a la alcaldía, pues nunca nos han desamparado”. Doña Teresa le da la razón y comenta que “mucha gente se queja por el calor que hace acá, pero uno que no tiene casa para dónde se va a ir” y muestra preocupación porque, según ella, en febrero entregan un plan de vivienda, que viene gestándose desde el 2011 llamado “La milagrosa” y le darán casa a los que están en los albergues pero solo a los que están en condición de propietarios.

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Villa Pava

“Esto aquí se va a pegar una revolcada”, dice Doña Teresa mientras mima a su hijo más pequeño, ya que ella asegura que cuando los ubicaron en los albergues les dijeron a muchos: “ustedes de aquí salen para sus casas”. Pero eso está en duda y afirma que ellos no se van a dejar sacar así como así, sin un techo donde llegar. Cuando le pregunto a Teresa y a Doña Flor, sobre los damnificados que están en sus casas -como Don Arley-, sin recibir ayudas, dicen que “al menos esos tienen su casa, no la perdieron, uno que no tiene un lote donde meterse, uno sí necesita más”.

Los habitantes de Villa Pava le han dado un curioso nombre a este sitio, lo llaman “entre la vida y la muerte”, ya que se encuentran en medio del cementerio del pueblo y el hospital San Pedro y San Pablo, pero esta misma analogía se puede utilizar para el caso de estas dos caras de los damnificados de La Virginia. Entre la vida se encuentra doña Teresa, que aunque no tiene casa, ha recibido todo el apoyo de la Alcaldía y puede brindarle un bienestar a sus hijos, que para ella son lo más importante, y entre la muerte se encuentra Don Arley, que a pesar de tener su casa, se halla en un estado de salud bastante delicado, perdió sus cosas, se ha visto afectado económicamente y no ha recibido ayuda alguna.