DUELOS DEL MÁS ACÁ

Era un cuadro que podría evocar tanto vergüenza como ilusión: relatos decadentes, con inmundas obscenidades contados a la luz de una favorable y colorida tarde.

 

Escribe / Sebastián Pineda Giraldo – Ilustra Stella Maris

 “Pero, conocer la sensación del dolor es lo que

 nos permite ser amables el uno con el otro.”

-Jiraiya

 

Negación

Nada de lo que hacía le gustaba. Evelyn siempre estaba insatisfecha con todo lo que sucedía en su vida –como lo evidenciaba el diario en el que escribía sin falta desde que aprendió a hacerlo–. A partir de la muerte de sus padres –la noche en que celebrarían su cumpleaños– los episodios se habían vuelto tan frecuentes que parecía la serie completa. Se la pasaba escuchando música en su celular para desviar la atención de sí misma. Sólo duró de esta manera algunos días, menos de una semana, hasta que los protocolos pasaron.

Después de eso, quien viera a la bondadosa y tierna chica no pensaría en su involuntaria soledad. Era hija única y fue sumamente consentida sin ser malcriada. Tenía 18 y esta era la forma como el mundo le hacía asumir su supuesta adultez. Huérfana, herida y con una punzante sensación de culpa que la excedía. A pesar de esto, se mostraba tan radiante y sólida como siempre. Sostenía una fluidez con su entorno que daba a entender que llevaba una vida libre de accidentes.

Semanas después había adoptado una gata que encontró lastimada cerca a su casa. Se adaptaron amenamente la una a la otra. Hasta que días después presenció cómo un perro despellejaba ferozmente a la pequeña Yita (apodo que le tenían a su madre cuando era niña y con el que Evelyn bautizó a la pequeña criatura). Fue una escena horrorosa que detonó en ella el destemple de su cuerpo y una profunda indisposición entre sus emociones.

Conoció otra versión de la muerte. La carne comenzando su periodo de descomposición. Sangre expuesta manchando lo que toca. El incómodo zumbido de las moscas. Como alguien a quien ama se torna en cadáver.

 

Ira

Días después ya estaba consumida por una punzante angustia al tener que afrontar esta situación tan banal pero real como su propia existencia. Quería acabar con todo. Pasaba horas tumbada en el suelo de baldosas heladas que le erizaban las piernas descubiertas.

Confinada en la despoblada casa que le recordaba a cada instante lo que ya no tenía. Con esa helada soledad remataba sus prolongadas compañías con hombres a los que usualmente no volvía a ver. Las jornadas habituales de saxofón y dedicado estudio se redujeron a fechas de sexo y embriaguez.

Después también fueron mujeres, hasta llegar a un estado en el que sólo importaba follar. Duro. Con rabia. Hasta el hastío. Que duela. Que se me vinagre el alma y se me pudra la carne –se decía a sí misma mientras se daba un pase de coca para pilotear la borrachera, ya usual en sus interminables desdichas–.

La dulce indulgencia de Evelyn era consumida por un enojo agrio. Así como ella consumía desenfrenadamente la exigua herencia de sus padres. Hasta llegar a empeñar las escrituras de la casa. La ley se lo permitía. Alejó a toda persona que la quiso aconsejar.

-¿Por qué no se abre, malparido? ¡Déjenme sana que yo veré que hago con mi gran puta vida! –respondió a un querido primo suyo cuando le ofreció quedarse unos días con su familia para que se organizara–.

En una de tantas –-abstraída en una inusual laguna de sobriedad– sostenía en su mano dominante un separador de libros hecho de plata. Era una fina lámina de unos 18 cm de largo que terminaba en una pluma. Completaba en total 21 cm. Herencia de su madre, una ávida lectora y profesora de literatura en un colegio público, donde Evelyn estudiaba. Asunto que le trajo muchos maltratos clandestinos por parte de sus compañeros.

Ella se tomó un largo rato para apreciar con caricias punzantes sus trémulos muslos. Recordó que era lo que más le gustaba de su cuerpo. Abrazaba sus piernas y besaba el tono silvestre de su piel. Rozaba con el labio inferior las manchitas claras de las rodillas, cicatrizadas por las caídas en los patines que montaba cuando cursaba primaria. Aunque esas ideas pudieran resultar acogedoras, lo que sintió fue asco y una súbita rabia por estar tan viva.

Agarró con firmeza el punto de unión de la pluma con el cuerpo del separador como si fuera una péndola lista para escribir. Con ciega determinación plasmó su furia en la piel cubierta de finos bellos. Rojos hilos chorreaban por su piel para desembocar –con gotitas patéticas– en la marea blanca de la cerámica.

Se hirió tantas veces como dientes tiene el diablo que la observaba por la ventana. Ambos tristes, ella por la soledad y él por saber que si la consolaba dejaría de fluir el veneno de tal belleza.

Más tarde la sangre ya no brotaba, ni el calor astral irrumpía por su venta.

 

Depresión

Llevaba dormida algunas horas cuando sonó la alarma del celular –nunca cambió sus antiguas configuraciones desde el día en que fallecieron–. Evelyn despertó y se encontraba adormecida y desorientada por el sueño pesado, pero se reincorporó rápidamente al sentir el ardor de las llagas en sus piernitas de “perra desamparada” -le decía a la estúpida del espejo cada que se miraba-.

La música que hasta entonces era incesante en la casa, se había pausado. Miró sus piernas que no tenían dónde más clavar el puñal. No tenía fuerzas para nada que le permitiera huir del flujo de su miserable conciencia.

De sus ojos llovió un aguacero de sal que conservaría ese momento en su memoria y piel. Incluso cuando la demencia de la vejez le susurre al oído y las arrugas agrieten las cicatrices. Se aisló como una pobre viejecita.

Se acabaron las jornadas de lascivo dolor. No más drogas ni excesos. Se bastaba con su soledad para sufrir. Fueron meses de descenso, bebiendo de las pocetas del Averno y alimentándose de lo pernicioso del pasado.

Recordó que no sólo su mamá había muerto –anhelando un abrazo suyo–. “Dios no castiga dos veces”, pensó mientras intentaba asimilar que su papá tampoco estaba ya. Ambos asesinados a cuchillo por tres ladrones a la salida de un cajero –cuando iban a comprar el regalo que con júbilo deseaba su hijita–.

-¡Dáñelos, dáñelos y abrámonos! –ordenó el asaltante que algún día moriría más violentamente–.

Era otra noche en que la alarma le recordaba que llegaron las 8 pm… las 11 pm… las 3am, pero no su familia.

 

Negociación

Pasaron semanas. Un día cualquiera amaneció y apenas si había logrado descansar –lo cual hacía mucho era costumbre tras las noches de autolesión–. Tenía el guayabo de los penosos eventos de la noche anterior. Estaba triste, pero no tenía la más mínima intención de volver a actuar con tanta severidad.

Se lo había prometido ratificándolo en su diario. Mientras lo hacía fantaseaba con los mejores recuerdos que tenía de los últimos años con una madre generosa y un padre asertivo y comprometido en su rol como docente de educación física –en el mismo colegio que la profe de literatura sin llegar a darle clases al curso de su hija, lo cual si hacía un colega que lo llevaba en la mala–.

Evelyn estaba agotada pero una ininteligible sensación de haber tocado fondo la llevó a pensar en otra dirección. Llegó a pensar que en algún momento le había tomado gusto a ese mierdero, pero hasta de las cosas buenas una se aburre. A las patadas se levantó de la cama. Se dedicó a escudriñar las pocas pertenencias que conservaba en cajas de cartón con el estampado borroso de alguna marca de ron.

Sus padres habían procurado ante todo una buena educación para ella a pesar de tener que privarse de otros privilegios. “Aprender le va a servir para la vida”, afirmaban a cada oportunidad, aun siendo de un lugar en donde esas palabras no suelen tener sentido. La pareja se había demostrado así misma que podían dar propósito a dicha frase.

-Acuéstate mirando hacia arriba –como una rama caída–. Cierra los ojos. Procura no dejarte distraer de tus pensamientos. Respira tan hondo como puedas. Sostén un instante el aire. Déjalo salir y repite el compás. Nota como se llenas tus pulmones. Busca el silencio para escuchar. Quédate quieta para sentirte desde adentro. Nuestro cuerpo siempre suena. Ahora percibe el entorno, sin que te distraiga. Escucha… escúchate…

“Mente y cuerpo” –predicaban sus padres que solían presentar estos ejercicios como juegos, cuentos y cartas que le escribían–.

Lo cierto es que Evelyn comprendía muy bien la finalidad de las formas de crianza que tenían con ella y compartía dichos objetivos, pero no siempre adoptaba esos medios. Desde infante se mostró muy entendida y desenvuelta en sus tareas. Hasta aquellos días había pensado en la muerte como algo de cuentos y fantasía, que solo pasa en palabras. Nunca había tomado la iniciativa hacía la muerte con intención de comprenderla.

A pesar de los infortunios con sus pares en el colegio, que le hacían afrontar emociones que le resultaban despreciables –siempre– en todo momento procuró enseñar su melodiosa sonrisa y gestos benignos. Evitando lo que naturalmente las circunstancias la llevaban a sentir.

El jueves de esa semana Evelyn quiso salir a caminar. Le encantaba hacerlo, o eso recordaba. Anduvo algunas calles hasta llegar a un parque cubierto de sombras de acacias. Encontró una banca y se sentó en la esquina opuesta a la de una anciana que también reposaba allí.

-Te ves triste –inquirió la mujer de ojos cobijados por los extendidos párpados–.

-¿Cómo lo sabe? –respondió Evelyn con algo de desconcierto por la situación–.

-Cuando una ha estado triste por mucho tiempo se da cuenta de que no debe ser la única y empieza a reconocerlo en otras personas –continuó la señora, con desenvoltura y serenidad–.

Aceptación

Era el tercer jueves desde esa charla que gestó una significativa afinidad. El sol golpeaba las paredes blancas a través de las ventanas sin cortinas, encegueciendo el dormir de Evelyn que se levantó con dificultad, pero decidida a no hacer de su vida un infierno. Le interesaban los infiernos, pero gustaba de los paraísos.

Era una expresión que ella misma usó en aquella ocasión mientras la anciana le buscaba conversación para que se presentara un poco, pero no de manera genérica –algo de esperar en una persona que ha dirigido un grupo de escritura autobiográfica por algunos años–. La experiencia le demostraba a la mujer de canas violeta que en lo común de la multitud suelen hallarse extraordinarias vivencias.

Tras contar sus historias y esbozar asuntos como el autoconocimiento y lo jodida que puede llegar a ser la vida, la joven aceptó encontrarse más seguido en aquel lugar. Allí se presentaban toda clase de personas con historias inconcebibles que arrojarían a cualquiera a la más penosa resignación.

Al principio le costó creer que un ambiente tan arruinado le permitiera reedificarse. Siguió asistiendo por la mera sensación de una voz amable que la acompañara.

Se fue percatando de que, aunque los relatos que narraban sus compañeros de desventuras eran trágicos y desoladores, no era así como los presentaban ante los demás.

Se mostraban con actitudes muy diversas ante sus propias historias, siempre procuraban poner un filtro de humor o algunos tintes de suspenso bienintencionado. No eran expertos en escritura ni artistas diestros, pero se las arreglaban para hacer sus obras y compartirlas. Ya fueran escritas, ilustradas o por inesperados medios, tomaban una actitud receptiva ante sus miserables situaciones para ofrecerlos a quienes se disponían a escuchar un poco de su verdad.

Era un cuadro que podría evocar tanto vergüenza como ilusión: relatos decadentes, con inmundas obscenidades contados a la luz de una favorable y colorida tarde. A la frescura de las frondosas sombras donde se colaban los tarareos frustrados de aquellas aves que no se aparearon esa temporada.

Pasó más tiempo del que Evelyn hubiera querido para que reconstruyera el desastre que había hecho con la casa y demás patrimonio –pero no había perdido el legado que realmente le querían transmitir, aunque por largo rato así lo creyó–.

-Al menos no me güelí el saxofón –dijo antes de volver a tocar sus primeras notas analgésicas–.

Las lesiones sanaron y recobró el gusto por caminar. Recorrió nuevas y variadas sendas. Sabía que no era por el camino ni el destino, sino por el hecho de estar en movimiento.

El cuaderno que se había tornado en presagios de muerte desde hacía meses, ahora se volvía a autoproclamar diario. En esas páginas opacas depositó lo que la hacía llorar cuando se miraba al espejo.

Rehízo los cuentos que sus padres le escribían juntos para que aprendiera a quererse y cuidarse. Pocas veces les prestó la atención que deseaba por estar pendiente de que no se dieran cuenta de los abusos en el colegio y seguir siendo la niña ejemplar. Comprendió lo obstinado de las circunstancias sin caer en la desesperanza y reconoció la equivocada culpa que portaba.

Conservaba los mismos principios que intentaban comunicarle. Sin embargo, con el tiempo desarrolló un estilo en su diario y música que conjugaba esa benevolencia con algo que ya también hacía parte de su pasado y por lo tanto de quien era, sin que eso la llegara a definir: el abismo. Con tenebrosa ternura Evelyn seguía retratando la muerte, pero con una única finalidad: no vivirla.

@pi.medios